domingo, 12 de mayo de 2013

Capítulo L




Capítulo L


El comunicador personal de Boutique comenzó a vibrar en su cintura, sacudiéndolo de un susto. Se había entre dormido y los refuerzos estaban en la entrada del garage esperando directivas. Boutique les indicó cómo ingresar y por dónde subir hasta el nivel 5 y los esperó, sentado dentro del Torino 380 W.
–Coronel, nos mandó a llamar.
–Sí, capitán, necesitamos sacar este vehículo de aquí – dijo Boutique saliendo de adentro de la cabina.
–¿Señor?
–Señor ¿qué? – se agitó Boutique –. Este vehículo, este vehículo debemos llevarlo arriba – Boutique señaló primero el vehículo y luego el cielo, impaciente; no entendía qué era tan difícil de interpretar de lo que les había ordenado. Ambos exploradores se miraron intrigados.
–Perdón, señor, pero ¿cómo pretende que saquemos esto de acá? – insistió su subordinado señalando en todas direcciones, incrédulo.
–No lo sé, pero debemos encontrar la manera – ordenó Boutique cerrando la puerta del Torino.
Caminó hacia el pasillo y miró a ambos lados. Intentar retirarlo por las rampas de acceso era imposible, lo destruirían. Lo más práctico era hacer un hueco en la pared reticulada por donde ingresaban esos alfileres punzantes de luz y extraerlo colgando de alguna nave. El Torino estaba en el lado opuesto al frente del edificio, pero con retirar el vehículo que obstaculizaba el paso hacia la pared era suficiente. Se acercó al automóvil en cuestión y lo contempló un instante mientras llegaban más exploradores trazando zarpazos de luz con sus linternas-vincha como espadachines alcoholizados. El vehículo enfrentado al Torino era un Logan, de color rojo oscuro, bastante horripilante; daba asco de sólo verlo. Boutique se acercó a la pared y la palpó con sus manos. Se dio vuelta y ordenó a sus exploradores hacer un hueco del piso al techo, de cinco metros de ancho y llamó por el comunicador a Bôite para que preparara su nave y traiga sogas resistentes.
Los exploradores comenzaron a derribar la pared mientras Boutique convocaba más operarios. Quería retirar el Torino ese mismo día. Se formaron cuatro grupos “demoledores” mientras en la calle se aseguraba el perímetro para que nadie saliera lastimado por la imprevista caída de material de construcción. En una hora lograron abrir el boquete. Boutique salió al aire libre dando órdenes estrictas de no tocar el vehículo seleccionado y voló fuera del piletón en busca de Bôite, que no daba señales de vida. Desde el aire vio a su amigo recogiendo todo tipo de sogas junto con Beckenbauer, que lo ayudaba con la nave en marcha, ya estaba saliendo. Se sumó a ellos y volaron el estrecho tramo que los distanciaba del garaje Apolo. Bôite aterrizó sobre el techo del edificio y se dispusieron a anudar las sogas a las patas de la nave soltándolas por el frente del garage; como autómatas, ingresaron por el boquete y anudaron el Logan pasando las correas entre las ruedas. Los demás operarios miraban atónitos la expeditiva manera de trabajar del coronel y entendieron de inmediato el porqué de su rango.
Una vez afirmado el vehículo, Bôite volvió a su nave y la elevó con cuidado ubicándola sobre la calle, intentando mantener su posición, y comenzó a ascender despacio. Las sogas pasaron de estar flojas y recostadas en el suelo a elevarse, señalando ofuscadas el boquete por donde ingresaba la luz del sol e invitando al Logan a partir, finalmente, de aquel sarcófago. Y el Logan comenzó a moverse con lentitud hacia la luz. A medida que se acercaba al agujero dejaba ver su diseño: era una bazofia absurda de muy mal gusto; distaba mucho de la personalidad avasallante que tenía el Torino. Sus ruedas traseras quedaron suspendidas en el aire cuando todo su feo culo cuadrado salió del edificio. Abajo, varios exploradores observaban expectantes lo que sucedía en el nivel 5 de la construcción. Bôite continuó ascendiendo con gran prudencia para extraer el vehículo ya que, una vez que lograra retirarlo completo, se iba a zarandear peligrosamente debajo suyo haciéndolo desestabilizar.
El Logan ya tenía casi todo el cuerpo fuera del edificio. Sólo faltaban las ruedas delanteras, que continuaban luchando en vano por aferrarse al piso como si se tratase de las manos de alguien que es tironeado de las patas hacia un lugar al que no quiere ir. Una vez liberado, el horrible ejemplar se hamacó suspendido en el aire con gran destreza hacia la vereda de enfrente y, mientras todos disfrutaban su danza con entusiasmo, una de las sogas cedió, mal atada, y la bazofia se descolgó y cayó a la calle dando por terminada su danza majestuosa. Y haciéndose pedazos en el suelo.
Boutique decidió sacar más vehículos hasta tener claro cuál era la mejor manera de extraerlo. No debía ocurrir eso con el Torino. No se lo permitiría.
Extrajeron varios ejemplares más y ninguno calló al vacío. Bôite los descolgaba del edificio con gran osadía y cada vehículo que sacaba lo instruía más en la labor. Ya era un experto y estaba listo para dar el gran paso. Boutique seleccionó el triple de sogas y cosió el Torino por todos lados. Luego unió todas las puntas sobre el techo y, una vez asegurado, le dio la orden a su amigo para que lo extrajera. Bôite, bastante nervioso, comenzó a elevarse con mucho cuidado, como quien debe levantarse de una silla sin despertar a un temible y gigantesco monstruo come-marcianos que duerme a escasos metros un sueño muy liviano. El Torino comenzó su lento caminó hacia la luz mientras sus cuatro ruedas desinfladas giraban toscas y en silencio hacia la libertad. Boutique controlaba todo caminando a un costado del automóvil. Las ruedas traseras ya amenazaban con lanzarse al vacío y Boutique apoyó su mano en el techo del Torino, como pidiéndole cautela en su loco salto. Miró hacia arriba y encontró la mirada de Bôite por la ventana de la nave. – Dale – le dijo por el comunicador con un vaivén de cabeza; y Bôite comenzó a elevarse muy despacio con un temor nunca antes experimentado. El Torino se alzó unos centímetros haciendo que sus ruedas traseras se despegaran del suelo y salió escupido hacia fuera antes de lo previsto, como enjabonado, llevándose de regalo a Boutique que había quedado aferrado a una de las sogas y que no alcanzó a soltar.
Lo que menos necesitaba Bôite era ver cómo su amigo salía despedido por el boquete hacia el vacío a un costado de un vehículo de carreras terrestre, pero logró mantener la calma y se elevó raudo rumbo a la zona de aparque fuera del piletón; no podía detenerse. El traje de Boutique advirtió la caída una vez más y encendió sus propulsores para nivelarlo y sostenerlo cuando aún faltaban cuatro metros para el impacto. Todos los exploradores vieron con qué velocidad logró estabilizarse y seguir a la nave de su amigo. Y volvieron a entender el porqué de su rango.
Bôite depositó con exagerada cautela el Torino a unos metros de la tienda de su amigo y luego aterrizó su nave lo más lejos que le permitieron las sogas atadas a sus pies. Esperó a Boutique que ya se acercaba y lo desataron, mientras el Torino brillaba a la luz del sol, presentándose en sociedad. Ya liberado, Boutique le pasó un trapo y se metió en la carpa con una sonrisa tan grande que le hacía doler las comisuras de los labios, resecas por el exasperante clima del planeta.
–Maestro, tiene que salir un segundo; quiero mostrarle algo…– le dijo Boutique con suavidad parado a los pies de la cama.
–¿Qué encontró ahora? – preguntó el viejo, entusiasmado.
–Tiene que venir conmigo – insistió extendiéndole la mano para ayudarlo a incorporarse.
Vitraux se aferró al coronel con interés y se levantó. Boutique no lo soltó y lo sacó de la carpa de la mano presentándole el hallazgo, que reflejaba la luz del sol encegueciendo al maestro. Boutique lo tomó del brazo y lo acercó al vehículo mientras el maestro asimilaba con gran confusión lo que estaba contemplando su ojo. Y miraba a Boutique, y miraba el vehículo. Y miraba a Boutique, y miraba el vehículo. Sin parar.
–Me está jodiendo, coronel…– atinó a decir, pasmado.
–No – le respondió Boutique, escueto.
–¿De donde sacó esto? – preguntó estupefacto. A Boutique le dieron ganas de gritarle: ¡De la farmacia! ¡De Mr Otto – Collection!, pero se contuvo.
–De un gran garaje con cientos de automóviles guardados.
–No lo puedo creer…– reconoció Vitraux, sin encontrar palabras.
–Estaba tapado por una manta – le explicó Boutique –. Diga usted que se me ocurrió destaparlo, por simple curiosidad. No entendía por qué razón iba a haber un vehículo tapado con una manta – continuó recreando la escena –, porque de lo contrario no lo hubiera advertido.
–Usted no tiene idea que es esto…– señaló Vitraux con el ojo humedecido por la emoción.
–Un Torino 380 W – dijo Boutique señalando el vehículo y mostrándole la foto en el listado que tenía en la mano.
–No, querido…– lo disculpó. Boutique lo miró estupefacto –. Es “el” Torino – enfatizó Vitraux.
–¿Cómo “el” Torino? – preguntó Boutique dejando caer sus brazos a ambos lados de la cintura, desconcertado.
–¡Es uno de los Torino que compitieron en 1969 en Nürburgring en “Le Marathon de le Route”! – exclamó emocionado.
–¿Y eso qué es? – Boutique comenzaba con sus estúpidas preguntas.
–¡Las 84 horas de Nürburgring! – gritó el maestro, rodeando el ejemplar. Boutique se encogió de hombros sin entender mientras el viejo caminaba alrededor del vehículo, contemplándolo con regocijo. Boutique le abrió la puerta del acompañate y lo hizo sentar para seguir dialogando dentro.
–¿Dónde lo encontró? – volvió a preguntar Vitraux, hipnotizado por el volante y el tablero del automóvil.
–Ya le dije, maestro, en un garaje…– resopló Boutique, cansado de repetir lo mismo. Parecía que el viejo se había vuelto loco.
–Usted no tiene idea lo que encontró…– continuó repitiendo el libreto como un poseso.
–La verdad que no – insistió Boutique –. Es más, mire lo que me atrevo a decirle – señaló y el maestro lo miró con atención por primera vez en el día –, lo más probable es que si no me cuenta de una vez por todas qué es lo que encontré, es altamente posible que nunca lo sepa – terminó, con gran ironía, haciendo que el maestro despertase de su estúpida enajenación.
–Tiene razón, coronel, perdóneme…– se disculpó Vitraux, apoyándole una mano en la rodilla –. Es que es un gran hallazgo, quizás sea el mayor hallazgo que usted haya hecho – señaló –. Realmente no creo que lo supere – desafió –. No creo que nadie encuentre nada más importante – aseveró.
–Soy todo oídos – insistió Boutique con gran ansiedad.
–El Torino es un vehículo argentino…– comenzó el maestro.
–Como tantos otros – lo interrumpió el coronel.
–Error – lo frenó Vitraux –. El Torino es un vehículo diseñado en Argentina, inventado por argentinos, fue creado por argentinos. Los otros vehículos que se fabricaban en el país eran copias de diseños de otras partes del mundo. El Torino no, el Torino fue concebido acá – le explicó, presionándose la rodilla con el dedo índice.
–Comprendo.
–En 1969 se corrió una carrera muy difícil en Europa en donde competían todas las marcas más importantes del mundo.
–¿Por ejemplo?
–Mercedes Benz, BMW, Porsche, Ford – enumeró Vitraux –, todos autos de alta gama, en su mayoría europeos, extremadamente costosos, marcas con muchísimos años de experiencia, vehículos que marcaron época en ese deporte tan atrapante que era el automovilismo – lo interiorizó el maestro.
–Entiendo – dijo Boutique con la mirada perdida en el vidrio del Torino, imaginando el escenario que le pintaba el maestro.
–Un grupo de mecánicos argentinos que tenía acceso a aquellos inalcanzables autos europeos se dieron cuenta de que el Torino no tenía nada que envidiarle en cuanto a mecánica a aquellos pedantes y poderosos autos alemanes.
–Ajá.
–Entonces de la mano de Juan Manuel Fangio y Oreste Berta se encaminaron a participar en esa sacrificada carrera con tres Torino, dirigidos por Fangio y preparados por Berta.
–¿Y quién es Fangio y quién es Berta? Empecemos por ahí…– lo frenó Boutique tratando de que el viejo le explicara todo con lujo de detalles.
–Tiene razón – se disculpó Vitraux –. Fangio fue el más grande piloto de automovilismo de todos los tiempos, reconocido mundialmente y nacido acá, en Argentina – le aclaró volviéndo a los golpecitos iracundos en la rodilla –. Y Berta fue uno de los mecánicos más importantes de vehículos de competición que vio este mundo, también argentino.
–Comprendo.
–Entonces se juntaron y prepararon una presentación en aquella carrera con tres Torino y diez pilotos.
–¿Y para qué tantos pilotos?
–Porque la prueba era sin parar, en el circuito de carreras más difícil del mundo; ochenta y cuatro horas sin detenerse. Entonces los pilotos debían reemplazarse, para poder descansar e ir al baño.
–¿Sin parar para nada? – se asombró Boutique.
–Sólo para abastecerse de combustible.
–¡Qué bárbaro!
–Entonces “La misión argentina”, como se la denominó, viajó a aquellas lejanas tierras a competir en un circuito desconocido tanto por los pilotos como por las máquinas; en una carrera extenuante, tanto para los pilotos como para las máquinas; luchando contra máquinas y pilotos en teoría muy superiores, con muchísima más experiencia, que conocían ese circuito como si fuese su propia casa.
–Unos ilusos…– aportó Boutique, ya inmerso en la historia.
–Unos ilusos – repitió el maestro aprobando la frase del coronel.
–¿Y cómo les fue?
–Al principio, cuando llegaron, los demás concursantes se burlaban de ellos, señalando que con esas máquinas no iban a conseguir siquiera llegar últimos, que abandonarían, que no podrían tomar las curvas a gran velocidad, que eran máquinas muy pesadas en comparación con las europeas – continuó Vitraux.
–Y los Torino estaban en franca desventaja – aportó Butique asimilando la brecha entre los argentinos y los europeos en aquella competencia.
–Exacto, pero para sorpresa del mundo entero, comenzó la carrera y los tres Torino inmediatamente la lideraron.
–¿En serio? – preguntó Boutique, descreído.
–En serio. Durante más de la mitad de la competencia, los Torino no podían ser superados – aseveró el maestro –, y entonces los europeos comenzaron a mirarlos con respeto, entendiendo que habían subestimado a los argentinos inexpertos.
–¿Y qué ocurrió?
–Uno de los Torino, en plena noche, tuvo un desperfecto en sus faros dejando al piloto ciego sin señalarle el camino, en un circuito de una longitud superior a los veinte kilómetros con más de ciento ochenta curvas y contra curvas.
–Y tuvo que abandonar…– lo interrumpió Boutique.
–Sí, pero no inmediatamente…– le aclaró Vitraux –. Intentó conducir el tramo que le quedaba hasta el taller para arreglar el problema, manejando de memoria en una oscuridad total, a gran velocidad. Por un momento lo consiguió, para su propia sorpresa, pero luego entró en una curva un poco pasado y destruyó la parte de debajo de la máquina dejándola sin chances de continuar – Vitraux describió la escena –. Era el Torino número 1.
–Increíble… ¿Condujo sin ver?– descreyó Boutique.
–Así es – confirmó el maestro –. Luego la máquina número 2 – dijo señalando el tablero del Torino en el que estaban sentados – también se despistó, por una fuerte tormenta que se desató en el circuito a mitad de la carrera, quedando enterrada en una zanja para siempre; y quedó sólo la 3, que en un primer momento la habían llevado como repuesto y que al final decidieron hacerla competir.
–¿Y entonces? – Boutique estaba ansioso.
–La número 3 arrancó con algunos problemas en el escape de emisión de gases, la temperatura elevada lo rajó y comenzó a hacer un poco más de ruido que el permitido por los directores del certamen.
–¿Y lo descalificaron? – se alarmó Boutique.
–No, el piloto se detuvo en el taller para recarga de combustible y se llevó de incógnito algo de alambre y una manta de amianto; luego se detuvo en un lugar alejado y cubrió el escape con ese material para impedir que sobrepase los decibeles permitidos – le explicó Vitraux –. Finalmente no lo consiguió y entonces lo penalizaron descontándole como veinte vueltas al finalizar la competencia y relegándolo al cuarto puesto, cuando no sólo hacía rato que venía primero sino que ya le había sacado más de cuatro vueltas al segundo – culminó la historia el maestro –. Aunque más allá de las penalizaciones y esas cosas, los demás competidores y el público que había asistido, en el fondo, sabían quiénes habían ganado la competencia.
–Los Torino – dijo Boutique.
–Los Torino – repitió el viejo con nostalgia y orgullo.
–Sin la experiencia con que contaban los demás – reconoció Boutique, animado.
–Sin la experiencia, lejos de casa, sin el respaldo económico que tenía el resto de los competidores…– enumeró el maestro –. Fue una proeza nunca más igualada por nadie en el mundo – Boutique se quedó en silencio un instante.
–Quiero encenderlo – dijo mirando al maestro, entusiasmado.
–Es imposible, coronel – desestimó Vitraux –. Debemos llevarlo a casa, desarmarlo completo y volverlo a armar, lubricarlo, ponerle nafta…– la desilusión dominaba a Boutique –, las cubiertas…– el maestro siguió enumerando miles de detalles incuestionables que debían estar preparados a la hora de poner en marcha el motor. Y Boutique lo sabía.
–Un cachito…– imploró como un niño desencantado.
–No – dijo Vitraux con un tono de voz que no daba lugar a dudas, mientras se estiraba y habría una compuerta que había delante de Boutique, en el tablero, y extraía de adentro unas pequeñas piezas de metal, de poco espesor, anilladas sobre la parte gruesa.
–¿Y eso? – preguntó señalando desconcertado lo que el maestro había sacado de la puertita del tablero con gran naturalidad, como si hubiera sabido desde siempre que aquello estaba ahí dentro.
–Las llaves, coronel – informó escueto –. Con esto se prende el auto – dijo metiéndolas en el bolsillo de su bata y saliendo raudo hacia su carpa. Boutique se sobresaltó y salió también del Torino detrás del maestro.
–Déle, ¿qué le cuesta? ¡Un cachito! – le suplicó Boutique, pero el maestro ni le contestó.
Boutique se quedó mirando colérico como el viejo se metía en la carpa. Era la primera vez que veía al maestro empacarse de esa forma. Se dio vuelta y se sentó en el suelo mirando cómo el sol del atardecer le daba un color dorado a la pintura del Torino, que no demostraba para nada la edad que tenía. Boutique sabía dentro suyo que la espera era innecesaria. Ese Torino no necesitaba de ningún service. Seguro arrancaba al primer intento, pero las cubiertas… eso sería difícil, estaban muy maltrechas y cuarteadas por la sequedad del paso del tiempo. Si quería convencer al maestro primero debía conseguir nuevos neumáticos ¡Y nafta!



martes, 7 de mayo de 2013

Capítulo XLXI







A la mañana siguiente, cuando despertó, los auriculares que tenía en sus oídos tocaban “Confortably Numb” por enésima vez con ese solo de guitarra increíble. Se levantó y salió hacia el piletón a continuar con la exploración. El sol rajaba la ceniza del suelo alrededor de la carpa y la blancura del terreno le enceguecía el ojo, ya maltrecho de tanto resplandor.
Bajó a la peatonal y enfiló rumbo a La Favorita. En el camino se cruzó con varios exploradores que iban en sentido contrario con sus bolsos recolectores flacos de trofeos a encarar el nuevo día. En Sarmiento, el Palacio Fuentes ya estaba todo destapado y confirmaba la corazonada de Boutique: seguía por Santa Fe media cuadra más. En frente, un bar bastante pomposo pregonaba “El Cairo”, con grandes escaparates que mostraban un interior inmenso y lleno de mesas, demasiado plástico, poco acogedor. Siguió caminando por Sarmiento y llegó a una nueva calle denominada “San Lorenzo”, la cruzó. El paredón de ceniza estaba a cincuenta metros y subía deforme hasta la superficie. A la izquierda una imponente mansión de color blanco, bastante desmejorada y a la derecha un extraño edificio sin ventanas pero con un frente reticulado de hormigón eran las últimas edificaciones descubiertas. Le llamó la atención ese edificio sin ventanas. Se acercó hasta el ingreso y prendió su linterna-vincha. La luz iluminó en el fondo una estatua de un humano muy bien formado en pose francamente homosexual, desnudo y con una hoja de árbol tapando justo sus partes pudendas. Entró unos pasos y alumbró el costado izquierdo de la entrada: “Garaje APOLO” decía. La oscuridad comenzaba a abrazarlo y le recordaba a la galería de los discos, aunque imaginó que esta vez iba a ser peor.
Caminó hasta llegar a la estatua. Un largo camino. Sobre la otra pared había un pequeño habitáculo vidriado, con una mesa diminuta que atesoraba un extraño aparato de color amarillo con una botonera. Un cadáver sentado en una silla, al que la muerte lo encontró ahí dentro sin darle espacio para caerse al suelo, quedó sentado para siempre con la cabeza ladeada hacia atrás y la boca abierta hasta límites insospechados, custodiando la entrada al edificio. Boutique se tocó las coyunturas de su mandíbula. Sintió dolor ajeno.
Al fondo, el camino se bifurcaba hacia ambos lados y un cartel en lo alto alertaba: “Circule a paso de hombre”, pero Boutique ni lo intentaría, jamás había podido medir la velocidad que los humanos tomaban al caminar. Eligió el camino a la derecha y se perdió en la oscuridad. El sendero comenzó a elevarse en una subida sin fin. Con dificultad, e inclinando su cuerpo para mantener el equilibrio, llegó al primer nivel. Iluminó un gran pasillo escoltado por una doble fila de vehículos que, sepultados en esa cripta, no verían nunca más la luz del sol. Boutique se acercó a uno y le buscó la marca: “VW Senda”, decía sobre una especie de farol cuadrado; “Fiat Regatta Weekend” anunciaba el automóvil de al lado; “Ford Escort”, se presentaba el siguiente; “VW Polo”, decía otro. Siguió buscando hasta que se terminó el pasillo y se encontró nuevamente con una rampa en espiral que lo invitaba a subir al siguiente nivel. Volvió a inclinar el cuerpo para acostumbrarlo a la incómoda escalada y llegó al nivel 2. Otra vez un pasillo enorme mostraba de manera ostentosa sus trofeos a los costados: decenas de vehículos aparcados esperaban ansiosos que alguien los encendiera y se los llevara de esa opresora cárcel. Había todo tipo de marcas y modelos, pero nada como lo que solicitaban en el listado.
Subió un nivel más, y otro. Y otro. En el nivel 5 la luz del sol entraba por las reticulaciones de hormigón de la pared que daba a la calle, haciendo que cientos de destellos atravesaran el playón lastimando el ojo de Boutique, ya acostumbrado a la tenebrosa oscuridad que reinaba en el lugar. Se tapó con la palma de la mano intentando protegerse y, girando la cabeza hacia el lado opuesto a la pared, vio algo extraño, o al menos inquietante. – ¿Un vehículo tapado? – se preguntó –. ¿Para qué taparían un vehículo con una manta? – se dijo mientras caminaba hacia aquel ridículo envoltorio. Una vez parado en frente del auto-sorpresa se acuclilló para mirar debajo. La linterna-vincha le alumbró unas gruesísimas ruedas desinfladas que el tímido vehículo portaba en sus puntos de apoyo con el suelo. Boutique se acercó y tomó la manta con la punta de los dedos para intentar retirarla, pero estaba cocida a un largo elástico que se escondía dentro de las partes internas de la carrocería, impidiendo sacarla con facilidad. Tomó la tela con ambas manos extendidas al máximo y la destrabó de los pliegues de chapa en donde se había atorado.
Lo primero que vio fueron dos tomas de aire pequeñas, una en cada punta de un faldón de chapa de color amarillo. A los costados, inmediatamente arriba de las tomas de aire, dos suculentos faroles colgaban amenazadores del faldón. El vehículo no contaba con paragolpes, era la primera vez que Boutique veía uno sin protección frontal, y no entendía por qué razón se mantenía en tan perfecto estado. Siguió levantando la manta y una rejilla metálica con más faroles le mostraba los dientes en un gesto furioso. En el centro, un escudo con un animal cuadrúpedo se erigía en sus dos patas traseras, envalentonado, con una corona de tres picos que lo custodiaba desde la parte superior del escudo. A los costados de la rejilla, más faroles. Destapó todo el frente del ejemplar, que tenía pintada la bandera argentina en el medio del cofre que resguardaba el motor. Sólo el frente del automóvil era de color amarillo, como si lo hubieran sumergido de punta unos centímetros en pintura fresca para luego retirarlo. El resto era de color blanco grisáceo, con la bandera argentina partiéndolo al medio desde adelante hacia atrás, viajando por el techo.
Boutique sacudió la manta, que ya estaba casi en su totalidad suelta y ésta se desprendió remontando en el aire con gracia, como en cámara lenta, levantando una importante nube de polvo y descubriendo el tesoro que venía custodiando desde hacía ya un siglo. Boutique se alejó un poco para observar la pieza en detalle, sacó del bolsillo de su morlaco un foco extra y lo depositó en el suelo, alumbrando el ejemplar. El depósito donde se encontraría el motor, tenía unas tomas de aire que miraban hacia el habitáculo. El vidrio que protegía a los conductores tenía una inscripción en la parte superior, a modo de vincha, que decía en grande: RENAULT. Sobre el costado, la puerta de ingreso a la cabina de mandos tenía un gran número “2” de color negro dentro de un círculo del mismo amarillo que estaba pintada la trompa, y cerca de una de las bisagras de apertura anunciaba:

E.R.CANEDO
J. CUPEIRO
G. PERKINS

Y otra vez una bandera argentina en forma de “V” acostada estaba pintada en la continuación del lateral, hacia la cola. Boutique se acercó y apoyó su nariz en el vidrio, espiando dentro, un espléndido volante de madera con tres rayos metálicos que se unían en un escudo circular con el mismo animal de la parrilla del frente tentaban a conducirlo desde dentro de la cabina. En el tablero, siete relojes de distintos tamaños y algunas perillas adornaban un frente de la misma madera que la del volante. Boutique se separó del vehículo y lo rodeó. Un enorme rifle de doble caño como los que había visto en las películas de cowboys salía por un costado debajo de la carrocería apuntándole las patas, amenazante. Boutique se corrió, temeroso. El cofre de la parte trasera estaba atado por una soga en forma de “V” invertida y la bandera argentina culminaba su periplo desde el frente sobre la línea de los faroles traseros. A cada lado de la bandera decía bien grande, en letras celestes: “INDUSTRIA ARGENTINA”. Siguió rodeándolo con el candil en la mano y llegó nuevamente al frente. En el costado inmediato a la trompa, con letras metálicas y en relieve, finalmente leyó:

“TORINO 380 W”

Boutique se quedó estupefacto, sin entender su suerte. Se acuclilló y con su mano derecha acarició las letras, como quien consuela a un angustiado. Se sentó en el suelo apoyando su espalda contra el vehículo que tenía al lado, contemplando su descubrimiento. 
Se quedó un rato largo disfrutando la pieza encontrada y luego prendió la señal de alarma para que los exploradores que estuviesen cerca lo asistieran. Se levantó y caminó hacia el otro lado. Quería entrar pero no entendía la llave de acceso: una agarradera metálica en donde entraban los cuatro dedos de su mano dejando el pulgar hacia fuera. Intentó abrirla tirando con precaución hacia su lado, pero la puerta no cedía. Luego advirtió un botón en la punta de la agarradera donde su pulgar se recostaba cómodo; parecía puesto a propósito para tener donde dejar ese dedo. Boutique presionó el botón, que se hundió con suavidad hacia dentro. Y la puerta se abrió.
Impresionado por la facilidad con que consiguió abrir el vehículo, dio un paso involuntario hacia atrás y se quedó tieso, mirando la cabina de mandos. Un olor mezcla de madera, cuero, humedad y encierro le abrazó la nariz, tironeándolo hacia dentro. El asiento resopló intolerante al recibir el peso del coronel, forzando una exhalación larga y lenta contenida por décadas. Boutique apoyó sus patas en sendos patines que había al fondo del suelo y tomó el volante con ambas manos.
Nunca jamás en toda su vida se había sentido tan cómodo.

domingo, 28 de abril de 2013

Capítulo XLVIII





Vitraux estaba sentado de espaldas a la entrada de la tienda con los auriculares puestos escuchando música cuando Boutique regresó, y prefirió no molestarlo. Dejó el bolso con cuidado en la mesa y se metió en el baño para darse una ducha. Al salir encontró al maestro en la misma posición, pero con la cabeza colgando en su pecho y un hilo de baba le goteaba desde el mentón hacia abajo como el lento deshielo de una estalactita. Se había dormido. Boutique lo dejó con la música y comenzó a cocinar unos teresos embrochetados, haciendo ruido de más para que el maestro se fuera despertando por sus propios medios; pero el viejo tenía engrampados los auriculares a la cabeza. No iba a escuchar nada. Boutique tomó la bandeja de teresos con las manos mojadas y se le patinó golpeando fuertemente en la mesada, haciendo que Vitraux despertara de un salto, sacándose los auriculares y limpiándose el mentón humedecido de baba.
–Perdón – se disculpó Boutique mientras recogía los teresos caídos en la bacha.
–No hay problema…– el maestro se restregaba el ojo.
–Se quedó dormido – adivinó Boutique mientras continuaba con las tareas culinarias.
–Sí, esta música es somnífera…– reconoció Vitraux levantando la cajita del disco de Pink Floyd, Meddle.
–¿Qué es?
–Es el disco anterior a The dark side of the moon. En esta época comenzaban a entender cuál sería el camino que tomarían. Hay una canción fabulosa, que se llama Echoes, quizás las más bella canción de Pink Floyd. Pero caramba que duerme…– reconoció avergonzado –, casi diría que hipnotiza.
–Le traje los perfumes – Boutique cambió de tema mientras terminaba de enjuagar los teresos caídos.
–Mire usted…– se interesó el maestro buscando la bolsa recolectora con la vista.
–Están en el bolso – le dijo, señalándoselo con el mentón con las manos llenas de teresos. Vitraux siguió la línea imaginaria demarcada por la pera del coronel y lo encontró sobre la mesa. Comenzó a extraer cajitas de perfumes, todas cerradas al vacío con un film protector.
–Muy bien, coronel – le reconoció –. Si seguimos a este ritmo, deberemos pegar la vuelta pronto.
–Es lo que más ansío…– dijo Boutique, ensimismado en sus teresos. Vitraux enarcó su ceja, atónito.
–¿Qué pasa, coronel? ¿No está a gusto?
–Sí, maestro, no me malinterprete…– le aclaró –. Extraño mucho a mi familia, es muy duro este viaje. Muy largo.
–Ya falta poco – lo consoló –. A lo sumo un mes – Boutique se dio vuelta con una cara indescifrable, mezcla de alegría y terror. No sabía qué experimentar primero.
–Quizás deba explicarme mejor – dijo Boutique dándose vuelta, con un tereso en la mano mirando el techo de la carpa, pensativo. Vitraux vio cómo goteaba el tereso en el piso mientras esperaba la explicación del coronel, pero no le dijo nada.
–Lo escucho.
–Amo este planeta, me apasiona su historia… Si pudiera estudiarlos en mi casa, con mi novia cerca y el ambiente inundado de música terrestre…– señaló –, me hago viejo disfrutándolos.
–Bueno, ya falta poco para eso – lo serenó –. Piense que a los sumo en unos meses podrá hacerlo – Boutique volvió a la preparación de la comida y negó con la cabeza, ansioso.
–¿Quiere que charlemos sobre Pink Floyd mientras termino de preparar la comida? – lo instó Boutique –. Hay algo que no me quedó claro.
–Dígame – aceptó sorprendido mientras se sentaba cómodo a escuchar lo que el coronel tenía para decirle.
–No entiendo cómo puede ser que hayan escrito esas letras tan directas, tan profundas, tan encadenadas entre sí. Parecían humanos muy superiores, seres que contemplaban las miserias humanas desde algún pedestal inalcanzable para el resto de los mortales – Vitraux ya sabía a donde iba con todo eso –. No entiendo…
–…si eran tan superiores cómo cayeron en la trampa de las competencias y de las peleas por el poder… – lo interrumpió el viejo, y Boutique lo miró agradecido.
–Exacto.
–Vea, coronel, para la raza humana fue imposible juntar cuatro seres que construyeran algo que quedase para la posteridad sin que estos, al encontrar el éxito, el poder o la gloria, no comenzaran a luchar por él, siempre por culpa del dinero.
–Pero es que es tan raro…
–Fíjese que, en general, los músicos de rock provienen de familias de bajos recursos: humanos que pasaron hambre o frío, o que sufrieron siendo testigos de la tortura que padecieron sus padres luchando por progresar sin conseguirlo.
–Bueno pero, ¿por qué razón siendo distintos al común de los seres humanos no lograron ver que el egoísmo personal los contaminaba?
–El dinero los fue alejando. Cada cuál decidió, con el dinero que cobraban, hacer cosas que no le agradaba al resto – trató de explicarse Vitraux, pero Boutique mostraba cara de incomprensión –. Imagínese que usted tiene una sociedad conmigo, con el general y con su amigo Bôite; vivimos en la Tierra y por algo que hacemos en conjunto nos hacemos multimillonarios.
–Sí – dijo Boutique esperando la explicación.
–Bien, entonces viene un señor y nos da millones de dineros y nosotros nos lo repartimos en partes iguales, porque somos amigos, porque nos conocemos desde la infancia misma y porque estamos orgullosos de lo que logramos “juntos”.
–Sí.
–Entonces nos tomamos unas merecidas vacaciones, después de tanto trabajo – señaló Vitraux con gesto serio, como si estuviera cansado de esa tan ardua e hipotética labor –. Cada uno se va a lugares distintos del planeta: usted es amante de los aviones a chorro, yo me desvelo por jugar al golf durante un año entero sin conexión con el resto de la humanidad, al general le encantan los Ferraris y a su amigo lo desvela comprarse una isla.
–Espere un poco maestro, porque me agobia con tanta información…– lo frenó Boutique.
–El golf es un deporte que se jugaba en este planeta, muy aburrido, en donde el humano le tenía que pegar con un palo a una pelotita diminuta y mandarla bien lejos por el campo, que tenía unos agujeritos estratégicos en donde la pelotita debía introducirse.
–¿Y la embocaban?
–Sí, pero casi nunca de un solo golpe, la iban acercando a palazos hasta el agujerito. El que menos palazos le daba, ganaba el juego.
–Bien – afirmó Boutique entendiendo un ítem.
–Los aviones a chorro eran aviones a chorro – se explicó de manera torpe el maestro, dándose cuenta que no servía lo que había dicho, y no encontrando mejor manera de explicarse –. Eran naves voladoras con alas, para uno o dos tripulantes – definió mirando al coronel, esperando que no le preguntase más.
–Bien…– dudó Boutique, asintiendo lentamente con la cabeza.
–Los Ferraris eran unos vehículos italianos muy ligeros, muy bien diseñados y muy costosos. Sólo unos pocos afortunados podían acceder a tener un vehículo de esos.
–¿Como los Torino? – preguntó Boutique, tratando de imaginárselos.
–Como los Torino…, más o menos – dudó Vitraux, sabía que el Torino era un vehículo mucho más accesible que un Ferrari en cuanto a su costo.
–¿Y la isla? – preguntó.
–Las islas eran lugares paradisíacos que había en el planeta, espacios de tierra enormes en donde cabía una ciudad pequeña enclavados en el medio del océano; había miles de ellas – reconoció Vitraux –. Y los humanos con poder o con mucho dinero podían comprarse una.
–¿Una isla?
–Una isla – confirmó Vitraux.
–Ya no les alcanzaba con comprarse una casa…– advirtió, desesperanzado.
–Exacto.
–Bien – dijo Boutique tratando de volver al tema principal, para no seguir yéndose por las ramas – Entonces se fueron de vacaciones.
–Claro, vacaciones diversas, con gustos diversos, con aspiraciones diversas.
–Sí.
–Al regresar, no se encontraron a gusto con lo que los otros tres habían hecho con su parte del dinero. Hubiesen preferido que hiciesen otra cosa, y comenzaron a distanciarse, como le pasaba a todas las bandas de rock – arrancó el maestro –. Entonces, mientras uno coleccionaba Ferraris y el otro se la pasaba perdido en su isla sin dar señales de vida, el tercero volaba en sus avioncitos y Roger Waters escribía más discos sobre sus experiencias personales mientras jugaba al golf, después los llamaba y se juntaban a grabar para luego volver a sus estupideces terrenales.
–Qué hipocresía…– sentenció Boutique.
–No es hipocresía. No los enjuicie prematuramente. Eran muy jóvenes y vivían en este mundo – el viejo intentó elogiarlos.
–Una cagada.
–Entonces el dinero y la cada vez más importante presencia de Waters como único compositor en la banda hizo que ésta se terminara.
–Y se pelearon – adelantó Boutique.
–Y se pelearon – confirmó el maestro.
–¿Y no se amigaron más?
–Los que se creían más importantes en la banda eran Waters y el guitarrista y vocalista, Gilmour, creo que se llamaba…– atinó el maestro mientras buscaba los apellidos en una de las cajitas de los discos –. Gilmour – corroboró, mostrándole al coronel una foto del guitarrista –. Ellos dos fueron los que tuvieron la pelea más violenta, ya que Waters insistía con echar de la banda al tecladista y Gilmour no se lo permitía, mientras el baterista continuaba coleccionando Ferraris, sin importarle un pito de la discusión.
–¿Y no se amigaron más? – repitió Boutique, ansioso.
–Sí, al final se amigaron. Fue la pelea más longeva de la historia del rock – señaló Vitraux –. Estuvieron más de veinte años sin hablarse, hasta que en la madurez de sus vidas dieron un concierto para recaudar dinero para los humanos que se morían de hambre en África. Y fue tremendo.
–¿Cómo tremendo?
–Fue increíble. Recaudaron muchísimo dinero. El mundo explotó con la reunión de Pink Floyd. Los discos, que ya eran viejos, se volvieron a vender como pan caliente. Las nuevas generaciones de humanos, ávidas de rock en serio, descubrieron una banda incomparable.
–Y volvieron a hacerse millonarios.
–No, regalaron todo ese nuevo dinero a los pobres. No lo necesitaban.
–He ahí un gran gesto…– reconoció Boutique –. ¿Y qué pasó?
–Nada, el tecladista ya estaba muy enfermo de cáncer por culpa del tabaquismo y se murió. Y se terminó Pink Floyd. Limaron todas sus viejas asperezas e hicieron algunas apariciones, todas benéficas, pero ya faltaba uno, y no fue más lo mismo…
–¡Qué lástima! – se indignó Boutique.
–Sí…– reconoció Vitraux.
–¡Veinte años tirados a la basura! – exclamó Boutique, enojado –. ¡Los mejores veinte años!
–Puede ser, pero no me imagino que este material que dejaron hubiese podido ser superado, coronel, sea optimista y agradezca que dejaron esto.
Boutique se quedó mirando la caja de “Pink Floyd The Wall”, enajenado, no podía creer lo que el viejo le había contado. Cuatro amigos de toda la vida, cuatro humanos que consiguieran esa irrepetible conexión musical, esa manera irreemplazable e insuperable de sonar y decir, y todo tirado a la basura por los egos, las competencias y el dinero… Vitraux le sacó la tapa del álbum de las manos, puso el disco en el aparato reproductor y comieron los teresos con The Wall de fondo mientras le explicaba en detalle a qué apuntaba cada canción y Boutique escuchaba atenta y tristemente lo que el maestro le decía.
Esa noche se acostó temprano, se puso los auriculares y eligió seguir con “The Wall”; al menos ya había aprendido que el aparato reproductor tenía un botón que decía “Repeat all”, que si lo apretaba, el disco comenzaba nuevamente sin parar. Pero seguía sin poder concebir lo que había ocurrido con aquella banda de rock.

miércoles, 24 de abril de 2013

Capítulos XLV y XLVI




Capítulo XLV


Boutique quería darse un baño y acostarse. Al día siguiente debía retomar la exploración y ya era tarde. Vitraux se recostó en su catre, de lado, con la bata puesta. – ¿Nunca se cambia la ropa? – se preguntó desconcertado. Preparó unas pichicatas como tentempié y se tiró con los auriculares para disfrutar de “Wish you were here”, que lo hizo dormir de inmediato mientras las pichicatas se volcaban del bol y caían sobre su pecho, sobre el camastro y en el suelo.
Esta vez, al sonar el despertador, Boutique tuvo cuidado de no saltar por el aire. No quería romper ese reproductor de música terrestre por nada del mundo. Se quitó los auriculares despacio, juntó las pichicatas que se habían volcado, las puso sobre la mesa y salió hacia el piletón.
Cuando estaba por remontar vuelo con sus propulsores, avistó la nave de Bôite que se acercaba a la zona de aparque. Apagó todo y esperó para darle la bienvenida a su amigo, que ya lo saludaba por la ventana con gesto avergonzado. Boutique se acercó y levantó su brazo para agarrar la manija de apertura antes que la nave culminara el aterrizaje, abrió la compuerta y se corrió para atrás dando espacio y haciendo ademanes de “cuidado” con las manos y el cuerpo ante la mirada de Bôite, que ya advertía la broma.
–Qué estúpido que sos…– se enojó, bajando de la nave en perfecto estado físico.
–No, pará. Despacio…– lo alertó Boutique, como quien ayuda a descender de la nave a un ancianito – ¿Te ayudo? – continuó. Bôite lo apartó con un empujón ante las risotadas de sus amigos – ¿No estabas jodido vos? – le preguntó Boutique haciendo una exagerada cara de preocupación –. ¿No estaba jodido? – le preguntó preocupadísimo a Bandoneón, quien asintió serio, con dureza, apoyado en el marco de la compuerta de la nave, conteniendo la risa con gran esfuerzo.
–¿Por qué no se van a cagar los dos? – se ofuscó Bôite fulminando a ambos con la mirada.
–No, en serio, bajá con precaución. Mirá si te pega un tirón en la ingle…– se unió Beckenbauer.
–Son todos unos pelotudos – dijo Bôite, muy ofendido. Boutique lo abrazó fuerte y Bôite intentó zafarse, pero el coronel lo apretó aún más, y Beckenbauer y Bandoneón se unieron al abrazo y comenzaron los cuatro a saltar como tarados en el medio del desierto cenizoso, a unos metros del borde del piletón.
–¿Vienen conmigo? ¿Vamos a explorar juntos? – les ofreció Boutique – ¿Y Bufete?
–Está durmiendo adentro – señaló Bandoneón con la cabeza hacia la nave.
–Déjenlo dormir – ordenó Boutique tomando del brazo a su amigo e invitando a los otros dos a caminar por calle Córdoba, de atrás parecían cuatro marcianas adolescentes que fueran a salir por primera vez sin la custodia de sus padres.
Bajaron en la cuadra de las mujeres enchocladas. Bôite no había visto nada de aquello, se lo había perdido y no entendía cómo habían avanzado tanto. Boutique los llevó de paseo por la peatonal y les entregó el listado, uno a cada uno, mientras les contaba de los avances y de su experiencia con los Beatles y Pink Floyd. Los tres lo escuchaban atentos y ponían cara de escépticos mientras observaban los frentes de las casas de ropa, de celulares y de electrodomésticos.
–Y acá encontré los discos – señaló Boutique la oscura cueva de la tienda de música.
–Mirá vos…– dijo Bôite, atónito.
–Ahora tenemos que encontrar libros del Che Guevara – dijo Boutique. Estaba un poco eufórico.
–¿Y eso dónde lo buscamos?
–Fíjense en alguna tienda de libros – recomendó el coronel, disperso, con la cabeza en otro lado. Beckenbauer y Bandoneón se miraron absortos.
–Sí, sería lo más adecuado, ¿no? – lo cargó Beckenbauer.
–Sí, es ahí donde se encuentran – Boutique continuaba sin entender el chiste, perdido en sus pensamientos. Beckenbauer negó con la cabeza mientras Bandoneón, cargándolo, le hacía morisquetas en la nuca al coronel, que iba delante un poco acelerado. Bôite miraba vidrieras.
A pocos metros, sobre la derecha, encontraron una tienda. Tenía un enorme cartel que salía perpendicular a la edificación que anunciaba: “Ross – Librero” delante de una inmensa pluma marrón. Se miraron encogiéndose de hombros y se hicieron mutuos ademanes respetuosos de “pase usted primero”. Boutique sacó del bolsillo de su morlaco el martillo y se encaminó a romper el cristal de la puerta pero Bôite lo tomó del brazo y lo apartó. Él quería romperlo. Parecía un chico.
La librería estaba intacta. Boutique no lo creía. No había libros tirados en el suelo, ni señas de desmanes o de saqueos. Parecía que no hubiera habido apocalipsis. Las tiendas de ropa deportiva eran un verdadero desastre, se les estaba tornando imposible conseguir calzados para todos; las casas de electrodomésticos estaban arrasadas, parecía que hubiera habido un terremoto dentro de ellas, al igual que las tiendas de celulares. Pero Ross-Librero se mantenía en el estado original; sólo polvo del paso del tiempo sobre los ejemplares acomodados en los estantes.
El lugar estaba forrado de libros, del piso al techo, y tenía varias góndolas centrales llenas de ellos. Y también estaban ordenados, como los cedés de la disquería, sólo que en este caso por género. Les fue muy fácil encontrar la biblioteca dedicada a “Biografías”. Boutique se acercó y la contempló un instante. – Si hay todos estos libros sobre vida y obra de seres humanos importantes debería llevarme varios, no sólo del Che Guevara…– pensó, y de repente lo vio, a la altura de la frente; escrito en el lomo, hacia arriba, decía: “Che Guevara presente”. Estiró el brazo y, haciendo palanca con el dedo índice en la parte superior, lo tironeó hacia fuera. El libro estaba en buen estado aunque bastante amarillento. Había pasado muchas décadas metido en ese estante sin que nadie lo tocara. En la tapa había una foto del Che, sentado sonriente con un cigarro en la mano y repetía: “Che Guevara – Presente, una antología mínima”. Boutique lo dio vuelta, lo volvió a poner de frente y lo abrió. El ejemplar hizo un ruido feo resquebrajándose en su interior. La goma que mantenía las hojas unidas estaba reseca y éstas se salieron fácilmente, cayéndose al suelo y mezclándose. Boutique dio un paso hacia atrás, alarmado, como si se le hubiera volcado un líquido hirviendo encima. Dejó el libro en un costado y se agachó a juntar las hojas. Beckenbauer lo cargó por su actitud, haciéndole ver que no había necesidad de limpiar un lugar que no sería vuelto a visitar pero a Boutique no le importó, le daba lástima dejar constancia de su paso por esa tienda que mágicamente había soportado el embate de los saqueos. Se paró y buscó otro ejemplar que había justo al lado del que había sacado. Sin abrirlo y con mucho cuidado, lo envolvió en un film protector y lo metió en el bolso ubicándolo bien al fondo. Luego buscó otras biografías: “Mussolini” era un libraco importante que mostraba a un humano vestido de militar, igual que el Che, pero que portaba una terrible cara de culo; parecía que hubiera estado cagándose justo cuando le tomaron la fotografía. Boutique lo empaquetó y lo metió en el bolso. Siguió buscando más. Otro libro gordo enunciaba: “Albert Speer – el arquitecto de Hitler” mostraba en la tapa a dos humanos debatiendo sobre unos planos en un taburete. Boutique lo envolvió y lo guardó en el bolso.
–¿Esto es lo que estuviste escuchando? – le dijo Bôite extendiéndole un libro que decía “Pink Floyd – the inside story”. Boutique lo agarró con cuidado y lo miró con el ojo abierto a más no poder.
–¿De dónde sacaste esto? – le preguntó, desorbitado.
–De ahí – Bôite señaló un sector en una pared que decía: “Rock – Biografías”.
Boutique lo apartó con delicadeza y se acercó a la estantería con la mirada dominada por aquella hipnótica pared. Había biografías de varios grupos de rock. – Tiene que haber una de los Beatles…– pensó. Pero no encontraba. Nada de los Beatles. De golpe, un libro negro lo hizo despertar de su enfoque puntual: “Paul McCartney – Hace muchos años”. – ¿Este no era de los Beatles? – se preguntó. Tomó el libro con cuidado de no desarmarlo; estaba muy alto y temía romperlo. Y sí, el que estaba en la tapa del libro era uno de los Beatles, con las manos aferradas bajo el mentón; lo reconoció de inmediato. Lo abrió con gran cautela y trató de espiar su contenido. Y leyó la palabra “Beatles” en cada hoja que repasó con la mirada. Sin duda, era una biografía de ellos. La envolvió en el film protector y la metió en el bolso. 
Salió por el pasillo central y se fue sin saludar a sus compañeros. Debía llevar esos hallazgos cuanto antes a la tienda. Ya imaginaba la cara del maestro al ver lo que llevaba, iba a tener para entretenerse. Voló rumbo a la carpa y entró contento. El viejo dormía recostado de lado en su catre tal cual como lo había dejado antes de irse. Se sentó en los pies de la cama y le movió la pierna con afecto. Vitraux entreabrió el ojo con desgano.
–Le traje algunas cosas que quizás le interesen…– le dijo, poniendo cara de complicidad. Vitraux se sentó en la cama, refregándose el ojo. Tenía un olor fétido.
–¿Qué me trajo? – preguntó. Boutique se echó hacia atrás tratando de evitar respirar su sudor, que era como una trompada certera en el medio de la cara, y le extendió el bolso.
–Fíjese usted mismo…– le dijo y se levantó dando un respingo y alejándose un poco. Vitraux abrió el bolso y comenzó a extraer de a uno los libros.
–¡Paul McCartney! – exclamó victorioso –. ¡El bajista de los Beatles!
–El mismo…– aseveró Boutique. Vitraux lo dejó a un lado y continuó hurgando con el ánimo de un niño que acaba de encontrar lo más preciado de su vida.
–¡Pink Floyd! – clamó exaltado.
–Pink Floyd…– repitió Boutique, como una madre que ya sabe de antemano que es lo que su hijo deseaba para el cumpleaños.
–¿Mussolini? ¿Quién era este? – se preguntó mirando el techo, como buscando la respuesta escrita en la lona de la carpa.
–Estaba en la góndola de biografías políticas – le respondió Boutique, a modo de pista.
–¡Ah, sí! Fue un dictador italiano, de la época de Hitler – recordó Vitraux apretándose el labio inferior con un dedo, pensativo –. Lo felicito, coronel – le dijo asombrado, mientras dejaba con cuidado el libro arriba de la cama.
–Debe ser. Está vestido con atuendos militares, pero fíjese que cara de culo que porta – le señaló Boutique. Vitraux asintió con la cara como quien no lo había notado. Y sacó otro libro.
–¿Albert Speer? – le preguntó extrañado –. Este sí que no sé quién es…– se confesó e inmediatamente leyó la palabra “Hitler” junto al titulo – Ah, debe ser un lacayo de Hitler, otro gran dictador de mediados del siglo veinte. El peor.
–Se los traje porque sé de su predilección por estas biografías – le confesó Boutique.
–Gracias, coronel, realmente no sé qué decirle…– dijo el maestro mientras hurgaba en el fondo del bolso y extraía el último libro – ¡El Che Guevara! – bramó embelesado. Boutique asentía con la cabeza. Parecía haber imaginado cada expresión salida de la boca del maestro.
–Yo me voy a seguir con la exploración, quería traerle estas cosas ya que son muy frágiles y temía arruinarlas si las mantenía conmigo durante toda la jornada. Tiene que tener mucho cuidado al abrirlos. Las hojas se desprenden con facilidad – le explicó Boutique – ¿No se quiere dar una ducha? – le preguntó, cambiándole de tema – Tiene feo olor – le espetó. Vitraux lo miró ofendido pero ¿a quién quería engañar? Hacía una semana que no se bañaba.
–Tiene razón, coronel…– admitió – Pasa que con todo esto de la música y los hallazgos que están haciendo… ¡Se me pasó! – disimuló avergonzado y ni él se lo creía. Era un roñoso. 



Capítulo XLVI

Boutique voló rumbo a Ross – Librero para reencontrarse con sus compañeros y desde lo alto los avistó sentados alrededor de una mesita de las que había dispersas delante de la tienda en el paseo. Se los veía muy animados, riendo como tontos con un libro que tenía Beckenbauer en su mano mientras los otros dos intentaban chusmear el contenido. Se acercó en silencio y se puso detrás de ellos sin que lo adviertan para observar lo que leían desde arriba de sus cabezas. Era una obra con dibujos, una historia con caricaturas. No lograba leer lo que tanta gracia les causaba pero igual se sonreía como un estúpido, tentado por la violencia de las risotadas de sus compañeros.
–¿Qué es tan gracioso? – preguntó desesperado, quería ser parte y no sabía cómo hacerlo. Bôite se dio vuelta asustado, no se habían dado cuenta de que el coronel estaba detrás de ellos. Y eso los hizo reír más aún.
–Este libro…– Bôite intentaba hilvanar las palabras mientras continuaba riendo como un poseído, pero Boutique sólo entendió “…te” y “libr…”.
–¿Qué pasa con este libro? – preguntó ansioso.
–Es muy gracioso…– dijo Beckenbauer recomponiendo la postura.
–¿De dónde lo sacaron? – preguntó y todos estallaron en risotadas como verdaderos pelotudos.
–¡De la casa esa de ropa! – señaló Bandoneón una tienda de enfrente y explotó en carcajadas; los otros dos lo siguieron.
–¡De ahí! ¡De la farmacia! – bramó Bôite avivando la risotada general. Boutique comenzaba a incomodarse.
–¡De allá! ¡De Mr Otto – Collection! – colaboró Beckenbauer y las carcajadas ya eran peligrosas.
–Bueno, está bien, ya entendí el chiste…– se atajó Boutique – ¡Qué pelotudo que soy! – se confesó, sarcástico –. ¡Si los dejé en la librería! ¡Seguro que lo sacaron de ahí mismo! – ironizó y le arrancó el libro de las manos a Beckenbauer, enojado: “20 años con Inodoro Pereyra - Fontanarrosa” decía la tapa y mostraba un extraño ser con una nariz imposible de sostener en la cara y una sonrisa grotesca llena de dientes, en compañía de una guitarra y un extraño animalito que, sentado a su lado, miraba al que tuviera el ejemplar en sus manos sorprendido, como si nunca lo hubiera visto – Y sí, nunca me había visto… Qué me va a ver…– pensó Boutique; parecía realmente que aquel animalito estuviera sorprendido de avistar un marciano.
Boutique hojeó el libro un rato parado detrás de sus amigos mientras éstos, todos doblados y mirando hacia arriba, intentaban ser testigos de la primera risotada del jefe. El coronel rodeó la mesa sin apartar la vista del libro y sus amigos no le sacaban el ojo de encima, siguiendo su paso como hipnotizados. Luego de un instante, una risa contenida que sonó como un largo: “Pfffffffffffff” escupiéndolo todo a su alrededor, estalló en la boca de Boutique, que se sentó en la silla vacía a leer más cómodo aquel cuento.
Se quedaron toda la mañana releyendo ese libro con dibujitos. Aunque había palabras que no entendían de ninguna manera como “Ahijuna”, “Ansina”, “Áhura” o “El Renegáu”, se podía leer, se entendía el mensaje: un humano del campo con un extraño animalito que debía ser un perro (los confundía un poco el hecho de que el cánido hablase) al que el narigón dientudo llamaba “Mendieta”, y que por lejos se lo notaba mucho más inteligente que el humano; debía ser otro animal seguramente, aunque era el gran compañero del narigón… y ellos habían leído que el perro era el mejor amigo del hombre… Estaban desconcertados.
Cerca de la hora del almuerzo, Bôite se levantó a estirar las patas y se quedó contemplando el escaparate de la tienda mientras sus compañeros continuaban despanzándose de risa con Inodoro que, por algún delirante motivo, tenía nombre de sanitario. Sobre el costado izquierdo de la puerta de ingreso a la tienda de libros había una pequeña vidriera que ofrecía todo tipo de utensilios con la cara de estos dos inquietantes personajes: tazas, platos, tarjetas, lapiceros. Bôite vació los estantes dentro de su bolso recolector y enfiló hacia dentro para conseguir más ejemplares de aquella historia y más títulos del autor. Al fin había encontrado algo que lo atraía en ese planeta desesperante.