martes, 19 de febrero de 2013

Capítulos XXIV y XXV




Capítulo XXIV

Boutique se sentía orgulloso de ser parte de esa exploración. En poco tiempo más podrían circular por aquellas calles como si nunca hubieran estado tapadas. Los hallazgos comenzaban a aparecer todos a la vez y los exploradores se apelotonaban en su tienda con sus novedades. Y Boutique, para ordenarlos, los hacía pasar de a uno.
Primero entró Coñac y le describió su hallazgo: un cubo de diez metros de lado, de color blanco, con una gran letra “M” despintada en sus cuatro laterales, que cuando finalmente ingresó entendió a qué hacía alusión. Era la sigla del nombre de la construcción: Edificio MINORDO.
Champignon vino con un feo corte en su pierna producido por una antena triangular que emergió de golpe en su zona, la vaciadora no la captó con el radar y produjo algunas roturas. Champaña, su compañero, le advirtió el atasco y Champignon se bajó a verificar el inconveniente cuando un pedazo de antena salió escupido por la boca trasera de la vaciadora haciéndole un profundo corte en su pata izquierda. Su compañero lo asistió y lograron destrabar la vaciadora para continuar descubriendo esa maldita antena con aspiradoras manuales, y llegaron a un sitio similar al descubierto por Coñac: habitación pequeña y oscura con motores. En el tablero eléctrico que gobernaba una de las paredes decía: ROCHDALE V. 
Procenex y Provolone hicieron contacto con una nueva edificación, más atrás de la catedral. Extrañamente no contaba con esta oscura habitación con motores pero era un edificio muy estrecho y alto con cuatro balcones, uno en cada lado y, aunque era una construcción absurda ya que no tenía espacio dentro para alojar siquiera el hogar de un humano, era imponente su construcción. Estaba toda forrada en mármol.
Boutique vio prudente hacer una reunión colectiva para organizar esta nueva etapa, sobre todo para evitar accidentes. Sonó la sirena de alarma y se sentó en el árido suelo esperando que sus exploradores se acercaran para la charla. Los capitanes fueron llegando despacio; estaban todos muy cansados. Se les notaba en el semblante. Boutique los hacía sentar en el suelo y les ofrecía agua para tomar. El coronel caminaba y los miraba pensativo; debía esperar a que llegaran todos. Bôite, Bufete, Beckenbauer, que no tenía buena cara, y Bandoneón llegaron últimos. Se acercó al piletón y echó un vistazo buscando algún rezagado pero todos estaban sentados esperando sus órdenes. Los miró un instante y comenzó a hablar.
–Muchachos, estamos haciendo un excelente trabajo, realmente estoy sorprendido con todo lo que logramos en estos últimos días. Fue muy difícil llegar hasta aquí, y parece que los frutos de nuestro sacrificio se nos van a aparecer en nuestro naso todos juntos y de golpe. Tenemos que estar atentos. Champignon y Champaña tuvieron un accidente – los señaló –. Hay antenas, antenas y cables de acero templado. Las vaciadoras no los captan; sólo captan construcción, por lo que deberán tener cuidado. Si una antena entra en la trituvaporizadora de sus naves la dañará y se pondrán ustedes en peligro. En adelante, deberán vaciar con conciencia y ser precavidos – sentenció. Bôite levantó su mano y Boutique asintió, dándole la palabra.
–¿Y cómo podemos saber semejante cosa?
–No lo sé – admitió Boutique –. Pero usen el sentido común. De ahora en adelante será más lento el trabajo – señaló –. Si encuentran una antena, como el caso de Champignon, podrán vaciar tranquilos alrededor de ella. Este tipo de antenas o pararrayos como los denominaban, no están cerca uno de otro. Una vez hecho contacto con un artefacto de estos, pueden quedarse tranquilos que no habrá otro al menos en un radio de cien metros – Bôite asintió con la cabeza mientras otro explorador levantaba la mano. Boutique lo señaló con un palo para que hable.
–¿Y qué hacemos si no advertimos este objeto y nos topamos con él por accidente?
–Deben estar atentos. El ruido que hacen sus vaciadoras es constante, siempre el mismo. Cuando hace contacto con un elemento extraño comienza a hacer un sonido distinto – explicó Boutique – En definitiva, van a tener que vaciar con atención en lugar de hacerlo como lo venían haciendo hasta ahora, hartos de la rutina de socavar sólo ceniza. Una vez escuchada la anomalía deben avisarme y buscaremos la solución entre varios. Nunca traten de solucionarlo solos – dijo, mirando feo a Champignon, que bajó la mirada, avergonzado. 
Boutique los miró con su ceja en alto intentado advertir si lo habían entendido y todos asintieron con sus cabezas. El coronel les señaló que podían retirarse y sus exploradores se levantaron del suelo, algunos con dificultad y, haciendo elongaciones diversas, fueron emprendiendo la retirada hacia el piletón en grupos. Boutique, preocupado por la cara de su amigo, se unió a Bôite y Beckenbauer y partieron rumbo a la catedral. En el trayecto trató varias veces de advertir qué le pasaba a Beckenbauer, pero no logró descifrarlo, y Beckenbauer restaba importancia con ademanes ante la mirada insistente y preocupada de su coronel. 
Cuando Boutique descendió en la catedral no daba crédito a lo que veía su ojo. Ya habían descubierto la cúpula completa, que era inconmensurable. Dio orden de iniciar una nueva perforación sobre la cúpula, para evitar que alguna vaciadora se encontrara con el inmenso túnel conseguido y cayera hiriendo a algún explorador y destruyéndose.
En poco tiempo salieron a la superficie. Ya quedaba poco espesor de techo cenizoso en aquella zona: veinte metros. Boutique salió por el nuevo orificio y observó a su alrededor. A unos trescientos metros en orientación este se podía advertir el hallazgo de Procenex y Provolone: un agudo edificio de mármol en línea casi recta con la cúpula de la catedral asomaba imponente, con cuatro balcones opuestos entre sí que tenían una estrella de ocho puntas vidriada sobre cada uno de ellos. Sobrevoló la zona e ingresó por un balcón. Un estrecho pasillo revestido por completo en mármol rodeaba el núcleo de la edificación. Sólo una puerta de hierro que denotaba extrema solidez y otra corrediza de acero espejado con un cartel que decía: “CAPACIDAD MÁXIMA – 10 PASAJEROS”. Salió nuevamente y se paró sobre la base del techo encima de la inaudita construcción. Bajo sus pies, una compuerta de hierro aparentemente corrediza señalaba un secreto ingreso – ¿Cómo puede ser que Provolone no haya advertido esta compuerta cuando descubrió el edificio? – se preguntó mientras intentaba abrirla, pero la compuerta cedió unos centímetros y se atoró. Boutique se afirmó con sus pies en el borde opuesto y, casi acostado sobre ella, utilizó toda su fuerza intentando abrirla haciendo palanca. Y lo consiguió. Y la puerta se abrió de golpe, dando paso a un oscuro y profundo túnel. Y Boutique cayó dentro como una piedra. 
En caída libre su linterna-vincha se activó en la oscuridad. Desesperado, mientras caía, enfocaba distintos planos: cables, pared, más cables. Luego de unos segundos, al notar la aceleración brusca de caída libre, sus propulsores se activaron automáticamente. Boutique entró en pánico. Nunca se había caído. Sabía que los trajes impedían las caídas pero sólo en la teoría, nunca lo había experimentado en carne propia. Estaba cayendo; se le revolvía el estómago. El traje tomó partido y en un instante lo niveló dejándolo erguido en el aire y frenando su caída con suavidad. Boutique miró hacía abajo y su linterna-vincha iluminó el fondo. A pocos metros, dos o tres a lo sumo, se encontraba el suelo, lleno de hierros soldados transversales y cables que se remontaban tensos. Podría haber muerto despedazado.
Subió por ese túnel maléfico mirando hacia arriba, una tenue luz entraba y señalaba la salida. Una vez fuera se sentó y se recuperó del susto mientras la respiración le cabalgaba en el pecho.
Volvió a ingresar por el balcón abierto e intentó abrir la pesada puerta de bronce haciendo fuerza, pero sólo estaba arrimada. Una escalera forrada por completo en el ya rutinario mármol marrón iba hacia abajo. Eso era una cripta, una oscura cripta de vaya a saber qué cosa. Sólo carteles verdes que indicaban la salida y respiradores de bronce en el techo. Nada más. Y escaleras que bajaban. Sintió miedo, estaba solo a diferencia de la vez que descubrieron el Palacio Minetti. Ya no recordaba cuántos niveles había bajado y la oscuridad era abusiva. Otra puerta, idéntica a la del ingreso y detrás, más escaleras. Boutique no lo podía creer. Siguió bajando, enojado, y bajó seis niveles más. Se sentía mareado de ver siempre el mismo mármol marrón, pero juntó coraje y aceleró el paso. Su dantesco periplo terminó en una impactante bóveda circular con una enorme estatua de un humano sentado con ajustados pantalones sobre un lado, enfrentado a una cruz religiosa. La bóveda tenía dos salidas opuestas. En una de ellas, una piedra blanca y plana decía: 

PIEDRA FUNDAMENTAL DEL MONUMENTO A LA BANDERA ARGENTINA – MUNICIPALIDAD DEL ROSARIO – 9 DE JULIO DE 1898

Todas las paredes tenían inscripciones en relieve: “Manuel Belgrano”, “A Belgrano, creador de la bandera”, “Respete el altar de la patria, no escriba sus paredes, consérvelo, demuestre su cultura”, “TATIANA SE LA MORFA”, aunque esta inscripción estaba hecha con lapicero azul, directamente sobre el mármol; “Boletos”, “¡Soldados: Esta es la primera bandera libre que se ha levantado en América! ¡Jurad sostenerla muriendo en su defensa como yo lo juro! – San Martín”, “Souvenirs – Regalos”.
Sobre un lado, la ceniza había ingresado irrespetuosa en la bóveda. Boutique se acercó y notó un gran portal abierto imposible de traspasar sin extraer el alud de ceniza, y no tenía ninguna herramienta para hacerlo. Volvió sobre sus pasos y se enfrentó nuevamente a la escalera. La miró un instante y resopló. Debería volver por donde entró y lo abrazó una sensación pavorosa por todo el cuerpo, se sentía encerrado, pero debía subir. No le quedaba otra.
Una vez fuera ordenó a sus vaciadores despejar toda la zona que se encontraba entre la catedral y aquel desconcertante edificio. Se formaron cuatro grupos que extraían la ceniza desde posiciones opuestas entre sí. Tardaron tres días en descubrir ese predio, y a medida que se revelaba, mostraba su increíble majestuosidad. Nunca habían visto semejante cosa. Y nunca más verían nada igual.
Se acercó a Bôite y caminaron rumbo a esa irracional e inmensa celda de mármol que sus amigos estaban descubriendo en la parte de atrás del Monumento. Boutique había notado una vez más a Beckenbauer incómodo, pero no había tenido tiempo de preguntarle qué le pasaba.
–¿Qué le pasa a Beckenbauer? – preguntó preocupado mientras se acercaba a sus compañeros.
–No sé, me parece que le duele el diente – atinó Bôite. Y Boutique se frenó en seco.
–¿En serio? – se alarmó. Bôite asintió con la cabeza.
–Me parece… no estoy seguro – insistió – Viste como es…–. Bôite señaló a Beckenbauer con la cabeza, prediciéndolo.
–¿Pero es boludo? – se indignó Boutique –. ¡Mirá si pierde el diente!
–Preguntále, pero me parece que es eso – dijo Bôite. Boutique aceleró el paso, enojado, y se acercó a su otro amigo.
–Escuchame, tarado, ¿cómo es eso que te duele el diente? – lo increpó iracundo. Beckenbauer miró hacia abajo, haciéndose el pelotudo – Te hice una pregunta – Boutique lo presionó, desafiante.
–Ya se me va a pasar, incluso ya me duele menos…– le restó importancia Beckenbauer.
–Vos estás en pedo – lo retó Boutique –. Ya mismo, ¡ya!, te vas para la base.
–¡Pará un poquito!, exagerado, que no es nada…
–No espero nada, te vas ahora – le ordenó Boutique mientras informaba por el comunicador para que tuvieran listo algún odontólogo, que había una emergencia.
Beckenbauer se retiró de la zona enojado y negando con la cabeza gacha. Boutique tomó su lugar y continuaron extrayendo ceniza descubriendo por completo el enorme jaulón de mármol. Al pie de cada columna unos gigantescos candelabros de bronce las custodiaban celosos. En el interior, justo en el centro, había una descomunal cacerola, muy parecida a la que utilizaban ellos para cocinar las espléndidas carótidas de jamiroquais, aunque mucho más grande. Boutique se acercó y leyó en su base: 

“AQUÍ REPOSAN LOS RESTOS DEL SOLDADO ARGENTINO MUERTO POR LA LIBERTAD DE LA PATRIA”

Levantó el ojo y miró hacia arriba. El techo estaba alto, mucho más alto de lo que ya había conocido. – ¿Por qué harían los techos tan altos? – se preguntó. Boutique debía ir a ver a Vitraux urgente. Era demasiada información; no podía seguir avanzando.



Capítulo XXV

El viejo estaba durmiendo otra siesta cuando Boutique le sacudió un pie haciendo que se despertara exaltado. Luego de entender que no estaba en aquel sueño en donde un chevalier maduro lo arrastraba por el bosque por las patas para engullírselo y que sólo era su alumno que, insolente, lo despertaba de mala manera; miró feo al coronel y le dijo:
–¿A usted le parece que es manera de despertarme?
–Disculpe, maestro, pero estoy un poco azorado con lo que acabo de descubrir – Boutique tenía el ojo abierto a punto de salírsele de su cuenca.
–¡¿Qué?! – lo increpó Vitraux – ¡¿Qué descubrió?! 
–Debería usted venir conmigo, no me animo a describirlo – lo invitó Boutique – Temo no tener la sabiduría para explicarme.
–Usted sabe que ya no tengo edad para esas exploraciones…– desestimó Vitraux –. ¿Por qué no me muestra las filmaciones? – Vitraux intentó persuadir al coronel.
–Nada de eso, créame, maestro. Me lo va a agradecer – dijo Boutique extendiendo su mano para ayudarlo a incorporarse.
Vitraux lo miró un instante, desganado, pero la mirada de Boutique era tan vendedora que no podía estar equivocado, quizás valiera la pena el esfuerzo; hasta ahora el coronel nunca le había fallado, ¿por qué lo haría ahora? Lo tomó de la mano y se incorporó con su ayuda. Y salieron de la carpa rumbo a la nave. En el camino vieron a Beckenbauer que se preparaba para volver a la base. Boutique lo señaló con prepotencia, se señaló su propio ojo, e inmediatamente volvió a señalarlo, haciéndole ver que iba a estar encima suyo con su problema dental. Beckenbauer lo mandó a cagar con un gesto desde lejos.
Al llegar al nuevo hallazgo vieron a Bôite descubriendo una enorme estatua de una humana completamente desnuda, con un escudo en una mano y una capa. Boutique aterrizó suavemente en un gran playón escalonado, entre la torre y la inmensa galería de atrás, que ya estaba completamente limpio de ceniza. Vitraux miraba por la ventana, pasmado. Había visto imágenes del Monumento a la Bandera pero verlo en persona era chocante, por un instante se sintió un perejil al lado de esa mole de mármol marrón.
Boutique saltó de la nave y la rodeó para abrir la compuerta del gran maestro y ayudarlo a descender. El viejo bajó con cuidado, esforzándose para mirar donde ponía los pies mientras su ojo, obstinado, no dejaba de mirar esa enormidad de mármol.
–Es increíble…– dijo Vitraux impresionado. 
–¿Vio? Le dije que era para verlo en persona…– le recriminó Boutique, guiñándole el ojo. Vitraux parecía drogado. No volvía a su cara normal.
–Es enorme…
–Y usted no entró por arriba – dijo Boutique, canchereándolo.
–¿Usted ingresó? – preguntó el viejo volviendo en sí, señalando la torre.
–Ajá – afirmó el coronel.
–¿Y cómo es?
–Nada de cómo es, usted mañana ingresará por sus propios medios – dijo Boutique ocultándole información – Estos exploradores que vienen a colaborar abrirán ese sector de allá y separarán la mole completa de la ceniza para que podamos recorrerla juntos – sentenció – Estuve todo el tiempo pensando en usted, maestro. No quiero que se lo pierda – le reconoció, y a Vitraux se le piantó un lagrimón.
–Mientras esperamos le puedo explicar de qué se trata esto – ofreció. Boutique asintió con la cabeza y entraron a la nave. Afuera había mucho viento para el viejo.
–El Monumento a la Bandera fue una creación de arquitectos rosarinos en agradecimiento y respeto a Manuel Belgrano, que fue el creador de la bandera hace más de trescientos años cuando la Argentina se liberó de sus cadenas con España – comenzó Vitraux, acomodándose en la butaca del control mientras Boutique servía unos fitipaldis calientes para acompañar la charla.
–¿Pero cómo? – preguntó Boutique sorprendido – ¿Usted no me dijo que hasta el fin de los días estos países habían sido dominados por Europa y Estados Unidos?
–Sí, coronel, en efecto.
–¿Y entonces?
–Es que antes era peor. Antes de Belgrano, la bandera y esos momentos fundamentales de la historia, Argentina era un país directamente gobernado por España. España tenía un virrey en cada país de Latinoamérica y los países debían respetar y acatar cada orden que estos virreyes impartían, para provecho de los intereses españoles, los intereses económicos.
–¿Un virrey?
–Un virrey. En España estaba el rey, ¿se acuerda que le conté? ¿de la sangre azul y todo eso? – preguntó Vitraux y Boutique asintió con la cabeza – Bueno, los virreyes eran empleados del rey que gobernaban países remotos y rendían cuentas al rey – Boutique se quedó perplejo.
–¿Y qué pasó?
–Los pueblos se levantaron y obligaron a estos virreyes a renunciar a sus cargos y tomaron posesión de sus gobiernos – le explicó Vitraux –. Pero duró muy poco la cosa. Inmediatamente España comenzó a ubicar personajes que le rindieran cuentas de la misma manera y que promovieran leyes que beneficiaran a España. Entonces todo quedó exactamente igual, con la diferencia de que los pueblos supusieron que eran soberanos, que los líderes que los gobernaban velaban por sus intereses y no por intereses extranjeros.
–¿Y los humanos creyeron esto por siglos?
–Sí, de esta manera se sentían dueños de sus tierras, con sus banderas, sus escudos, sus límites fronterizos, sus ejércitos, sus jueces, sus presidentes…– enumeró Vitraux –. Y era todo una farsa.
–Pero espere un poco, maestro – lo interrumpió Boutique –. Una cosa es que haya un virrey que ordena, reprime y obliga a los habitantes de una de estas naciones con su infundado derecho de gobernabilidad, y otra muy distinta es que haya un supuesto gobierno nacional que boga por el bienestar de su pueblo – se explayó Boutique –. ¿Me va a decir que los humanos no advertían que no había cambio alguno? ¿Que era todo una farsa?
–Algunos lo advertían pero no se metían, cuidaban su quintita, la mayoría directamente nunca entendió nada y pasó su vida suponiendo que vivía de una manera y lo hacía de otra. Y los humanos verdaderamente perjudicados por esta situación estaban tan apartados del resto, abandonados en las fronteras, bien lejos de las ciudades cosmopolitas, que a nadie le importaba.
–¿Nadie hacía nada por ayudarlos?
–No, antes del advenimiento de la tecnología y la globalización, en la época en que vivió Belgrano, los que sabían cómo era la cosa eran sólo los políticos. Los ciudadanos comunes no entendían nada y no se metían en esas cuestiones y, sobre el final de los días, cuando sí todos estaban enterados de lo que ocurría en las ciudades pobres y alejadas tampoco se involucraron, estaban ocupados pagando cuentas, comprando electrodomésticos en cuotas, yendo al supermercado a comprar cosas innecesarias – negó Vitraux –. Nadie tenía tiempo de plantarse y pedir una solución a esos problemas, y todos creían fervientemente que nunca les tocaría a ellos, que las cosas que les pasaban a los pobres o a los integrantes de los pueblos originarios eran cosas que nunca los rozarían siquiera.
–¿Los pueblos originarios? ¿Qué es eso?
–Cuando Cristóbal Colón descubrió América a fines del siglo quince, este lugar que estamos explorando estaba ocupado por humanos primitivos que habían nacido en esta tierra y que, por tal motivo, les pertenecía más que a nadie en el mundo. Había muchos pueblos bien constituidos y enclavados en distintas zonas de este continente que España e Inglaterra se encargaron, durante siglos, de exterminar para poder acceder a ocupar esos suelos, mucho más vastos que los propios.
–¿España e Inglaterra eran lugares pequeños?
–El continente europeo estaba integrado por más de cuarenta países, teniendo una superficie muy inferior a la de Sudamérica, en donde sólo había doce países.
–¿En serio?
–En serio – repitió Vitraux, buscando en su cuaderno de apuntes –. El continente europeo tenía una superficie de diez millones de kilómetros cuadrados, mientras que Sudamérica contaba con diecisiete millones – dijo leyendo el apunte –. Casi el doble. Imagínese entonces que estos europeos vivían un poco apretados en sus tierras, llenos de enfermedades y contaminados por el dinero. Necesitaban expandirse. Entonces aparece en escena Cristóbal Colón. Por esa época la creencia general era que el planeta era plano, no redondo, y Colón insistía con que era redondo. Nadie le creía y lo tildaron de delirante. Pero la reina de España le financió un viaje y le dio tres naves llenas de presos y esclavos, y lo mandó a investigar. Todos vaticinaban que el tipo caería al vacío allá a lo lejos, donde nada se podía avistar, pero él continuó con su creencia y se animó a cruzar el océano – le contó Vitraux –. Luego de mucho tiempo, finalmente llegó a la orilla de lo que suponía era la India, porque no tenían conocimiento de que existiera este continente, y los indios lo recibieron con afecto. Luego España vio oportuno invadir, aniquilar y robar a estos pueblos originarios todas sus riquezas, quedándose con sus tierras. Y después se generaron los países gobernados por virreyes, y luego estos países decidieron gobernarse sólos echando a los virreyes, y llegamos al final de los días, donde las empresas europeas continuaban gobernando los países por debajo de la ley, en confabulación con los presidentes democráticamente elegidos por los pueblos, que una vez que llegaban al poder, eran coimeados por las empresas y todo continuaba como siempre.
–Pero, maestro, disculpe, hay algo que no entiendo – lo frenó Boutique –. Usted me dice que un tal Manuel Belgrano y compañía decidieron refundar su patria y echar a los españoles.
–Exacto.
–¿Cómo hicieron los españoles para persuadir a los Manuel Belgrano? Porque tal como usted me dijo, la cosa siguió igual, a pesar de esa independencia…– se ofuscó Boutique.
–No los persuadieron. De manera inteligente los fueron separando de los cargos que ocupaban, chantajeándolos con extrañas exploraciones que debían hacer en lugares alejados de la capital, en el norte del país, sin apoyo logístico ni económico, y estos, al encontrar lugares que necesitaban su presencia por haber sido abandonados por años, iban perdiendo poder e iban siendo olvidados.
–¿Olvidados?
–Sí, coronel, imagine que a usted lo mandaron ahora a explorar estas tierras lejanas y que usted no vuelve más, o regresa luego de mucho tiempo, enfermo y débil, o muere en el intento.
–Supongo que mi novia removería cielo y tierra para encontrarme si no aparezco, o en mi regreso enfermo todos me atenderían y tratarían de sanar mis heridas, y si muero en el intento harían una reunión respetuosa como la que hicimos con Kunta y Kinte cuando perecieron en aquel cráter del pacífico. Nadie me olvidaría. Yo no me olvido de mis padres ni de marcianos trascendentales que han hecho cosas importantes por nuestra comunidad.
–Sí, nosotros somos así. Los humanos no – dijo Vitraux, negando con la cabeza.
–Pero, entonces, ¿para qué hicieron semejante Monumento enorme si era todo una farsa?
–Porque el humano vivía inmerso en la hipocresía, en la farsa. Ellos verdaderamente creían que eran dueños de las comarcas que habitaban y sentían orgullo de ser argentinos, bolivianos, paraguayos – le explicó Vitraux –. Mientras tanto, en la realidad cotidiana, las empresas europeas que estaban enclavadas en estos países sudamericanos se llevaban el dinero que recolectaban de la extracción de oro, de petróleo, de gas y de todos los minerales que pudieran acaparar de una tierra que no les pertenecía en absoluto. Y los humanos ingleses, estadounidenses o españoles se sentían orgullosos de dominar el mundo y de someter a países pobres. Todo era un gran disparate.
Boutique se quedó decepcionado, como siempre. Vitraux se levantó y salió de la nave a ver los adelantos de la excavación. El Monumento estaba completamente despejado: una torre de setenta metros de alto completamente forrada en mármol era la proa de una ilógica nave de piedra de trescientos metros de eslora por cien metros de manga, con una escalinata suave pero constante que lo depositaba a uno en la descomunal galería en su lado opuesto a la torre. – ¿Habrá otro Monumento así en alguna parte del mundo? – pensó Vitraux, mientras lo disfrutaba recorriéndolo con la vista. – No creo – asumió.

Capítulo XXIII





Vitraux estaba durmiendo una siesta. Se había comido unos tackles que Boutique había preparado antes de partir y se desplomó en el camastro. El coronel lo sacudió un poco para despertarlo, tomándolo del tobillo. El viejo abrió apenas el ojo y por la cara que traía su alumno se dio cuenta de que no podría seguir durmiendo, así que se levantó y se metió en el baño.
–¿Y? – le preguntó Vitraux mientras se ponía el quevedo.
–Impresionante…– dijo Boutique – Un edificio inmenso de diez niveles, muy bien construido, con un monumento enorme en su techo de dos gigantescas humanas que portaban cada una un terrible choclo en su mano – describió Boutique, resumiendo un poco.
–Ah, sí, vi imágenes de eso, pero no sé qué es…– reconoció Vitraux. Boutique se sorprendió, era la primera vez que el viejo no sabía algo.
–Entramos, en varios lugares leímos “Palacio Minetti” – le informó intentando ayudar la memoria del gran maestro.
–Después lo busco entre mis anotaciones. Debe haber información por algún lado.
–Estuve en la catedral.
–¿Entró? ¿Qué le pareció?
–Increíble, muy ostentosa. Pero tengo algunas dudas.
–Lo escucho – dijo Vitraux mientras abría su baúl de anotaciones para buscar referencias del palacio descubierto.
–El lugar era un inmenso salón lleno de extraños banquitos colectivos, bastante insignificantes respecto de todo lo demás que se constituía en el lugar.
–Ahí se sentaban los devotos. Los hacían sentar ahí para que se sintieran inferiores, rodeados de tanto mármol, tanto oro, tanta ostentación… Y el pobre devoto chiquito e infeliz sentado en esos banquitos de morondanga…– dijo Vitraux con la vista perdida en el baúl, tirando cosas hacia atrás de su espalda.
–Entiendo. Una especie de puesta en escena que demarcaba quién mandaba – dijo Boutique. Vitraux se detuvo y lo miró sorprendido.
–Muy bien, coronel. Es usted un sabio.
–Perfecto. Entre medio de los bancos había un sendero que llevaba a un nivel sobreelevado con un impresionante escritorio de piedra, majestuoso, con un extraño librote con sus hojas pintadas de dorado, pero sólo en el borde, y una copa de oro.
–El altar. Desde ese lugar los sacerdotes impartían su verdad a los feligreses. Verdades que brotaban de ese librote con sus hojas pintadas de dorado. El libro se llamaba “La Biblia”, y había que seguir a rajatabla sus preceptos. La copa era “El Cáliz”, donde el sacerdote se servía vino y tomaba delante de los devotos, sin convidarlos – le explicó Vitraux –. Debía ser un lugar intimidador para promover el respeto: los parroquianos sentados en aquellos bancos de cuarta, y el sacerdote con una ropa distinta, luminosa, desde ahí arriba… tomando vino y leyendo un libro de oro… Claramente era el que mandaba – sentenció.
–¿No les convidaba vino? ¡Qué desconsiderado!
–No, se lo tomaba solo. Delante de todos – aseveró Vitraux –. Y nunca ofrecía…– Boutique se indignó.
–Qué mal educado…– dijo el coronel, y prosiguió –. Detrás de este altar había un altísimo monumento custodiado por varios humanitos alados, todos de mármol, y dentro, en una mínima cúpula, se encontraba la imagen de una extraña mujer con un vestido que le nacía de la cabeza y un aura dorada se la rodeaba.
–La virgen María, la madre de Jesús. Es la mujer que le conté, que quedó embarazada por obra de un espíritu bondadoso, no por mantener relaciones sexuales con su marido – dijo Vitraux mientras repasaba con la vista un viejo cuaderno. Parecía haber encontrado lo que buscaba.
–¿Y por qué tenía esa extraña túnica que le nacía desde la cabeza? ¿No podía tener una vestimenta más acorde a su condición de mujer? – preguntó intrigado. Vitraux cerró el baúl de un portazo y lo miró ofendido.
–¿Cómo se le ocurre que una virgen inmaculada como ella iba a vestir las mismas ropas que cualquier mujerzuela común y ordinaria? – lo retó –. ¡Tenga más respeto! – Vitraux se acercó al coronel, muy enojado. Parecía que le iba a dar un cachetazo. Boutique se alejó un poco, avergonzado, pero el respaldo de su silla no le permitió escapar. Y el gran maestro se le seguía acercando, a tal punto que parecía que lo iba a cabecear o a morder y, luego de un tenso instante, se sonrió compasivo –. ¿Ve lo que acaba de ocurrir? – le preguntó.
–No, maestro, ¿qué ocurrió? – dijo Boutique, aliviado.
–Usted hizo una pregunta totalmente inocente sobre la vestimenta de un miembro de esa creencia religiosa y yo me ofusqué y ofendí como un poseído – explicó Vitraux –. Y usted no preguntó más nada, y ni se le ocurriría volver a mencionar el tema – Boutique se sintió un pelotudo –. Eso es lo que ocurría con estos humanos. Los que manejaban las religiones se ofendían iracundos ante cualquier pregunta incómoda o por el simple hecho de no tener una respuesta fehaciente, y se indignaban como locos – continuó Vitraux –. Eso es la religión – Boutique se quedó un instante en silencio, anonadado por haber padecido la incómoda situación a que lo había expuesto el gran maestro. Por un minuto sintió en carne propia lo que experimentaban los humanos respecto de las religiones. Y los entendió.
–La verdad, tiene razón, maestro. Era muy raro todo lo que vi. Me sorprendió esa vestimenta absurda que no la hacía parecer una mujer. Parecía un avión, una porción de torta, qué sé yo… Nunca una mujer…
–Por eso que le dije, porque la virgen María debía ser vista como algo superior, diferente, debía generar respeto – señaló Vitraux. Boutique ya se sentía asqueado de todo eso y negaba con la cabeza de manera constante. Parecía que tenía un tic.
–Luego retomé por los laterales. Vi el cubículo de madera, el de las confesiones. Pero también vi unas estatuas, siempre elevadas del suelo con gestos amenos, que irradiaban paz con sus manos en extrañas poses – describió Boutique –, como pidiendo mesura.
–Exacto, coronel. La gente que iba a misa tenía montones de reclamos por su infelicidad, por la falta de dinero para poder comer, o por la angustia de algún familiar enfermo – explicó Vitraux –. Esos eran santos que custodiaban con sus poses amenas las iglesias y pedían precisamente eso con sus posturas: calma – sentenció el gran maestro – Que tuviesen calma, que todo se iba a solucionar, que serían felices, que lograrían sus objetivos, que irían al cielo.
–Pero eso no ocurría…– atinó Boutique.
–Por supuesto que no – aseguró Vitraux –, pero mientras tanto los mantenían calmados asistiendo a misa y escuchando las palabras sanadoras de los sacerdotes – dijo el maestro. Boutique ya se sentía apabullado de tanta indignación.
–Sobre el costado, antes de salir, encontré una extraña estatua, pero acostada dentro de una vitrina. Era la estatua de un hombre muy flaco, semidesnudo, muy lastimado, con mucha cara de espanto. 
–Ese es Jesús, el hijo de la virgen María y el espíritu bondadoso – dijo Vitraux sentándose nuevamente con un libraco lleno de apuntes en su regazo –. Jesús fue un hombre que, al ser hijo de la virgen María y el espíritu bondadoso, tenía poderes extraños.
–¿Qué poderes tenía?
–Convertía una piedra en pan, multiplicaba los peces, curaba enfermos.
–¿En serio?
–Por supuesto que no. Desde el comienzo la historia está contaminada. El sólo hecho de inventar que ese hombre nació de esa manera absurda lo convierte en una habladuría y sólo en eso.
–¿Y por qué está tan dolorido en la imagen?
–Porque Jesús sufrió mucho daño por parte de los soldados romanos. Lo reventaron a latigazos en la espalda, lo hicieron cargar una pesada cruz de madera en el estado calamitoso que ya se encontraba su cuerpo y, luego de eso, lo clavaron de pies y manos a aquella cruz para que se muera desangrado al rayo del sol.
–¿Y por qué hicieron eso?
–No hicieron eso. Empiece por entender que este es un cuento. Deje de preocuparse e indignarse por cosas que no pasaron. Es un cuento – insistió Vitraux. 
–Bueno, perdón, ¿por qué inventaron eso? – se corrigió Boutique.
–Para hacerles creer al mundo que Jesús murió por ellos, que lo hizo porque amaba a todo el mundo y porque quería un mundo mejor – relató Vitraux –. Un mundo mejor que no sólo nunca vino, sino que se fue haciendo más perverso e hipócrita día a día, sobre todo de la mano de la iglesia.
–Entiendo.
–Entonces, la humanidad creyó este cuento, y los años hicieron el resto.
–¿Pero no hubo testigos de la veracidad de la historia? ¿Cómo hicieron para hacer creer semejante cuento a toda la humanidad?
–Seguramente Jesús existió, y quizás sí murió ajusticiado por los soldados romanos en una cruz. Es probable que eso sea cierto – comenzó a explicarse Vitraux y Boutique puso cara de desconcierto –. Pero era hijo de alguien, un hijo natural de dos personas de carne y hueso, y posiblemente haya sido un humano bondadoso, que luchaba por el bienestar general, porque todos tengan lo mismo, porque no haya diferencias entre los humanos. Entonces al poder le molestó su presencia y lo mataron, y montaron toda esta historia. Imagínese que en aquella época los humanos eran muy primitivos, no tenían tecnología, las historias se contaban de boca en boca.
–Entiendo – dijo Boutique – ¿Puede haber sido una especie de Che Guevara?
–Exactamente, nunca mejor comparado – dijo Vitraux, sorprendiéndose una vez más de la inteligencia de su alumno –. Es lo que suponemos. Un Che Guevara en una época en que se lo podía matar y convertir en otra cosa, favoreciendo oscuros planes que nada tuvieron que ver con su prédica.
–Es fascinante la historia – dijo Boutique, extasiado.
–No crea, coronel, muchos humanos murieron por esta mentira.
–¿Usted dice por las enfermedades, por el hambre?
–Por eso y por los asesinatos que la iglesia perpetró durante siglos a los humanos que se les pusieron en contra o que quisieron investigar el origen de la vida. Durante muchos años la iglesia aniquiló a todos los humanos que quisieron ver las cosas desde otra perspectiva – Boutique se quedó paralizado.
–Pero maestro, disculpe, ¿usted me está diciendo que la iglesia, ese lugar tan blanco y lleno de paz, aparte de mantener a las masas engañadas, asesinaban a los que no aceptaban sus cánones? – se ofuscó Boutique –. ¿Cómo es posible que nadie se haya levantado en defensa de estos mártires?
–Esto ocurrió hace miles de años, en una época en que la iglesia tenía mucho más peso que el que tuvo sobre el fin de los días. Las medidas que tomaba la iglesia no eran cuestionadas. Para que se dé una idea del poder de la iglesia, a los científicos que impulsaban la investigación del origen de la vida los perseguían e incendiaban vivos, delante de los feligreses. Eran muy salvajes…– se lamentó Vitraux –. Luego con el advenimiento de la tecnología tuvieron que recatarse un poco, ya que el mundo todo sería testigo de esas aberraciones y no les convenía tener a la humanidad en contra. La iglesia perdió mucho terreno a medida que pasaron los años, pero siempre fue muy importante y siempre tuvo mucho poder, incluso al final de los días – dijo Vitraux –. Imagínese usted el poder que habrán tenido en la era de las masacres y de las persecusiones. Fue el poder más absoluto y más dominante que tuvo esta raza.
Boutique se quedó rascándose la pantorrilla con la uña del dedo del pie tratando de imaginar lo que el maestro le contaba pero no lo conseguía, y comenzaba a sentirse mal. Vitraux lo miró un instante, midiendo el grado de perturbación del coronel. Debía cambiar de tema si pretendía pasar una buena noche durmiendo a su lado.
–Encontré información sobre ese edificio descubierto…– le dijo abriendo su libro de anotaciones. Boutique volvió de su viaje mental.
–¿El Palacio Minetti?
–El Palacio Minetti – repitió el gran maestro, hojeando su cuaderno – Fue un edificio construido a principios de la década de 1930. Era de una empresa dedicada a la exportación de granos.
–¿De granos? ¿granos de siembra? – descreyó Boutique –. ¿Y por qué tan imponente?
–Porque la Argentina era fuerte en la producción agrícola. Los humanos más ricos de Argentina eran los dueños de los campos en donde se sembraban todo tipo de granos para exportar al mundo – le explicó Vitraux –. Y en la década de 1930 Estados Unidos venía de una violenta crisis económica, producto de estafas de los banqueros que dominaban la escena de la época, y Europa venía de padecer la primera guerra mundial e iba camino a la segunda – continuó Vitraux –. En ese período, Argentina fue uno de los países más fuertes del mundo. Podría haberse convertido en un gran imperio si hubiera aprovechado seriamente la ocasión, como la aprovecharon, en otros ciclos, otros países, logrando su objetivo.
–¿Y qué pasó? – preguntó Boutique, intrigado –. ¿Por qué no lograron dominar el mundo?
–Porque los gobernantes eran siempre tentados con dinero para que las grandes potencias mundiales sigan manejando el país. Los presidentes argentinos fueron muy codiciosos y vivían sus períodos de gobierno haciendo negociados para enriquecerse asquerosamente – explicó Vitraux –. Los pocos gobernantes que velaron realmente por proteger a su pueblo fueron desbancados y obligados a renunciar.
–Pero, ¿quién los hacía renunciar? ¿El pueblo no estaba conforme?
–El pueblo no dirigía las riendas del país, nunca. Siempre fue manejado por los ricos, que eran un puñado, y por las empresas europeas que tenían grandes ambiciones en el mercado local. Entonces si algún gobernante decidía que no iba a permitir más que tal empresa siga robando al pueblo o continúe sometiéndolo a pagar un excesivo costo por algo que no lo tenía tanto, ese presidente, como por arte de magia, comenzaba a tener muchos problemas de gobernabilidad: le hacían paros, le boicoteaban sus órdenes, se le ponía una gran parte de humanos en contra, humanos desechables, que no servían para nada, sólo para entorpecer el buen funcionamiento de los gobiernos. Juntaban a varios miles de estos deshauciados y los sobornaban con un sánguche, una caja de vino y un paquete de tabaco. Y los tipos por ese combo hacían cualquier cosa.
–¿Y el pueblo trabajador no defendía al gobernante asediado por estos grupos?
–No… Qué iba a defender… Un aspecto repugnante del humano argentino era que cada uno cuidaba su quintita, como leí en varias oportunidades y por mucho tiempo no entendí que significaba eso…
–¿Y qué significa?
–Vea, coronel, una quinta es un terreno pequeño en donde los humanos sembraban hortalizas para consumo personal – describió Vitraux –. Una quintita es un terreno mucho más pequeño…– terminó Vitraux, mirando al coronel, para ver si había entendido. 
–No entiendo – dijo Boutique vencido.
–Quiere decir que cada uno cuidaba lo que ocurría dentro de las cuatro paredes de su casa y no le importaba lo que ocurriese de la puerta para afuera.
–¡Pero ese es un pensamiento absurdo…! ¿Cómo no me voy a preocupar si algún marciano en mi tierra tiene un inconveniente? ¿Con qué cara salgo de mi hogar sin resolverlo? ¡Sería muy injusto pensar sólo en mí! – se indignó Boutique –. ¡La vergüenza me abrumaría!
–Ese es nuestro pensamiento, coronel. No se olvide que estos humanos estaban enfermos por el dinero, concíbalo de ese modo y lo entenderá – Vitraux trató de calmarlo pero Boutique estaba furioso.
–Bien – suspiró el coronel a regañadiente, tratando de neutralizar su ira para poder continuar con la clase.
–Entonces a nadie le importaba nada. Si se sospechaba que un gobernante se estaba enriqueciendo salvajemente nadie lo señalaba. Si una zona completa de Argentina estaba pasando hambre, nadie hacia nada por revertirlo. Si se probaba que tal empresa europea estaba robando dinero de los ciudadanos, no sólo nadie hacía nada sino que, aparte, continuaban consumiendo ese servicio – Boutique lo miró mal, ya se empezaba a enojar otra vez, como si Vitraux tuviera algo que ver en todo ese disparate. Necesitaba enojarse con alguien tangible, y sólo estaba el gran maestro.
–¿Usted me dice que seguían consumiendo el producto a sabiendas que los estaban estafando? – preguntó –. Disculpe, maestro, pero es inconcebible lo que me dice. Llevemos el ejemplo a nuestra tierra. Supongamos que voy a los centros de repartición y elijo un vehículo que, con el transcurrir de los días, no me termina de satisfacer – ejemplificó Boutique –. Al tiempo vuelvo y lo cambio por otro explicando cuál fue el inconveniente. Si en un mes ese vehículo es devuelto por una docena de marcianos, se convoca una reunión con los fabricantes para solucionar el problema – terminó –. Que yo recuerde, nunca jamás tuve que ser testigo de una cosa así, pero sé que ha ocurrido. A mi abuela Franela, por ejemplo, una vez le dieron una cocina que no funcionaba y cuando la fue a cambiar se encontró con un grupo de marcianos que iban con el mismo inconveniente al centro de repartición y se las cambiaron por otras de otra procedencia y el fabricante de las cocinas defectuosas pidió perdón y retiró de los centros miles de esas cocinas para desarmarlas y repararlas – dijo Boutique tomándose el mentón, pensativo –. Creo que es el único caso que yo tenga memoria.
–Exacto, coronel, es el único – coincidió Vitraux –. Bah, en mi época de joven, usted no habían nacido, también hubo un caso, muy menor, con cuatro vehículos de transporte. Pero yo tengo noventa y cuatro años… Sólo conozco dos ocasiones en donde alguna vez hubo que cambiar un producto de consumo por defectos de fabricación, ¿y eso por qué? – le preguntó. Boutique se quedó pensando.
–No lo sé, maestro.
–Porque nosotros no comerciamos los productos, los fabricamos con el único fin de autoabastecernos, de ayudarnos mutuamente, entonces todos los productos que fabricamos son de excelente calidad, porque no tenemos que venderlos. Si no hacemos una buena cocina, todos nos las devolverán, y deberemos rehacerlas, ¿entiende?
–Por supuesto…– dijo Boutique con la vista perdida.
–El único motivo por el que estos humanos sufrían estas estafas, estas opresiones, era por el dinero – terminó Vitraux. Boutique se levantó y salió un instante a recibir el sol, hacía bastante que estaba encerrado dentro de la tienda y necesitaba estirar las patas. Se quedó con el ojo cerrado repasando la clase. Seguía sin entender nada. No lo podía concebir.
Se acercó al borde del piletón, tomó su catalejo y enfocó la zona de las mujeres enchocladas. Los exploradores entraban y salían del edificio como insectos y las vaciadoras continuaban descubriendo la zona, era increíble cómo se notaban los avances entre sesión y sesión con el gran maestro. Ya asomaban nuevos edificios en otros sectores. Rosario estaba comenzando a emerger lentamente. Luego de tanta impaciencia por ver de una vez por todas algo distinto que suelo blanco agrietado, daba miedo afrontar la realidad. No estaban en un desierto. Y ahí abajo, durante miles de años, había existido vida.

miércoles, 30 de enero de 2013

Capítulos XXI y XXII




Capítulo XXI


Desde el cielo pudieron ver el gran piletón, que cada vez estaba más profundo, los vaciadores eran muy expeditivos. Boutique no lo podía creer, el viejo se alegró de verlo nuevamente en acción. Eran muy contrastantes los distintos estados de ánimo de su alumno, y prefería cien veces verlo motivado que depresivo. La nave aterrizó a un costado de la carpa que le habían organizado, y se la veía bastante amplia. En el ingreso lo esperaban Bandoneón y Beckenbauer en posición de firmes y, cuando Boutique se acercó, ambos hicieron una respetuosa y violenta venia, al punto que Bandoneón se lastimó el ojo. 
Boutique entró en la carpa y la relojeó un instante: una mesa para comer, un par de vainas de descanso a un costado, dos camas en el otro y un baño, que el sólo hecho de verlo le recordó que se estaba meando, así que lo inauguró vaciando sus vejigas. Se lavó la cara y salió a pedir los respectivos informes. Afuera lo esperaban sus dos amigos más otros cuatro exploradores que venían a notificarle cosas. Seguía sintiéndose extraño con su nueva labor, pero le gustaba. Mucho. Escuchó las inquietudes de todos y se fue con Beckenbauer hacia la catedral. Quería verla por dentro. Beckenbauer le advirtió que no había podido esperarlo y que había tenido que ingresar, que lo perdonara. Boutique lo entendió, ya veía las cosas desde otra perspectiva. 
Al llegar a la zona, Boutique se quedó paralizado; sus ahora subordinados estaban vaciando ese lugar con una rapidez increíble. Habían iluminado todo el sector con grandes focos dándole un tono amarillento muy potente. Era la primera vez que veían claramente un predio entero sin el austero enfoque de sus linternas-vincha. La plaza estaba descubierta y las calles que la rodeaban también. Se podían ver vehículos estacionados y los troncos disecados de los árboles que alguna vez dieron oxígeno a aquella zona. La catedral estaba completamente destapada con todo su frente a la vista. Sobre los humanitos alados se erigían dos soberbias columnas que contenían unos cascos gigantes de bronce que colgaban de su extremo superior y, mucho más atrás, al menos cien metros, se podía ver claramente que comenzaba una cúpula enorme, aunque continuaba tapada. Beckenbauer le hizo un gentil ademán con una leve torsión de su cuerpo invitándolo a pasar. El nuevo coronel estaba embelesado con tanta belleza arquitectónica. Se sonrió y puso la mano con cariño en el hombro de su amigo mientras ingresaba al edificio. El cadáver desahuciado continuaba sentado sobre la base de una columna pidiendo algo con su mano derecha extendida, suplicándole al coronel con ese gesto extraño que tanto lo incomodaba. Boutique entró mirando el piso y levantando la vista despacio, no quería perderse nada. El lugar era maravilloso; con un gran salón en el medio rodeado de impecables columnas de mármol y un sinnúmero de extraños bancos colectivos, todos iguales y de madera, en dos filas paralelas que llegaban al fondo de la catedral que, de tan lejos que estaba, se perdía de vista. Caminó por entremedio de ambas filas de bancos observándolo todo. Vio varios esqueletos sentados con sus cráneos ladeados hacia atrás y sus mandíbulas abiertas al máximo. Otros estaban acostados en el piso en posición fetal. Se sorprendió al ver dos esqueletos de rodillas, como le había explicado el gran maestro, estaban arrodillados sobre un extraño estante que tenían los asientos en su parte de atrás, con sus manos aferradas delante de sus cabezas gachas. Boutique se detuvo a observarlos – ¿Qué estarían rezando? ¿padrenuestros o avemarías? – se preguntó negando inmediatamente con la cabeza. Era imposible saberlo.
Finalmente, luego de atravesar aquel inmenso lugar, llegó al otro extremo, en donde el nivel del suelo al final del camino se elevaba mostrando un sector que imponía respeto, con un excepcional escritorio enorme, también de mármol, muy bello, con unas extrañas figuras humanas de bronce en su parte baja que tenían como un aura que rodeaba sus cabezas. No sabía quiénes eran, pero se notaba por la postura de sus cuerpos que eran bondadosos. Irradiaban tranquilidad. Levantó la vista. No podía dejar de admirar ese escritorio. Unas incrustaciones de piedras verdes y rosas rodeaban la parte alta justo antes de que comenzara la mesa, donde una gran copa dorada estaba caída sobre una mancha negra que hacía décadas se había absorbido en el mármol blanco; y un libro muy gordo con los bordes de las hojas pintadas de dorado estaba abierto por la mitad, con una lonja de seda que lo atravezaba a modo de señalador. Boutique lo agarró y lo cerró. Le sorprendió ver esas hojas pintadas de dorado en el borde, como si las hubieran pintado a propósito con el libro cerrado. Le encantó la idea. Muy original. Sobre la pared del fondo se elevaba un inmenso monumento de mármol de varios colores en tonos blancos y azules llenos de humanitos alados que protegían una cúpula en miniatura, también de mármol, que albergaba una extraña humana con un largo vestido blanco que le nacía en la cabeza. Y otra vez esa rara aura dorada le rodeaba el cráneo. Miró hacia arriba y descubrió la parte interna de esa cúpula que avistó desde afuera. Era enorme. Era hermosa.
Boutique filmó todo con su cámara-vincha y emprendió la retirada por uno de los senderos de los costados, a su paso advirtió ese extraño cubículo de madera donde deberían haber ocurrido las disparatadas confesiones. Vio estatuas de humanos con extrañas túnicas, barbas y auras doradas en sus cabezas en una clara postura de “pedir calma”. Todas las estatuas estaban elevadas del suelo, mostrando una irrefutable superioridad respecto de los feligreses, disciplinaban con sus poses. Boutique sintió por un instante que era inferior a esas estatuas, y se asustó. Sobre el final del pasillo se encontró con una inmensa caja de vidrio con la estatua acostada de un humano desnudo dentro, flaco, desgarbado y con cortes en su cuerpo por los que manaba sangre. El ser tenía los genitales tapados por un trapo y sus pies y manos tenían feos agujeros, como si alguien le hubiera clavado a mazasos gruesos clavos en ellos; su rostro expresaba el sufrimiento más grande que Boutique había visto jamás. Ese hombre había muerto enloquecido de dolor. Se quedó un instante observando aquella lamentable estatua sin entenderla y salió de la catedral para encontrarse con Vitraux. Quería que le explicase más.





Capítulo XXII

Cuando Boulogne bajó de su vaciadora para almorzar ya había pasado el mediodía y en su zona estaban avanzando mucho. Abrió la parte trasera de la máquina, agarró su vianda y se alejó unos metros para comer al sol. Tenía mucho hambre, se podría haber comido un zumbudrule entero si lo hubiese tenido a mano, pero sólo tenía esa escueta ración de alimentos que les mandaban de la base. Dejó la comida en el piso, miró hacia ambos lados y se derrumbó sentándose en canastita en el suelo cuando un feo dolor lo punzó en la nalga izquierda haciéndolo saltar por el aire. Maldiciendo, humillado y lastimado, masajeándose el muslo, se acercó donde se había sentado. No se veía nada, todo blanco, desconcertante. De pronto una brisa barrió la ceniza suelta que, caprichosa, tapaba la extraña aguja verde que había punteado su nalga. Boulogne, atónito, enarcó su ceja bien alto. No lo podía creer, en el suelo blanco que tantos meses hacía que estaban vaciando, que tan rutinario se había puesto y que tanta impotencia daba excavar y excavar para continuar encontrando sólo cenizas, asomaba una punta verde de algún metal extraño. Se acuclilló y le pasó su dedo por encima. No era tan puntiaguda si uno la acariciaba, aunque atemorizaba intentar sentarse brusco sobre ella. Pensó en salir corriendo a informarle a su compañero, o en acudir al nuevo coronel, pero tenía hambre, y quería disfrutar de su hallazgo en soledad. Buscó otro lugar con cuidado de no clavarse el culo nuevamente. Esta vez revisó el suelo pisando fuerte primero y barriéndolo con la planta del pie. No había nada. Se sentó con dificultad, todavía le dolía un poco. Abrió su vianda y comenzó a deglutir su almuerzo mirando esa extraña punta que salía del suelo. De pronto sintió una absurda sensación de alegría, y no era para menos… aquella punta verde parecía un brote ínfimo y esperanzador que nacía luego de una larga sequía. 
–Coronel, encontré algo – dijo Boulogne acercándose a la mesa donde el coronel y el maestro almorzaban. Boutique se levantó, inquieto, limpiándose la boca con un trapo.
–Dígame, capitán.
–No sé qué es. Me senté a almorzar en el suelo y una dura punta se me clavó en el culo haciéndome doler bastante…– dijo Boulogne masajeándose el muslo. Aún le dolía. 
–¿Tiene idea qué es?
–No, mi coronel, pero no es un elemento suelto. Está firmemente agarrado – le explicó. Boutique se agarró el mentón con su mano derecha mirando a Vitraux. Pero el viejo no le daba pelota, seguía comiendo muy concentrado en su plato.
–¿Vamos a verlo? – lo invitó Boutique.
–Como no – aceptó Boulogne.
Ambos salieron de la carpa dejando a Vitraux comiendo solo. Boulogne iba delante marcando el camino a su coronel. Al llegar, Boutique se puso a buscar desesperado el hallazgo pero no lo encontraba. El capitán, previsor, había dejado una marca en el suelo con una vara por si la ceniza lo volvía a tapar, cosa que había sucedido. Se agachó y barrió el suelo con la mano hasta que apareció nuevamente en escena la extraña punta verde. Boutique se acercó asombrado, se acuclilló para tocarla y la frotó con los dedos. Era un material duro. Parecía metal. Sacó de su bolsillo un papel de lija y se lo pasó por la punta. Era bronce. 
–¿Cómo es su nombre, capitán? – preguntó Boutique con la mirada perdida en la punta, acariciándola.
–Boulogne, coronel.
–Lo felicito – le dijo erigiéndose –. Es el primer hallazgo de material terrestre en relieve – Boutique le estrechó su mano.
–Gracias, coronel – dijo acariciándose la pechera del morlaco con la mano que le había extendido al coronel.
–¿Su compañero?
–Está en su hora de descanso – lo disculpó.
–Bien, voy a enviarle refuerzos para que continúen vaciando esta zona. Debemos descubrir esta pieza – culminó Boutique yéndose hacia su carpa, dejándolo solo. 
Boulogne miró la hora. Ya debía despertar a su compañero. Se acercó a la vaciadora y le golpeó la puerta. Sur Mer dormía plácidamente su siesta y no demostraba interés por despertarse. 
–Vamos que te toca – le dijo, cariñoso. Su compañero miró la hora con el ojo entrecerrado.
–¿Qué hora es? – preguntó.
–Hora de que labures – le ordenó y se alejó dándole espacio para que saliera. Sur Mer bajó de su habitáculo y vio a su compañero que lo esperaba a unos metros de la vaciadora con cara de estar ocultando algo.
–¿Y a vos qué te pasa que tenés esa cara? – lo increpó acomodándose el morlaco. Boulogne le señaló el suelo con el ojo. Sur Mer miró el piso y la vio inmediatamente.
–¿Y esto? – preguntó agachándose.
–¿Viste? Me lo clavé en el culo hoy cuando me senté a almorzar.
–¿Qué es? – preguntó extrañado.
–Qué sé yo…– contestó Boulogne, escéptico – Una punta…– Sur Mer lo miró con ansias de darle una piña.
–Ya sé que es una punta, salame – lo retó.
–Sé tanto cómo vos. La acabamos de encontrar – le contestó Boulogne, indiferente. 
Sur Mer avistó algo detrás de su compañero, ya llegaba el refuerzo, se escuchaba el zumbido de tres vaciadoras que venían a colaborar. Boutique regresó al lugar del hallazgo y dio las órdenes pertinentes delimitando el lugar de vaciado. Mientras hacían el raspaje preliminar, apareció una nueva punta, exactamente igual a la primera, separada unos seis metros una de la otra. Demarcaron un cuadrado de cincuenta metros de lado con las extrañas puntas en el centro y se pusieron a trabajar. Boutique se quedó a un costado, ansioso, esperando que se descubriera la pieza. Las vaciadoras comenzaron sobre el perímetro determinado mientras Boulogne y Sur Mer aspiraban la ceniza que rodeaba las puntas con una manga aspiradora manual, herramienta más adecuada para el trabajo fino. A medida que extraían ceniza, las puntas iban emergiendo de su sarcófago: dos extrañas agujas de treinta centímetros de alto paralelas entre sí se ensanchaban un poco a medida que las aspiradoras las desnudaban. Una forma ovoide surgía debajo. Boutique no entendía qué eran esas formas; parecían dos grandes choclos, pero descartó esa idea. – ¿Por qué razón iba a haber dos grandes choclos de bronce a esa altura en el centro de la ciudad? – pensó, sintiéndose ridículo.
Los supuestos choclos gigantes dieron paso a dos descomunales manos que los aferraban, simétricas. – ¿Serán choclos, nomás? – se preguntó intrigado. Las manos dieron paso a los antebrazos y en el medio de ambos descubrimientos comenzaron a emerger dos grandes cascos. Boutique se sentó con las patas colgando en el nuevo vaciado y seguía atento el descubrimiento casi sin pestañar. Los cascos, idénticos entre sí, dieron lugar a dos caras, pero no eran cascos, eran pelos, pelos de mujer. Pelos muy peinados. Obviamente era una estatua de algo, pero Boutique no lo entendía. – ¿Qué carajo hacía una estatua tan grande a esa altitud? ¡Si todavía estaban como a cien metros del suelo! – pensó.
Los radares de las vaciadoras impidieron seguir con el trabajo grueso y se retiraron. Boutique pidió una manga aspiradora para ayudar a sus capitanes y continuaron destapando aquella inmensa estatua. Dos enormes mujeres desnudas agarradas de la mano sostenían con sus otras manos unos choclos inmensos, levantándolos por sobre el hombro. Las mujeres eran de bronce y tenían una altura aproximada de ocho metros. Debajo de ellas, finalmente, aparecía un edificio. Una insólita pirámide escalonada del mismo material se recostaba en una habitación cuadrada de cemento rodeada de columnas con forma de estrella. Luego descubrieron una nueva habitación, más grande, que soportaba estoica la pesada mole. Y en esta segunda habitación encontraron al fin ventanas por donde ingresar. Boutique y Boulogne entraron rompiendo un vidrio y recorrieron con la vista el lugar, muy sucio, con enormes malacates y un antiguo tablero eléctrico. Sur Mer, por su parte, había descubierto una puerta. La derribaron y entraron. Dentro del edificio, una inmensa jaula central les demarcaba el camino a recorrer, estaba rodeada por una escalera de mármol blanco y gris. Dentro de la jaula se veía pintado bien grande un número 9. En el siguiente nivel, advirtieron sobre la pared una exótica caja de bronce que decía: PALACIO MINETTI, Boulogne la tocó y notó que el frente de la misma, al ser presionado, se hundía como una extraña compuerta secreta. Siguieron recorriendo el lugar rodeando la jaula, que al parecer viajaba por el centro del edificio desde el nivel del suelo hasta la terraza misma. En el nivel 4 un lado de la jaula no estaba, Boulogne se asomó para ver y su linterna-vincha iluminó un tenebroso e infinito agujero con cadenas y cables que era el centro del edificio. Espantado y presa de un instantáneo ataque de vértigo se echó hacia atrás. 
Bajaron cuatro niveles más y finalmente llegaron a la base. La escalera terminaba a los pies de una puerta giratoria como la que Boutique había visto en el correo. Una gran pizarra proclamaba: PALACIO MINETTI y debajo, un sinnúmero de nombres extraños. La tediosa jaula, en el ingreso, se convertía en un sector muy bello, con puertas de bronce y pequeños vidrios de colores. Boutique traspasó la puerta giratoria y se encontró con lo que supuso era el pórtico principal, mucho más grande que las puertas del correo y de la catedral. Se acercó y lo acarició mirando hacia arriba. No terminaba nunca. Era descomunal. Con unos travesaños escalonados donde reposaban miniaturas de aquellas gigantescas mujeres enchocladas que había en el techo del edificio. Les iba a costar un buen tiempo abrir ese pórtico.
Al regresar a la terraza del palacio se encontraron con varios compañeros que querían conocer el hallazgo. Boutique dio orden de ingresar y recolectar elementos para su estudio recalcando que con un elemento de cada forma bastaba y sobraba, haciendo alusión a la recolección exagerada del Camping Don Tomás. Todos asintieron con sus cabezas y comenzaron a ingresar. Boutique ordenó a los vaciadores agrandar el predio demarcado para dejar al desnudo el edificio completo y partió rumbo a su tienda a encontrarse con el viejo.

martes, 22 de enero de 2013

Capítulo XX




Al llegar a la estación de despegue vieron al general que ya los esperaba con unos papeles en la mano. Boutique echó un vistazo a su nueva nave, que era igual a la de Apotheke, un poco más chica que la que había estado utilizando. Sobre un costado, un mecánico pintaba con destreza el número y rango: 02 – CB =. Boutique se sintió gigante; le dolía el pecho de tanto orgullo. Se acercó y le extendió la mano a su superior mientras saludaba asintiendo con la cabeza a los mecánicos.
–¿Está listo, coronel? – preguntó Apotheke.
–Sí, mi general – afirmó Boutique –, listo y ansioso por comenzar esta nueva etapa.
–Perfecto – concluyó Apotheke –. Este es el manual de instrucciones de la nave. No se preocupe que es mucho menos sofisticada que la 037 que venía utilizando. No va a tener inconvenientes – Apotheke le extendió un escaso librito con un puñado de hojas –. Le recomiendo que cuando tenga tiempo lo hojée.
–Cómo no, mi general, eso haré – Boutique agarró el manual y lo metió en una cartera que llevaba bajo el brazo mientras Vitraux miraba la nave desconfiado.
–¿Y yo donde voy a dormir? – preguntó –. ¿Tiene camarote esto?
–No van a dormir en la nave – informó Apotheke –. En tierra firme ya les prepararon una tienda de acampe, mucho más cómoda que el camarote que utilizaste hasta ahora – le señaló el gordo, y al viejo le brilló el ojo de alegría.
Boutique saludó al general con una venia respetuosa y Apotheke dio unos pasos hacia atrás, dándoles espacio para que entren en la cabina. El coronel se sentó al mando y el maestro a su lado, como una especie de dudoso copiloto. Los mecánicos se apartaron desconectando los cables del service y la nave comenzó a girar lentamente hacia la zona de despegue. Apotheke se quedó mirando cómo se alejaban tras la compuerta presurizadora y, una vez perdidos de vista, dio media vuelta y se dirigió a su despacho para continuar con sus tareas mientras la exclusa final se abría y la 02 – CB = partía rumbo a Rosario.
Por ser una nave pequeña se vieron impedidos de descansar, así que decidieron aprovechar ese tiempo en una nueva clase.
–¿Seguimos?
–Déle nomás – confirmó Boutique, corriendo su butaca hacia atrás y descansando sus patas sobre el apoyavasos del tablero de mandos. Vitraux se calzó el quevedo y se reclinó un poco en su butaca.
–¿Dónde quedamos?
–En los vicios, terminamos con eso – dijo Boutique leyendo sus últimos apuntes –. Pero me gustaría hablar de lo último que vi en Rosario, antes de la partida.
–Lo escucho.
–Descubrí otra edificación imponente, parecida al correo, con techos altísimos, columnas opulentas y puertas descomunales. Sobre el dintel del techo había unas extrañas estatuas de unos humanitos alados…– describió Boutique.
–¿Una iglesia? – temió Vitraux.
–No lo sé…– se disculpó Boutique –. Sobre estos niños alados que le menciono había una rara inscripción – comenzó, mientras buscaba entre sus anotaciones – RE NA DEL S S ROSARIO RUEGA POR NOSOTROS – leyó en su cuaderno.
–Sí, debe ser una iglesia…– aseveró Vitraux.
–¿Y cómo lo sabe?
–Coronel… humanitos alados, ostentación arquitectónica y la palabra “Ruega” son pistas más que elocuentes. Debe ser una iglesia, y si está al lado del correo central, enfrente de la plaza, casi le diría con seguridad que se trata de la Catedral.
–¿La Catedral?
–Sí, la iglesia más importante de la ciudad, como nuestra base – ejemplificó Vitraux –. Eso forma parte de la clase de religión – advirtió Vitraux –. Mire que es bravo eso, ¿eh? – Boutique abrió su ojo ávido de información y el viejo se dio cuenta que no podría esquivar comenzar con ese capítulo.
–Lo escucho.
–Bien – dijo Vitraux acomodándose mejor en la butaca – ¿De dónde viene usted?
–¿De dónde vengo?
–Sí, ¿cómo es que usted existe? es la pregunta mejor formulada.
–Nací en un planeta en donde la luz que recibe de la estrella madre, más el agua que se encuentra en él, hicieron posible el desarrollo de la vida. Por eso existo – dijo Boutique, explicándose desconcertado.
–Bueno, imagine que ahora yo le digo que no, que no es así, que en realidad todo esto es obra de un ser llamado Dios, que fue el creador de todo lo que existe.
–Suena un poco ridículo, perdóneme usted.
–Exacto, ridículo – confirmó Vitraux – De eso se trata este capítulo: de las historias que creían los humanos sobre el origen de la vida – comenzó Vitraux –. En el planeta Tierra había más de veinte religiones distintas. El humano, dependiendo de dónde había nacido, era inculcado desde pequeño con estas creencias religiosas, endilgando el origen de la vida a este Dios que, según la región del planeta que habitase, se podía llamar de distintas maneras y tener diversos preceptos – Boutique escuchaba atento –. Pero básicamente la finalidad de las religiones era la misma – señaló Vitraux –: agrupar a las masas, convencerlas de una ideología religiosa y mantenerlas dominadas.
–¿Cómo mantenían dominadas a las masas?
–Con el miedo a lo desconocido, con la muerte, con el cielo y el infierno – detalló el gran maestro –. Vea, coronel, si yo le digo que usted debe comportarse adecuadamente, no ser mal marciano, no fijarse en la mujer de su amigo, no robar o asesinar porque de lo contrario a usted luego de su muerte le esperará una eterna condena en el infierno, ¿qué me dice? – lo increpó Vitraux inclinando su butaca hacia delante para acercarse lo más posible al coronel que, inconsciente, se reclinaba para atrás manteniendo distancia.
–¿Y eso qué es?
–¿Qué cosa?
–El infierno.
–El infierno es un lugar que hay debajo de la tierra, dominado por el diablo. Este diablo es un ser despiadado que rostiza humanos muertos a fuego lento durante toda la eternidad, para que paguen por sus delitos.
–¿Debajo de la tierra existe ese lugar? – preguntó Boutique, descreído.
–No, coronel, no existe ¿Cómo va a existir semejante cosa? – se enojó el viejo –. No existía eso, sólo se lo decían a los humanos para que se porten bien, para que no hagan lío – Boutique hizo un silencio, contemplando lo que Vitraux le decía.
–Para que acepten su vida como se les había planteado sin importar si estaban a gusto o no – aportó Boutique y Vitraux se sacó el quevedo, levantándose de la butaca.
–Es usted un genio, coronel – reconoció el gran maestro –, me deja pasmado con la rapidez con que entiende a estos humanos.
–Se caía de maduro…– señaló Boutique con aires de gran filósofo.
–Entonces los humanos creían en estos preceptos y eran convencidos de que, al morir, si habían pasado una vida de pobres, serían los reyes del cielo – dijo Vitraux mientras su alumno comenzaba a poner esa cara –. O sea…– trató de explicarse mejor –, para que no jodan con reclamos sobre la falta de necesidades básicas completas, como tener un buen hogar donde guarecerse, poder comer todos los días alimentos nutritivos, poder vestirse o poder disfrutar de las mismas comodidades que tenían los humanos que no eran pobres, les prometían el reino de los cielos y ellos creían esto y esperaban morir para poder comenzar a disfrutar todo lo que no habían logrado conseguir en vida.
–¡Pero eso es absurdo! ¡Hay que ser idiota para creer tamaña estupidez! – Boutique se quejó, iracundo.
–La gran mayoría de los humanos eran católicos, ya que ésta era la religión más leve, más suave. Era más fácil ser católico. Había otras religiones que eran mucho más duras y estrictas de seguir, infringiéndose mutilaciones en el cuerpo, por ejemplo – Boutique lo miró sorprendido –. El judaísmo era la religión con ese precepto más famosa. El varón judío, al nacer, debía cortarse la piel que recubría su pene para ser un verdadero judío – Boutique se aferró de las pelotas e hizo cara de dolor.
–¡Por favor, maestro! ¡Qué está diciendo! – lo retó.
–La verdad, coronel, la verdad…– sentenció Vitraux –. Después había otras religiones en donde las hembras no podían mostrarse en la calle y debían circular con una sábana que las tapara todas, hasta los pies, de lo contrario eran apedreadas hasta la muerte – Boutique se soltó las pelotas y abrió grande su ojo –. En África, por ejemplo, a las mujeres les cortaban el clítoris para que no gozaran a la hora de tener sexo, porque el goce estaba prohibido en la mujer – continuó Vitraux y Boutique lo fulminó con la mirada, como si el viejo estuviera inventando todo eso sólo para molestarlo. Pero el maestro seguía en la suya, muy compenetrado en su explicación –. Volviendo al cristianismo, entonces, los líderes de esta religión, o mejor dicho, los guías, eran llamados sacerdotes: humanos machos que se presentaban voluntariamente para dedicar su vida a la propagación de esta infamia, entonces daban sus votos de fe a cambio de quedarse a vivir en alguna iglesia. Generalmente las iglesias tenían una escuela a cargo y estos sacerdotes hacían las veces de directores de esas escuelas – dijo Vitraux, y se levantó a servirse un vaso de agua. Boutique se quedó sentado con la mirada perdida en la nada absoluta, muy exacerbado. El viejo volvió y se sentó junto al coronel, dando cuidados sorbitos al vaso de agua para que no se le vuelque en la bata.
–¿Y cuál era la labor de estos sacerdotes?
–Dirigían las misas, dirigían las escuelas, y escuchaban confesiones.
–¿Misas? ¿Confesiones?
–Claro, los humanos devotos iban los domingos a misa, que era una suerte de reunión en donde los feligreses concurrían para escuchar lo que este humano impartía como única verdad. Y la creían, ciegos. Luego se metían con el sacerdote en un pequeño recinto de madera y, a modo de confesión, le contaban todo lo mal que se habían portado en la semana. El sacerdote imponía una penitencia dependiendo del grado de maldad de los pecados cometidos, que iban desde un padrenuestro y un avemaría, a cientos de ellos.
–¿Y eso qué es?
–¿Qué cosa?
–Eso, lo del padrenuestro, lo del avemaría…
–Ah, sí; eran plegarias. Los humanos debían arrodillarse en un taburete y recitar estas oraciones de memoria con las manitos juntas y la cabeza gacha – explicó Vitraux –. No conozco tanto y no puedo determinar cómo calificaban estos sacerdotes cuán viles eran esos pecados, pero se me ocurre que un humano iba y le decía al sacerdote, por poner un ejemplo, que el miércoles había dicho una mala palabra, entonces el sacerdote lo penaba con un avemaría – determinó Vitraux –. En cambio si el tipo iba y le confesaba que había robado un banco, el humano se tenía que comer flor de garrón, arrodillado, rezando miles de padrenuestros y avemarías…– ilustró Vitraux –. ¿Se imagina cómo les quedarían las rodillas? – Boutique, escéptico, se echó para atrás con la cara toda arrugada de indignación.
–¿Y qué ventaja tenía hacer semejante cosa?
–Que el humano se sentía limpio, que podía arrancar una nueva semana sin culpas, total, si cometía algún error, el domingo asistía a misa, se confesaba con el sacerdote y listo.
–¡Perfecto! – ironizó Boutique, completamente encolerizado.
–Sí, pero no termina ahí la cosa – amenazó Vitraux.
–Qué… ¿Hay más?
–Sí – dijo el gran maestro con el gesto adusto –. El sacerdote, para tomar esos votos de fe, debía hacer un sacrificio enorme, sobre todo para demostrar a la humanidad la fortaleza de su creencia, pregonando que nada en el mundo era más importante, y ese era el motivo por el cual los humanos creyeron este disparate.
–¿Qué sacrificios debía hacer el sacerdote? – se preguntó Boutique asustado, agarrándose nuevamente las pelotas.
–Debía desechar tener una vida normal como cualquier otro humano. No podía tener hijos, no podía mantener relaciones sexuales, no podía tener una pareja – Boutique se quedó helado. Y se soltó las pelotas.
–Pero, maestro, disculpe que lo interrumpa, ¿cómo hacía con sus necesidades fisiológicas naturales? Porque las ganas de tener relaciones sexuales no se pueden reprimir. Bah, nosotros no podemos… ¿Los humanos podían hacer eso? – preguntó Boutique, visiblemente admirado por esa poderosa virtud del ser humano.
–Por supuesto que no. ¿Cómo podrían reprimir el deseo sexual? Somos seres vivos, humanos, marcianos o plutonianos. Es la semilla de la vida, es lo que hace que existamos, nuestros genes luchan porque nos propaguemos – le explicó Vitraux, como si su alumno no lo supiera.
–¿Y entonces? – preguntó Boutique, preocupado.
–Y entonces vivían en una sofisticada hipocresía, masturbándose por las noches en la más completa soledad. Y cuando el deseo no podía ser calmado con una simple masturbación recurrían desesperados a lo que tenían más a mano.
–¿Y qué tenían a mano?
–Humanitos – señaló Vitraux –. Cuando el deseo los superaba, estos sacerdotes se volvían realmente locos por la falta de sexo carnal, entonces cualquier ser que les pasaba cerca era visto apetitosamente por ellos, y comenzaron a violar a sus propios alumnos.
–¿Cómo violar? ¿Qué es eso?
–Tener sexo por la fuerza con alguien que no está dispuesto a entregarse sexualmente a otro – explicó Vitraux –. Y los sacerdotes lo llevaban a cabo sin problemas. No eran enjuiciados, no eran encarcelados por crímenes, no pagaban impuestos. Eran los dueños de la verdad más absoluta. Como “secretarios” de ese Dios en el que creía la humanidad. Y había que confiar plenamente en ellos, entonces la gran mayoría de los sacerdotes se aprovechaban de su libertad para hacer lo que se les ocurriera. Era un mundo muy enfermo y muy hipócrita – sentenció Vitraux.
–Pero, maestro… Quizás estos sacerdotes creían en esta infamia como el resto de los humanos – Boutique trató de encontrar una explicación –. Quizás vivían vidas angustiosas, llenas de culpa por su comportamiento, por su falta de compromiso con la promesa de no tener sexo…– contempló Boutique – Es probable que usted los esté demonizando y sólo fueran una pieza más en este absurdo rompecabezas, siendo tan víctimas como el resto de la humanidad…– los defendió. Y Vitraux se sonrió.
–Vea, coronel, para que lo entienda mejor. La gran mayoría cometía estos actos de pedofilia esporádicamente, pero cuando un sacerdote se volvía realmente loco y comenzaba a violar a sus alumnos a mansalva, el problema no se podía tapar mucho tiempo, no se podía ocultar – explicó el gran maestro –, porque no eran dos o tres humanitos violados que quizás nunca los denunciarían por temor o vergüenza, sino que eran ochenta, noventa o cien, entonces el caso llegaba al Vaticano y los cardenales, o incluso el Papa mismo, determinaban ocultar al sacerdote “enviciado” en algún convento, para protegerlo y cuidarlo hasta el día de su muerte, siendo servido como un rey por las monjas que habitaban el convento en lugar de ir preso.
–¿Cómo los cardenales? ¿Los pájaros tomaban decisiones? – preguntó Boutique, alarmado.
–Los cardenales eran sacerdotes con alto rango, como el general Apotheke o como usted. Un sacerdote era como un capitán. Un cardenal, como un coronel. Y un Papa, como un general, un mandamás, un líder absoluto. Los pesos pesados vivían todos juntos en el Vaticano, y desde esa ciudad atrincherada en el medio de Roma determinaban la vida de sus devotos feligreses y seguían de cerca estos casos de pedofilia para ver cuál era el momento oportuno de separar a este sacerdote de la escuela o iglesia que presidía para no hacer espamento.
–¿Pero cómo puede ser posible semejante barbaridad?
–Toda esta mentira se desarrolló hace más de 2.200 años con la supuesta llegada de un niño al que su madre dio a luz sin necesidad de que su padre la fecunde – Boutique hizo cara de mal olor –. La madre de este niño, según esta habladuría, había quedado preñada por obra de un espíritu bondadoso que le impuso el embarazo. Y de ahí viene el complejo rechazo que le tenían al sexo. El sexo era visto como algo feo, sucio y malo, sólo se debía tener sexo en el caso de pretender engendrar un retoño, de lo contrario no estaba permitido tener relaciones – le explicó Vitraux –. Y de ahí viene aquel problema que le mencioné tiempo atrás cuando le comenté de la mortandad en África, donde los niños morían de SIDA. Esta enfermedad podría haber sido frenada y erradicada con la sencilla aceptación de la iglesia al preservativo.
–¿Y eso qué es?
–El preservativo fue un invento muy útil para proteger a los humanos de posibles contagios de enfermedades venéreas por mantener relaciones sexuales ocasionales con diferentes parejas – le contó Vitraux –. Pero como la iglesia repudiaba el acto sexual libre, nunca reconoció el uso de preservativos, y los pobres del mundo morían como moscas – sentenció–. En lugar de educar, atender y brindar cobijo, que eran las premisas fundamentales de estas creencias, se dedicaban a la hipocresía, a la protección de violadores, a la mentira, a la opresión de los pueblos.
–¿¡Pero por qué ocurría semejante cosa!?
–Por la desinformación, por la falta de conocimientos, por la pobreza, por la dominación – detalló Vitraux –. Y eso no es lo peor, lo más escandaloso de todo esto es que la iglesia cristiana tenía un poder económico que quizás haya sido más fuerte que el de los banqueros mismos. Pero nunca jamás utilizó su dinero para desahogar la desesperante miseria que vivía la mayor parte del planeta. Para que lo entienda mejor, las iglesias “base” estaban en el Vaticano, en Italia, donde gobernaba el Papa, el más poderoso de los sacerdotes – Vitraux continuó con esa tenebrosa historia –. En estas iglesias, todo estaba bañado en oro, diamantes, rubíes, mármol de Carrara… El lujo que ostentaban esos edificios era implacable.
–¿Pero cómo puede ser que los pobres no hayan advertido que los estaban cagando? – insistió Boutique, incrédulo.
–Por el cuentito del infierno y el cielo – respondió Vitraux – Si te portás bien y no molestás, el cielo es tuyo. Si en cambio te pones a investigar dónde está la mentira o increpás a algún sacerdote o pedís explicaciones complicadas, te vas derechito al infierno, así que no jodas y cállate. Y andá a trabajar…– ironizó Vitraux.
Boutique se quedó pasmado; no podía creer lo que el gran maestro le contaba; realmente suponía que Vitraux tenía esa información contaminada por algún factor extraño; era imposible que eso fuera verdad. Se quedó un rato largo mirando su cuaderno con una impotencia nunca antes experimentada mientras el maestro se acomodaba para dormir una siesta en el tiempo que restaba de viaje, doblando una de sus batas y transformándola en una práctica y cómoda almohada, apoyándola en la parte alta del respaldo de su butaca. Boutique intentó imitarlo pero no logró conciliar el sueño. Estuvo largo rato debatiendo dentro suyo todo lo que había escuchado. No lo creía (no lo quería creer).
Cuando el viejo despertó notó que Boutique tenía el semblante raro otra vez. A Vitraux no le gustaba verlo tan derrotado. De tanto en tanto le apoyaba su mano en el hombro, comprensivo, pero Boutique no se reponía, estaba muy enojado, esa era la expresión en su rostro: enojo. Y esa actitud en su alumno le trajo recuerdos de la época en que él mismo conoció por primera vez esas historias. Y lo comprendió de inmediato. Al menos a Boutique no le había dado por llorar días enteros sin conseguir consuelo. Mientras sólo le diera rabia o indignación no sería tan perjudicial para su salud.