martes, 19 de febrero de 2013

Capítulos XXVI, XXVII, XXVIII y XXIX




Capítulo XXVI

Beckenbauer llegó a la base con un dolor punzante en su boca. A pesar de que le molestó que su amigo se pusiera en coronel con él, debía admitir que tenía que parar de trabajar, no era un dolor común el que tenía. Cuando ingresó en la zona de aparque pudo ver que lo esperaban dos enfermeros listos para escoltarlo al consultorio del doctor Praliné, que fue lo que hicieron apenas lo tuvieron a tiro, tomándolo del brazo como si se tratara de un marciano con un extraño mal, muy contagioso y peligroso. Beckenbauer se soltó, enérgico, y los enfermeros notaron que habían exagerado la nota y de ahí en más lo acompañaron, sin tocarlo, unos pasos detrás.
El consultorio del doctor Praliné estaba en la otra punta de la base. – ¿No lo podían poner más cerca? – se preguntó Beckenbauer indignado y continuó caminando y renegando; odiaba ir al médico. Al llegar a la puerta del consultorio, el enfermero que tenía a su derecha la golpeó con firmeza y dio un paso atrás, respetuoso. – Adelante – se escuchó desde adentro, y el enfermero de la izquierda abrió la puerta e hizo pasar a Beckenbauer asegurándose de que entrara, acompañándolo con la mano apoyada en su espalda. El capitán, furioso, se dio vuelta y lo increpó, haciendo que el enfermero levantara sus manos indignado, como diciendo “¡Si ni te toqué!”. Beckenbauer negó con la cabeza, desautorizando a ambos, y entró cerrándoles la puerta en la cara. Los enfermeros se quedaron custodiando la entrada del consultorio, uno de cada lado.
–Pase capitán, por favor. Siéntese aquí – lo invitó Praliné, palmeando la butaca de trabajo con un barbijo y un quevedo plástico de seguridad. Beckenbauer lo miró, volvió a negar con la cabeza, y rumbeó hacia el sillón, siempre renegando. – Vamos, capitán, ¿qué le pasa? ¿Me va a decir que tiene miedo al odontólogo? – minimizó el trámite el doctor, tratando de romper el hielo, buscando que su paciente depusiese esa actitud arisca.
–No, doctor, no le tengo miedo, es que me parece un poco exagerado todo esto. Es un dolor de diente, no es la muerte…
–Un dolor de diente puede estar avisando un problema serio, capitán. Debe usted cuidar ese diente – le dijo Praliné en ese tono que tanto enervaba a Beckenbauer –. Es el único que tiene, ¿no le preocupa perderlo?
–No va a pasar nada de eso.
–Aún no lo sabemos – dijo el doctor tomando unas pinzas de apertura –. Abra grande la boca – le ordenó con una sonrisa detrás del barbijo. Beckenbauer accedió sin chistar. Quería salir pronto de ahí. El doctor le trabó la quijada con las pinzas y comenzó a investigar la zona –. Veo mucha suciedad en esta boca, capitán, ¿usted se cepilla el diente seguido?
–¡Há! – afirmó Beckenbauer, complicado para expresarse con ese aparato en la boca. Praliné tomó un dispositivo limpiador de entre sus herramientas de trabajo y comenzó su labor. A Beckenbauer se le complicaba tragar con la boca tan abierta y, aunque la saliva se la llevaba un canulito succionador, necesitaba tragar de vez en cuando, y era muy complicado.
–¿Cuántas veces se cepilla el diente por día, capitán?
–¡Caátra! – contestó, medio a los gritos.
–Mmm, no parece…– dijo Praliné, con una parsimonia envidiable. – Cómo se nota que no estás vos con esta pinza en la boca, si no te apurarías más, la puta que te parió…– pensó Beckenbauer. – ¡Acá está! Mirá qué belleza…– dijo el doctor como si hubiera encontrado un tesoro oculto.
–¡Cá! ¡Cá ás! – preguntó Beckenbauer, preocupado.
–Una caries, capitán, del lado interno, tapada por sarro, por eso no la veía. Le molestaba cuando ingería líquidos, ¿verdad?
–¡Há! – asintió Beckenbauer.
–Mmm… Sí. Vamos a arreglarla, no se preocupe.
–¿¡Áz máy graánda!? – preguntó Beckenbauer a los gritos y con la voz aflautada.
–No lo sé, capitán, el orificio de entrada es pequeño pero es probable que dentro sea más grande. ¿Le duele mucho?
–¡A Vázaz! A vázaz zá, a vázaz ná... ¡Máz a mánaaz! – dijo Beckenbauer, haciendo un avioncito que mueve sus alas con la mano derecha. Parecía un imbécil hablando así.
–Bueno, capitán, quédese tranquilo que ya se lo soluciono – dijo el doctor con seguridad. Y comenzó a trabajar en el diente.
La consulta duró casi dos horas, y estar con la boca abierta tanto tiempo era inmarciano, ya tenía la cara entumecida y le dolían mucho las bisagras de la mandíbula. Pero el doctor no le hizo doler. A pesar de que notó unos gestos de preocupación en Praliné de vez en cuando, que lo hacían asustar con esas caras que ponía. – ¿Qué mierda habría encontrado tan horrible para poner esa cara? ¿Tendrá arreglo? ¿Perderé el diente? – se preguntó. Quería que terminara de una vez, ya no aguantaba más. Pero estar ahí sentado en ese cómodo sillón reclinable le dio sueño, y Praliné no sólo no terminaba sino que recién empezaba. Y se durmió.
–Despierte, capitán – le dijo el doctor. Beckenbauer escuchó esas palabras entrecortadas – ¿Estoy soñando con un odontólogo? – pensó.
–¿Qué? ¿Qué paza? – dijo confundido.
–Terminamos – le informó el doctor –. Puede irse.
–¿Ya eztá? – dijo Beckenbauer agarrándose la quijada. Todavía le dolían las coyunturas y le costaba modular bien las palabras.
–Sí – aseguró Praliné – Va a sentir un gusto feo durante el día, como a zaguán en la boca. Réstele importancia; es la pasta protectora – le informó el doctor de espaldas, mientras se sacaba los guantes, el barbijo y el quevedo plástico de seguridad. Beckenbauer seguía masajeándose la mandíbula con dolor mientras la abría y la cerraba. Praliné lo miró y volvió a mirar el cajón donde guardaba sus herramientas –. Y no haga eso. Si le duele la mandíbula, déjela en paz. Está entumecida por estar tanto tiempo abierta. Relájese, capitán, parece un chico…– le dijo acercándose a Beckenbauer y tomándolo del brazo para acompañarlo a la puerta.
–¿Y con la comida qué hago? – preguntó temeroso.
–Nada de comida hoy, sólo líquido. Agua – ordenó Praliné. Beckenbauer hizo berrinche.
–¿No puedo tomarme un vinito ezta noche? – se alarmó.
–Ni se le ocurra.
–¡Vamoz, doctor! – lo increpó –. ¡No me joda! ¡¿Qué me va a hazer una copa de vino?!
–Nada de vino hasta mañana. Esta noche le va a doler. Tómese estas grageas, una ahora y otra a la noche, así duerme bien. Mañana será otro día y podrá hacer lo que le plazca, aunque por esta semana deberá tener cuidado con alimentos duros. Trate de evitarlos – le recomendó Praliné extendiéndole un blister con dos pastillas que tenían la forma de una cruz ladeada, bastante grandes y de color amarillo: “RIVOTRIL – FORTE”, decía en la parte de atrás del blister. “No consumir alcohol” amenazaba claramente bajo su nombre.
Beckenbauer se resignó y se mandó una tirando la cabeza hacia atrás con brusquedad. Praliné le acercó un vaso para que la tragara y le palmeó la espalda, compasivo, mientras le abría la puerta sonriendo y le extendía su mano. Afuera esperaban los enfermeros, pero el doctor les hizo señas de que ya estaba solucionado el problema y ambos se fueron nuevamente a la guardia.
En el camino hacia la nave Beckenbauer comenzó a sentirse raro, con mucho sueño, y también estaba mareado. El pasillo se alejaba delante suyo como si lo estuviera enfocando con una lente poderosa, pero hizo de cuenta que no le pasaba nada, lo único que le faltaba era que lo mandaran de vuelta con un escolta. Cuando llegó a la zona de despegue, vio varios mecánicos terminando los últimos detalles de su nave, pero se le piantaban del foco. Uno, el de la derecha, se le puso muy brilloso y se le fue para arriba. El otro, el de la izquierda, aparecía y desaparecía con intermitencia. Aquella pastilla era muy eficaz. Juntó fuerzas de donde ya no tenía y subió a su nave poniendo cara de serio, como los borrachos que quieren pasar inadvertidos. Se conectó los cables y encendió los motores, los mecánicos no notaron el engaño y le dieron vía libre para que saliera. Beckenbauer, siempre con cara de recio, ya exageraba, rumbeó hacia el espacio exterior. Una vez fuera puso el piloto automático con algo de dificultad ya que le temblaba la mano. No daba más. Se dormía irrefutablemente. La pastilla esa estaba actuando muy rápido. Se levantó para recostarse en las vainas de descanso pero un fuerte mareo lo tomó por sorpresa y lo desestabilizó haciéndolo caer en el pasillo. Se arrastró como pudo hasta la vaina y se colgó de ella con una mano pero no logró meterse y quedó ahí, en el pasillo de la nave 118, boca abajo durmiendo como un tronco.


Capítulo XXVII

Boutique también dormía en su nave. Iba de regreso a la base para la reunión mensual con Apotheke cuando de pronto la computadora de abordo sonó su alarma avisando el paso de otra nave que, en sentido contrario, volaba hacia el planeta haciéndolo despertar. Se levantó y fue hasta los comandos para tratar de divisarla poniéndose la mano sobre la ceja, como tapando un sol que lo enceguecía cuando no sólo no había sol sino que, aparte, estaba en el oscuro espacio exterior. Se sintió un idiota. Y la vio. Parecía la nave de su amigo y, aunque eran todas iguales, tenía la sensación de que era él. Cuando pasó a su lado corroboró su corazonada. Era la nave 118, con su capitán seguramente durmiendo en las vainas. Beckenbauer no estaba en los controles. – Si ya está volviendo debe haber solucionado el problema dental que tenía… – pensó.
Llegó a la base y descendió un poco acelerado dando algunas instrucciones a los mecánicos para ir inmediatamente a la oficina de repartición de alimentos. Debía dejar la lista de faltantes. La oficina tenía un gran ventanal que daba al pasillo central con un mostrador para recibir las órdenes, atendido generalmente por marcianos jóvenes en franca escalada a futuros puestos más importantes. Se acercó y apoyó sus codos en el mostrador esperando que el joven lo atendiera, o lo mirara aunque más no fuera, ya que parecía bastante concentrado en unas anotaciones que estaba haciendo.
–Dígame, coronel – le dijo el encargado sin mirarlo mientras seguía anotando algo en un cuaderno.
–Necesito que envíen algunas cosas, ya que nos estamos quedando sin provisiones – pidió Boutique.
–Lo escucho – dijo dando vuelta la hoja para anotar lo que le pediría.
–Hay poca agua, debe enviar un contenedor al menos.
–Mhm – anotó el encargado.
–Nescuik no hay más. Se terminó – señaló Boutique.
–Mhm – anotó el encargado.
–Sabañones – dijo Boutique –. Ya quedan pocos.
–Mhm – anotó el encargado.
–Jengibre, virulana, quartirolo, kerosene, papas fritas, gamexane…– detalló Boutique revisando el papelito que le habían dado.
–Mhm – anotó el encargado, y Boutique empezó a mirarlo con impaciencia –¿Lo único que vas a decir es “mhm” mientras estés atendiéndome? – pensó, intentando leer el nombre del susodicho en el morlaco: “Muñue…” algo se leía, pero la tela se doblaba justo y no lograba verlo por completo.
–¿Cómo es su nombre, oficial? – le preguntó, tratando de que no siguiera rumiando. El joven levantó su cabeza del cuaderno como despertando de una larga hibernación.
–Muñuelito, coronel – dijo con una tranquilidad exasperante, mirándolo al ojo un instante, para luego volver a zambullirse en el anotador.
–¿Le gusta su trabajo? Lo noto un poco enajenado…– le señaló Boutique, tratando de descubrir qué le sucedía a ese marciano que, a pesar de verse muy joven, estaba más desconcentrado que lo habitual en esa etapa tan revolucionada de la vida.
–Sí, coronel, mucho. Quiero ser cocinero cuando madure – dijo el muchacho interesándose finalmente por la charla. Boutique hizo una sonrisa aprobatoria.
–Mire usted…– lo alentó.
–Sí, quiero seguir los pasos de mi abuela, que fue una gran cocinera, muy famosa – se agrandó Muñuelito.
–¿Quién era su abuela? – se interesó Boutique.
–Siemenszuck – dijo el muchacho, escueto. Boutique se sorprendió aún más. Estaba delante del nieto de una de las más importantes cocineras de su tierra.
–Disculpe, oficial, es que mientras le detallaba los faltantes lo noté un poco disperso y supuse que estaba disconforme con su labor – le explicó Boutique y Muñuelito lo miró extrañado.
–¿Cómo disconforme?
–Sí, disgustado con lo que le tocó hacer en esta cruzada que encaramos.
–¿Pero cómo podría estar a disgusto si yo elegí esto? – se sorprendió Muñuelito –. ¿Hay marcianos trabajando en labores que no les atraen? – se horrorizó. Boutique se dio cuenta de que estaba demasiado inmerso en las historias humanas y volvió a la realidad.
–No, por supuesto – dijo desestimando esa absurda idea.
–Soy muy joven todavía. Tengo treinta y tres años. Debo pasar por esto antes de comenzar los estudios. Estaba un poco ido pensando en una comida que estoy diseñando… es sólo eso – se explicó.
–¡No me diga! – lo alentó Boutique, mirando discreto con su ojo el cuaderno, tratando de leer algún renglón aunque más no sea.
–Sí, pero soy muy inexperto aún. Sólo la haré para mí, para poder determinar mis cualidades. Tengo una gran experiencia en gustos, por las comidas de mi abuela, eso es innegable, pero de ahí a lanzarme a cocinar…– dijo el joven cerrando y escondiendo el cuaderno en su regazo, desalentado –. Faltan muchos años todavía – terminó. Boutique lo miró con admiración. Se notaba que ese chico haría historia algún día.
–Me parece bárbaro, oficial – le dijo estrechándole su mano con firmeza – Le dejo el listado de cosas. Cuando lo tengan preparado, lo envían al planeta.
–Cómo no, coronel. Saldrá esta misma tarde, no se preocupe – dijo Muñuelito, dando a entender con su mirada que cumpliría esa promesa arriesgando su propia vida en el intento. Boutique quedó admirado con la determinación que había en el ojo de aquel muchacho, y por supuesto se quedó tranquilo de que así sucedería. Le hizo una gentil reverencia con la cabeza y partió rumbo a la oficina de Apotheke.
Pasó por el bar, se pidió una chocolatada y se puso a organizar los papeles y las películas que le llevaría al general. Era la primera vez que tendrían una reunión desde su ascenso y no quería defraudarlo. Cuando llegó a la oficina, el general ya estaba esperándolo apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una descomunal sonrisa. Boutique tenía mucho que contarle: las mujeres enchocladas, el accidente de Champiñón, la catedral, el Monumento a la Bandera, la lesión dental de Beckenbauer. Tendrían para un par de horas. Apotheke lo hizo pasar y Boutique se sentó y puso la carpeta sobre sus piernas. No sabía por dónde empezar.
Hablaron bastante, más de tres horas. Apotheke solicitaba a Crayón naranjadas cada tanto y convidaba al coronel pero Boutique ya se sentía asqueado de tanta naranjada, aunque no le podía decir nada, el gordo era un bebedor compulsivo de ese empalagoso brebaje y no entendía que sólo a él le gustaba, así que después del tercer vaso se limitó a sorber poquito para que le durara toda la reunión.
–¿Y cómo se siente? – le preguntó Apotheke cuando la reunión había terminado.
–Bien, general, muy bien, me gusta mucho mi puesto y creo que todos están conformes conmigo.
–¿Y el viejo?
–Está en la carpa, duerme, me da clases, duerme…– le contó Boutique con una sonrisa –. El otro día, cuando descubrí el Monumento, lo fui a buscar para llevarlo. Quería que lo viera pero me costó convencerlo, no quería venir… Después me lo agradeció.
–Es medio cascarrabias pero es muy buen marciano. Es como un padre para mí – dijo Apotheke, visiblemente emocionado.
–Sí, yo siento lo mismo. Es increíble cómo lleva la clase, cómo maneja las descripciones, los tiempos… Siempre está un paso delante de uno, parece que supiera cómo voy a reaccionar ante cada cosa que me cuenta y que tuviera diseñado un organigrama de cómo decírmelas para mantener un equilibrio justo entre mi ira, mi sorpresa, mi tristeza…– describió Boutique – Ese marciano tiene un don.
–Ya lo creo, coronel – dijo Apotheke, ratificando las palabras de Boutique –. ¿Qué va a hacer ahora? – le preguntó.
–Me voy para el planeta. Ya dejé el listado de faltantes – le contestó.
–Quédese un par de días. Tómese un descanso. Le va a venir bien – le recomendó Apotheke, Boutique hizo cara de sorpresa, indignado.
–Pero, general, ¿y si me necesitan? – se atemorizó –. ¡Mire si pasa algo…!
–Nada que no puedan solucionar ellos mismos. Son dos días… no se alarme demasiado – le ordenó Apotheke, dando a entender que no lo dejaría marcharse.
Crayón golpeó la puerta y entró dejando una estela de perfume cautivante mientras Boutique miraba al general con cara de berrinche, a pesar de que él era marciano de una sola marciana, ya hacía más de un año que no mantenía relaciones sexuales y se estaba empezando a sentir muy necesitado. Extrañaba mucho a Canapé, quería verla y faltaba un montón. El general leyó unos instantes la carpeta que le dejó su secretaria, la cerró y se la extendió a su coronel con cara de aliento. Boutique la abrió con curiosidad y leyó los primeros párrafos. Era el resultado de laboratorio de los estudios hechos al aire y la ceniza: no eran tóxicos, podrían respirar sin máscaras, sentir el viento en sus caras, hacer el trabajo más sueltos de equipaje. Los exploradores se sentirían más a gusto y podrían trabajar mejor y más rápido. Era una gran noticia.
–Debo ir, general. Esta novedad debe comunicarse cuanto antes – suplicó Boutique.
–Coronel, hace mucho que están con las máscaras. Dos días más no hacen la diferencia. Quédese un par de días, despeje su cabeza… Le va a venir bien – dijo Apotheke mientras se paraba y rodeaba el escritorio invitando al coronel a irse.
–¿Y qué hago? – preguntó Boutique, desesperado, caminando hacia la puerta llevado del brazo por su general.
–Nada, no haga nada, descanse. Vaya al gimnasio – le dijo Apotheke apretándole un poco más enérgico el brazo. Boutique asintió con la cabeza, desganado.
Salió al pasillo y miró a la izquierda un instante y luego a la derecha. Se sentía perdido. No podía concebir no tener nada que hacer. Eligió la izquierda, iría a su camarote a darse un baño y luego vería.
El baño le demostró con creces que su cuerpo estaba pidiendo a gritos un descanso. Cuando el agua caliente le dio en la jeta, tuvo que sostenerse de la pared por culpa de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y lo relajó al punto de casi perder el equilibrio. Apoyó su espalda en la pared y fue deslizándose hacia abajo hasta sentarse en canastita en el piso. El agua lo golpeaba desde lejos y en su viaje perdía algo de temperatura. Boutique se estiró para cerrar un poco la fría y volvió a recostarse, casi muerto, parecía que hubiera estado trasnochando y bebiendo toneladas de alcohol. Necesitaba ese descanso. Se quedó sentado, relajado y masajeado por el agua caliente mucho tiempo, hasta que los dedos se le pusieron arrugados como la piel de un legrand anciano. Cuando ya se estaba por dormir, se levantó con cuidado. Le había bajado la presión. Cerró ambas canillas y corrió la cortina. El baño estaba lleno de vapor. No se veía nada. Salió de la bañera a tientas, tratando de pescar un toallón que colgaba de la pared, se secó y se puso un morlaco nuevo. Ya se sentía mejor.
El gimnasio estaba al final del corredor, sobre el ala izquierda de la base. Nunca había ido a conocerlo, no lo había necesitado y no tendría una mejor oportunidad que esa para hacerlo. Luego de un largo rato de caminata, finalmente llegó. Boutique se detuvo un instante en la entrada y miró el gran letrero, que lo presentaba tentador: “GIMNASIO”.
–¿Qué tal, coronel? ¿Cómo anda usted? ¡Bienvenido! – lo saludó un profesor invitándolo desde la puerta de ingreso. Boutique entró, avergonzado –. ¡Vamos! ¡entre! ¡que no lo vamos a comer! – lo consoló el profesor y a Boutique no le gustó ni medio esa expresión, y comenzó a poner más atención en aquel profesor de dudosa inclinación sexual.
–Permiso, buen día – dijo con voz grave y el gesto adusto.
–¡Ay! ¡Pero por qué esa cara! ¡Relájese, coronel! Vamos a hacerle unos masajes reparadores, ya va a ver, no va a querer volver a su labor, ¡va a querer quedarse todos los días aquí! – le dijo el profesor con ambas manos apretadas en el pecho, guiñándole el ojo y señalándolo con el dedo índice que le salía del pecho que, por cierto, tenía la uña pintada de rojo y un anillito. Boutique ya quería salir rajando.
–Disculpe profesor, pero quiero tomar unas sesiones de sauna, y sólo eso – recalcó Boutique, tratando que entendiera el mensaje y mirando fuertemente al ojo a aquel marciano gay.
–Por supuesto, disculpe, sólo quería atenderlo como corresponde. No me mal interprete – dijo el profesor cambiando su cara por una más seria y respetuosa.
–Perfecto, mejor así – continuó Boutique demostrando que seguía desconfiando de la veracidad de sus palabras.
–Pase por aquí, acompáñeme – el profesor caminaba delante de él, un poco ofendido, y Boutique no pudo evitar mirarle el culo–. ¿Por qué cuando uno se topaba con un marciano gay le miraba el culo? – se preguntó horrorizado aunque no pudo impedirlo, seguía mirándole el culo mientras caminaban hacia la sección de saunas. Era inevitable, inevitable y asqueroso, y encima el profesor no colaboraba con ese pantalón de gimnasia extremadamente pequeño, calzado bien arriba y moviendo el ojete como un poseído. Era imposible no mirarlo.
El profesor se inclinó demasiado para abrir la puerta del sauna, mostrando aún más el pecoso culo al coronel, Boutique ya no lo soportaba. Quería escaparse de esa situación. Se corrió a un costado y metió la panza para dentro, tratando de no hacer contacto físico con el profesor, que no se corría y sostenía la puerta innecesariamente como si fuera a cerrarse sólo para intentar rozar al coronel una vez más. Boutique le agradeció con un vaivén de cabeza y entró ligerito. Y el profesor le guiñó el ojo con un gesto muy comilón. – Qué asco…– pensó Boutique, dándose vuelta una vez que la puerta se cerró y lo libró de seguir en contacto visual con ese marciano intimidante.


Capítulo XXVIII

El salón de relax era hermoso, muy amplio. Tenía una gran pileta de agua salada y caliente en el centro del lugar con reposeras que la rodeaban. Y no había nadie. Alrededor de la pileta, decenas de puertas invitaban a ingresar a las sesiones de calor. Una marciana apareció desde el fondo cargando toallas. La música sonaba despacito. El aroma del lugar era muy agradable, daban ganas de quedarse a vivir para siempre ahí dentro. La asistente lo saludó respetuosa con una leve cadencia corporal y continuó con sus tareas, estaba bastante buena. Boutique se metió en un box, se sacó la ropa y se quedó en malla, le quedaba como el culo esa malla, pero era la única que tenía, no era de meterse mucho en la pileta, y cuando se metió, un escalofrío producido por el cambio brusco de temperatura corporal lo estremeció otra vez. 
Nadó bastante. Hizo varias piletas, como pudo. No era un gran nadador, de pedo si sabía flotar y moverse en el agua como un imbécil con la cabeza afuera, eso era todo. Pero su cabeza descansaba aliviada y su cuerpo se nutría de humedad. Tenía la piel muy seca, cuarteada de tanto bañarse ligero y someterse a muchas horas en contacto con ceniza y viento. Por un momento advirtió que, más que venirle bien el descanso, era indispensable. Se recostó en la escalinata de ingreso a la pileta y apoyó su nuca en el primer escalón, apenas sumergido unos centímetros en el agua, y se quedó quieto y relajado. El agua subía y bajaba el nivel con su movimiento inerte tapando y destapando sus oídos, haciéndole cosquillas. La asistente se acercó y acuclilló a su lado. Boutique se inquietó y trató de correrse pero ella le hizo un ademán con una sonrisa de que no se molestara. La marciana activó unos chorros relajantes que había en las escalinatas dispuestos estratégicamente para masajear la espalda o lo que uno pusiera delante del chorro. Boutique se sentía extasiado, moviendo la espalda a su gusto para recibir los golpeteos de presión de agua justo donde le dolía, disfrutando con pasión ese momento. Luego puso sus manos, el chorro le pegaba fuerte en las palmas haciéndolo sentir en otro mundo. Y ya después la cosa se tergiversó y empezó a poner las plantas de los pies, la panza, las pelotas, la cara, un cachete del culo, el sobaco... Parecía un chico.
–Disculpe, coronel, pero debería ir saliendo – lo interrumpió la asistente con una sonrisa –. No es bueno quedarse tanto tiempo en el agua. Puede sufrir una baja de presión arterial – le indicó. Boutique dejó de hacer monerías frente al chorro y puso inmediata cara de circunstancia, erigiéndose de golpe y tratando de poner sus manos en unos bolsillos inexistentes que supuso tendría su traje de baño.
–Cómo no, señorita – dijo respetuoso –. ¿Podré darme una sesión de sauna? – consultó.
–No es conveniente luego de la terapia bajo el agua que ya hizo – señaló la asistente –. Es mejor que eso lo haga mañana – le aconsejó. Boutique se quedó un instante pensativo – Puedo darle una sesión de masajes, si prefiere – le recomendó.
–¿Masajes? – preguntó Boutique con la cara de un niño al que le acaban de prometer un helado de cachucha. La asistente se sonrió. Era muy bonita. Le indicó con una mano por donde caminar al salir de la pileta para ir por esos masajes. Boutique salió de la pileta con la misma cara de pavote que portaba desde hacía un instante.
Caminaron por el costado largo de la pileta hasta un sector separado en donde había unas camillas todas vacías. La asistente iba delante y Boutique la seguía de atrás. De pronto la marciana se detuvo y, con una mano en el mentón y cara de confusión, recorrió el salón con la mirada buscando sus implementos y continuó caminando. Boutique la siguió. Realmente era muy bonita.
–Recuéstese, coronel – solicitó la joven.
–Boutique, mi nombre es Boutique – le dijo, tratando de sacarla de ese trato pomposo que le estaba dando – Y me podés tutear, que no soy tan viejo…– le ofreció.
–Bueno, recostáte acá. ¿Por donde preferís que empiece?, ¿por la espalda o por adelante?
–¡Por la espalda! – suplicó Boutique dándose vuelta y enchufando su cara en un agujero que tenía la camilla para tal fin. La muchacha se untó las manos con una crema de color verde y comenzó a masajearlo. Boutique no podía creer los escalofríos que su cuerpo continuaba detonando.
–¿Así está bien, o más duro? – consultó la asistente.
–Bien…, así está bien…– dijo Boutique casi durmiéndose, relajado –. Te dije mi nombre pero no me dijiste el tuyo – consultó.
–Consomé – respondió como cantando, con una voz increíblemente bella que daban ganas de oír todo el día. Boutique tenía el labio inferior completamente relajado y se babeaba un poco por el agujero de la camilla.
–¿Trabajás sola acá?
–No, somos cuatro chicas – señaló –. Cuatro chicas más los profes.
–¿Los profes? – preguntó sorprendido –. ¿No les alcanza con el que tienen? – Consomé se rió nerviosa, tapándose la boca y mirando hacia el costado, avergonzada. Boutique se enamoró de su risa.
–No, no nos alcanza. Son dos, pero trabajan en turnos separados. Ahora está Vedette, que lo debes haber conocido en el salón de adelante.
–Sí, tuve el disgusto…– ironizó Boutique.
–¡Es bueno! – dijo Consomé, masajeando la parte baja de su espalda.
–Sí. Bueno y trolo – señaló Boutique.
–Bueno pero, ¿eso qué tiene que ver? – dijo Consomé con esa voz increíble mientras continuaba acariciándole la espalda.
–Nada, mientras se ubique y no suponga que todo el mundo tiene sus preferencias sexuales…– Boutique explicó su exabrupto –. No hay problemas, pero me molesta un poco que se le abalancen a uno así de esa manera porque, una de dos: – detalló – o tengo franca pinta de puto o de soplanucas, y no creo que sea así…
–Es bueno y cariñoso con todos. No seas malo…– dijo Consomé masajeándole los muslos, apretándoselos con sus dedos, como si estuviera comprobando su consistencia.
–Me molesta. No puedo evitarlo. Me enoja mucho la situación porque me parece que se me quiere tirar encima y debe entender que yo respeto su condición sexual pero no la practico. Y debe, sobre todo, entender que somos muchos los que no practicamos esa condición sexual – se explayó Boutique –. Debería tener más cuidado. Conozco varios amigos míos que por la mitad de lo que me hizo cuando entré, le ponían una piña.
–Me parece muy buen gesto el hecho de que te hayas contenido de hacerlo, porque no lo conocés. Y te aseguro que si lo conocieras sabrías que no intentó conquistarte – le explicó Consomé masajeándole las pantorrillas –. Él es así con todos, sean marcianas o marcianos. Ya lo vas a ver… es como una marciana solterona y madura dentro del cuerpo de un macho – señaló, mientras le hundía el dedo pulgar entre los músculos de las pantorrillas para luego apretar sus tobillos.
–Puede ser…– dijo Boutique descreído y completamente relajado –. A todo esto, ¿por qué no hay nadie? ¿por qué estamos solos? – consultó.
–No es la hora pico. Ahora están todos en sus labores. Por la tarde noche vienen más, pero no te creas que vienen muchos – dijo Consomé mientras le masajeaba con los pulgares las plantas de los pies en círculos, apretaba bastante fuerte por ser una marciana tan joven y tan delicada, y tan linda. Boutique se estaba durmiendo –. Entre diez y quince marcianos que vienen fijos por problemas físicos, de postura o con algún golpe y necesitan rehabilitación, y después casos como el tuyo que se toman dos o tres días de descanso y aprovechan para venir, aunque deberían hacer esto en cada visita a la base, pero se ve que no lo necesitan…
–Puede ser. También es factible que no sepan que existe esta sección en la nave – dijo Boutique –. Yo no sabía de este lugar, me enteré ahora. Apotheke me recomendó que viniera.
–El general viene temprano a la mañana, antes de que entremos a nuestros turnos – le contó Consomé mientras lo agarraba de la cadera para que se volcara y pusiera de frente. Boutique comenzó a sentirse incómodo. Consomé era muy tierna en el trato físico, si esa muchacha le hacía adelante lo que le había hecho detrás, seguramente iba a ser inevitable una erección. La joven se dio vuelta para rehumectarse las manos con esa crema maravillosa y Boutique echó un ligero vistazo a sus partes pudendas que, por ahora, no daban señales de vida.
–Quizás le moleste verse tan gordo, o le de vergüenza mostrarse en malla delante de otros, por su jerarquía – dijo Boutique presionándose un poco el pito para corroborar que durmiera plácidamente. Y así lo hacía.
–Puede ser – dijo Consomé mientras se daba vuelta y lo miraba al ojo. Era una marciana muy atractiva, Boutique debía dejar de mirarla si quería mantener la compostura –. La cuestión es que el general se va antes de que lleguemos, me doy cuenta porque deja huellas de que estuvo, pisadas mojadas en los costados de la pileta, el agua siempre está moviéndose… Y es él porque siempre me lo cruzo por los pasillos cuando estoy viniendo. Viene de este sector con el pelo mojado…– describió Consomé mientras le acariciaba el pecho suavemente con la mirada perdida hacia arriba. Boutique sintió una ráfaga incontenible de excitación. Debía pensar urgente en otra cosa.
–¿Y hace mucho que trabajás acá? – le preguntó, y enseguida se retó –. ¿Cómo pretendía dejar de excitarse si le preguntaba cosas?
–Desde que salimos en el viaje, me gusta mucho hacer masajes – le dijo Consomé mientras le acariciaba el abdomen, y subía con sus manos haciendo un recorrido desde el bajo vientre hasta el cuello.
–La ver, ver, verdad, se te da, da muy bien. Te, te, tenes muy bue, bue, buena mano…– dijo Boutique, medio tartamudeándo – ¡Basta, boludo! ¡Pensá en otra cosa! – se dijo por dentro. Estaba por explotar.
–Todos me lo dicen – dijo Consomé mientras le acariciaba la axilas y los hombros –…el profe de gimnasia-el profe de gimnasia-el profe de gimnasia-el profe de gimnasia…– comenzó a repetir Boutique como un poseído por dentro, inmortalizando en su cabeza, con el ojo cerrado, la imagen de aquel desagradable culo masculino que con tanto orgullo mostraba el profesor Vedette –. También me dicen que tengo linda voz – dijo Consomé mientras bajaba con sus manos por los costados del tórax de Boutique para continuar con sus piernas.
–Zeeeeeee…– dijo Boutique, e inmediatamente notó que estaba hablando para la mierda, como un perfecto pelotudo – ¡el profe de gimnasia-el profe de gimnasia-el profe de gimnasia! – continuó repitiendo en su interior, cerrando su ojo con fuerza. Se le había ido la imagen del culo del profe, debía visualizarla de nuevo cuanto antes. Ya temblaba.
–¿Así está bien, o más duro? – le volvió a preguntar Consomé, con esa voz cautivante mientras le acariciaba de arriba abajo sus piernas, desde la ingle hasta las rodillas.
–Está bien, está bien, está bien…– repitió Boutique, completamente incontenible. El pito se le paraba de un momento a otro.
–No me contaste nada de vos – señaló Consomé, mientras le hacía presión con los dedos en la ingle, como haciendo una arañita que caminaba por aquella peligrosa zona. Boutique explotaba inminentemente.
–¡Soy el responsable de la excavación en el lugar elegido! – dijo haciendo mucha fuerza. Parecía que se estaba cagando.
–¿Te sentís bien? ¿Querés que paremos mejor? ¿Te hago mal? – preguntó Consomé, mientras le presionaba y masajeaba alrededor de su fábrica de hacer marcianos.
–Nooooo – dijo Boutique con una voz muy aflautada. Ya parecía un imbécil. O un loquito.
–¿Y ya hicieron contacto? – dijo Consomé, alejándose de aquella zona al advertir una protuberancia más abultada, de golpe, en el lugar donde debía estar descansando el miembro del coronel.
–¡Sí! – dijo Boutique, enérgico. Parecía encolerizado sin aparente motivo –. ¡Ya descubrimos varias edificaciones! – continuó gritando, no podía expresarse de otra manera.
–Estoy acá, no grites… Relajáte… ¿No te relajo? – le preguntó Consomé, tratando de calmarlo mientras le acariciaba los dedos de los pies, pasando sus dedos por entre los del coronel, de arriba abajo. Boutique miró desesperado hacia la camilla de al lado, agarró una toalla gruesa, se la puso sobre el pito y se sentó. Se estiró un poco y tomó del brazo a Consomé, que seguía de espaldas acariciándole los dedos del pie con una sensualidad inadmisible.
–Pará un poco, flaca. No puedo más, me estás volviendo loco. Hace un montón que estoy en esta nave lejos de mi familia. No puedo más…– se sinceró Boutique con el ojo desorbitado y asustado. Consomé se alejó un paso hacia atrás, entendiéndolo.
–No te preocupes, no te toco más – le dijo dándole la espalda mientras limpiaba sus manos con una toalla pequeña. Boutique aprovechó para mirarse ahí abajo, estaba duro como el Monumento a la Bandera. No podría pararse. Se le iba a notar mucho. Y acostarse, menos que menos.
–Disculpáme, Consomé… Realmente hacés un excelente trabajo, pero debo irme. No puedo aguantar esos masajes – le dijo, y aprovechando que la masajista estaba de espaldas se retiró raudamente.
–Te entiendo – le dijo Consomé quedándose de espaldas, sabiendo que Boutique aprovecharía para irse, pero él ni siquiera la escuchó. Ya había salido disparado de aquel salón.
Se metió en un box y se dio una ducha. Estuvo un rato largo petrificado con las manos apoyadas en la pared pensando en lo cerca que había estado. Y el pito no se le bajaba con nada. Seguía con esa fastuosa erección. Podría colgarse todas las toallas mojadas que había en el lugar que no conseguiría doblegarla. Volvió a pensar en el culo del profe, en lo desagradable que había sido el encuentro con aquel marciano maricón. Respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, pero no había caso. Estaba francamente excitado. Sabía que a la larga le iba a ocurrir, que no existía posibilidad de mantenerse indemne tanto tiempo alejado de su novia. Incluso lo habían hablado con Canapé, y Canapé lo había entendido y le había prohibido que se contuviera si estaba muy desesperado. Canapé sabía que él la amaba y que sólo mantendría una relación carnal llegado el caso, y que nunca sería por amor. Y el pito no se le relajaba, no había caso. Respiró hondo una vez más, se ató una toalla en la cintura y salió a buscar a Consomé pero cuando abrió la puerta del box su masajista estaba parada en la puerta, esperándolo. Consomé lo tomó de la mano con una sonrisa y se fueron juntos a una habitación de relax. Y cogieron como animales durante varias horas.


Capítulo XXIX

Al día siguiente Boutique se despertó y se sentía otro, parecía que tenía veinte años menos. Se levantó y se cambió para ir a las sesiones de sauna. Salió rápido de su camarote y enfiló en dirección al gimnasio.
Nuevamente lo recibió el profesor Vedette con su caminar coreografiado y su movimiento repugnante de culo, pero no le dio mayor pelota. Cruzó el gimnasio como una exalación en dirección al sauna y entró, otra vez no había nadie, y Consomé no estaba por ningún lado. Se desesperó. Agarró una toalla y unas ojotas y se metió en un sauna para una sesión de cuarenta y cinco minutos. Sin haber avistado aún a su masajista el pito ya le daba señales de vida, estaba completamente desquiciado. Terminada la sesión salió y se dio una ducha rápida. Limpio y pulcro enfiló para el salón de masajes y abrió la puerta desilusionado. Y la vio de espaldas, con el pelo atado tirante en una larga cola que le bailaba en la espalda una danza hipnótica, y le volvió el alma al cuerpo. Por un momento pensó que no la vería más, que ese día no habría ido al gimnasio. En silencio se acercó hasta ella y se recostó boca abajo. Consomé se dio vuelta, lo vio y se sonrió.
–¿Más masajes, coronel? – le preguntó, mientras se untaba las manos con crema.
–Por favor – dijo Boutique completamente predispuesto.
Consomé se subió a la camilla y, sentándose en su culo, comenzó a masajearle la espalda mientras le apoyaba la casatta en las nalgas, adrede. Y el pito de Boutique se disparó como una trampa de ratas. Y volvieron a coger como desesperados.

Capítulos XXIV y XXV




Capítulo XXIV

Boutique se sentía orgulloso de ser parte de esa exploración. En poco tiempo más podrían circular por aquellas calles como si nunca hubieran estado tapadas. Los hallazgos comenzaban a aparecer todos a la vez y los exploradores se apelotonaban en su tienda con sus novedades. Y Boutique, para ordenarlos, los hacía pasar de a uno.
Primero entró Coñac y le describió su hallazgo: un cubo de diez metros de lado, de color blanco, con una gran letra “M” despintada en sus cuatro laterales, que cuando finalmente ingresó entendió a qué hacía alusión. Era la sigla del nombre de la construcción: Edificio MINORDO.
Champignon vino con un feo corte en su pierna producido por una antena triangular que emergió de golpe en su zona, la vaciadora no la captó con el radar y produjo algunas roturas. Champaña, su compañero, le advirtió el atasco y Champignon se bajó a verificar el inconveniente cuando un pedazo de antena salió escupido por la boca trasera de la vaciadora haciéndole un profundo corte en su pata izquierda. Su compañero lo asistió y lograron destrabar la vaciadora para continuar descubriendo esa maldita antena con aspiradoras manuales, y llegaron a un sitio similar al descubierto por Coñac: habitación pequeña y oscura con motores. En el tablero eléctrico que gobernaba una de las paredes decía: ROCHDALE V. 
Procenex y Provolone hicieron contacto con una nueva edificación, más atrás de la catedral. Extrañamente no contaba con esta oscura habitación con motores pero era un edificio muy estrecho y alto con cuatro balcones, uno en cada lado y, aunque era una construcción absurda ya que no tenía espacio dentro para alojar siquiera el hogar de un humano, era imponente su construcción. Estaba toda forrada en mármol.
Boutique vio prudente hacer una reunión colectiva para organizar esta nueva etapa, sobre todo para evitar accidentes. Sonó la sirena de alarma y se sentó en el árido suelo esperando que sus exploradores se acercaran para la charla. Los capitanes fueron llegando despacio; estaban todos muy cansados. Se les notaba en el semblante. Boutique los hacía sentar en el suelo y les ofrecía agua para tomar. El coronel caminaba y los miraba pensativo; debía esperar a que llegaran todos. Bôite, Bufete, Beckenbauer, que no tenía buena cara, y Bandoneón llegaron últimos. Se acercó al piletón y echó un vistazo buscando algún rezagado pero todos estaban sentados esperando sus órdenes. Los miró un instante y comenzó a hablar.
–Muchachos, estamos haciendo un excelente trabajo, realmente estoy sorprendido con todo lo que logramos en estos últimos días. Fue muy difícil llegar hasta aquí, y parece que los frutos de nuestro sacrificio se nos van a aparecer en nuestro naso todos juntos y de golpe. Tenemos que estar atentos. Champignon y Champaña tuvieron un accidente – los señaló –. Hay antenas, antenas y cables de acero templado. Las vaciadoras no los captan; sólo captan construcción, por lo que deberán tener cuidado. Si una antena entra en la trituvaporizadora de sus naves la dañará y se pondrán ustedes en peligro. En adelante, deberán vaciar con conciencia y ser precavidos – sentenció. Bôite levantó su mano y Boutique asintió, dándole la palabra.
–¿Y cómo podemos saber semejante cosa?
–No lo sé – admitió Boutique –. Pero usen el sentido común. De ahora en adelante será más lento el trabajo – señaló –. Si encuentran una antena, como el caso de Champignon, podrán vaciar tranquilos alrededor de ella. Este tipo de antenas o pararrayos como los denominaban, no están cerca uno de otro. Una vez hecho contacto con un artefacto de estos, pueden quedarse tranquilos que no habrá otro al menos en un radio de cien metros – Bôite asintió con la cabeza mientras otro explorador levantaba la mano. Boutique lo señaló con un palo para que hable.
–¿Y qué hacemos si no advertimos este objeto y nos topamos con él por accidente?
–Deben estar atentos. El ruido que hacen sus vaciadoras es constante, siempre el mismo. Cuando hace contacto con un elemento extraño comienza a hacer un sonido distinto – explicó Boutique – En definitiva, van a tener que vaciar con atención en lugar de hacerlo como lo venían haciendo hasta ahora, hartos de la rutina de socavar sólo ceniza. Una vez escuchada la anomalía deben avisarme y buscaremos la solución entre varios. Nunca traten de solucionarlo solos – dijo, mirando feo a Champignon, que bajó la mirada, avergonzado. 
Boutique los miró con su ceja en alto intentado advertir si lo habían entendido y todos asintieron con sus cabezas. El coronel les señaló que podían retirarse y sus exploradores se levantaron del suelo, algunos con dificultad y, haciendo elongaciones diversas, fueron emprendiendo la retirada hacia el piletón en grupos. Boutique, preocupado por la cara de su amigo, se unió a Bôite y Beckenbauer y partieron rumbo a la catedral. En el trayecto trató varias veces de advertir qué le pasaba a Beckenbauer, pero no logró descifrarlo, y Beckenbauer restaba importancia con ademanes ante la mirada insistente y preocupada de su coronel. 
Cuando Boutique descendió en la catedral no daba crédito a lo que veía su ojo. Ya habían descubierto la cúpula completa, que era inconmensurable. Dio orden de iniciar una nueva perforación sobre la cúpula, para evitar que alguna vaciadora se encontrara con el inmenso túnel conseguido y cayera hiriendo a algún explorador y destruyéndose.
En poco tiempo salieron a la superficie. Ya quedaba poco espesor de techo cenizoso en aquella zona: veinte metros. Boutique salió por el nuevo orificio y observó a su alrededor. A unos trescientos metros en orientación este se podía advertir el hallazgo de Procenex y Provolone: un agudo edificio de mármol en línea casi recta con la cúpula de la catedral asomaba imponente, con cuatro balcones opuestos entre sí que tenían una estrella de ocho puntas vidriada sobre cada uno de ellos. Sobrevoló la zona e ingresó por un balcón. Un estrecho pasillo revestido por completo en mármol rodeaba el núcleo de la edificación. Sólo una puerta de hierro que denotaba extrema solidez y otra corrediza de acero espejado con un cartel que decía: “CAPACIDAD MÁXIMA – 10 PASAJEROS”. Salió nuevamente y se paró sobre la base del techo encima de la inaudita construcción. Bajo sus pies, una compuerta de hierro aparentemente corrediza señalaba un secreto ingreso – ¿Cómo puede ser que Provolone no haya advertido esta compuerta cuando descubrió el edificio? – se preguntó mientras intentaba abrirla, pero la compuerta cedió unos centímetros y se atoró. Boutique se afirmó con sus pies en el borde opuesto y, casi acostado sobre ella, utilizó toda su fuerza intentando abrirla haciendo palanca. Y lo consiguió. Y la puerta se abrió de golpe, dando paso a un oscuro y profundo túnel. Y Boutique cayó dentro como una piedra. 
En caída libre su linterna-vincha se activó en la oscuridad. Desesperado, mientras caía, enfocaba distintos planos: cables, pared, más cables. Luego de unos segundos, al notar la aceleración brusca de caída libre, sus propulsores se activaron automáticamente. Boutique entró en pánico. Nunca se había caído. Sabía que los trajes impedían las caídas pero sólo en la teoría, nunca lo había experimentado en carne propia. Estaba cayendo; se le revolvía el estómago. El traje tomó partido y en un instante lo niveló dejándolo erguido en el aire y frenando su caída con suavidad. Boutique miró hacía abajo y su linterna-vincha iluminó el fondo. A pocos metros, dos o tres a lo sumo, se encontraba el suelo, lleno de hierros soldados transversales y cables que se remontaban tensos. Podría haber muerto despedazado.
Subió por ese túnel maléfico mirando hacia arriba, una tenue luz entraba y señalaba la salida. Una vez fuera se sentó y se recuperó del susto mientras la respiración le cabalgaba en el pecho.
Volvió a ingresar por el balcón abierto e intentó abrir la pesada puerta de bronce haciendo fuerza, pero sólo estaba arrimada. Una escalera forrada por completo en el ya rutinario mármol marrón iba hacia abajo. Eso era una cripta, una oscura cripta de vaya a saber qué cosa. Sólo carteles verdes que indicaban la salida y respiradores de bronce en el techo. Nada más. Y escaleras que bajaban. Sintió miedo, estaba solo a diferencia de la vez que descubrieron el Palacio Minetti. Ya no recordaba cuántos niveles había bajado y la oscuridad era abusiva. Otra puerta, idéntica a la del ingreso y detrás, más escaleras. Boutique no lo podía creer. Siguió bajando, enojado, y bajó seis niveles más. Se sentía mareado de ver siempre el mismo mármol marrón, pero juntó coraje y aceleró el paso. Su dantesco periplo terminó en una impactante bóveda circular con una enorme estatua de un humano sentado con ajustados pantalones sobre un lado, enfrentado a una cruz religiosa. La bóveda tenía dos salidas opuestas. En una de ellas, una piedra blanca y plana decía: 

PIEDRA FUNDAMENTAL DEL MONUMENTO A LA BANDERA ARGENTINA – MUNICIPALIDAD DEL ROSARIO – 9 DE JULIO DE 1898

Todas las paredes tenían inscripciones en relieve: “Manuel Belgrano”, “A Belgrano, creador de la bandera”, “Respete el altar de la patria, no escriba sus paredes, consérvelo, demuestre su cultura”, “TATIANA SE LA MORFA”, aunque esta inscripción estaba hecha con lapicero azul, directamente sobre el mármol; “Boletos”, “¡Soldados: Esta es la primera bandera libre que se ha levantado en América! ¡Jurad sostenerla muriendo en su defensa como yo lo juro! – San Martín”, “Souvenirs – Regalos”.
Sobre un lado, la ceniza había ingresado irrespetuosa en la bóveda. Boutique se acercó y notó un gran portal abierto imposible de traspasar sin extraer el alud de ceniza, y no tenía ninguna herramienta para hacerlo. Volvió sobre sus pasos y se enfrentó nuevamente a la escalera. La miró un instante y resopló. Debería volver por donde entró y lo abrazó una sensación pavorosa por todo el cuerpo, se sentía encerrado, pero debía subir. No le quedaba otra.
Una vez fuera ordenó a sus vaciadores despejar toda la zona que se encontraba entre la catedral y aquel desconcertante edificio. Se formaron cuatro grupos que extraían la ceniza desde posiciones opuestas entre sí. Tardaron tres días en descubrir ese predio, y a medida que se revelaba, mostraba su increíble majestuosidad. Nunca habían visto semejante cosa. Y nunca más verían nada igual.
Se acercó a Bôite y caminaron rumbo a esa irracional e inmensa celda de mármol que sus amigos estaban descubriendo en la parte de atrás del Monumento. Boutique había notado una vez más a Beckenbauer incómodo, pero no había tenido tiempo de preguntarle qué le pasaba.
–¿Qué le pasa a Beckenbauer? – preguntó preocupado mientras se acercaba a sus compañeros.
–No sé, me parece que le duele el diente – atinó Bôite. Y Boutique se frenó en seco.
–¿En serio? – se alarmó. Bôite asintió con la cabeza.
–Me parece… no estoy seguro – insistió – Viste como es…–. Bôite señaló a Beckenbauer con la cabeza, prediciéndolo.
–¿Pero es boludo? – se indignó Boutique –. ¡Mirá si pierde el diente!
–Preguntále, pero me parece que es eso – dijo Bôite. Boutique aceleró el paso, enojado, y se acercó a su otro amigo.
–Escuchame, tarado, ¿cómo es eso que te duele el diente? – lo increpó iracundo. Beckenbauer miró hacia abajo, haciéndose el pelotudo – Te hice una pregunta – Boutique lo presionó, desafiante.
–Ya se me va a pasar, incluso ya me duele menos…– le restó importancia Beckenbauer.
–Vos estás en pedo – lo retó Boutique –. Ya mismo, ¡ya!, te vas para la base.
–¡Pará un poquito!, exagerado, que no es nada…
–No espero nada, te vas ahora – le ordenó Boutique mientras informaba por el comunicador para que tuvieran listo algún odontólogo, que había una emergencia.
Beckenbauer se retiró de la zona enojado y negando con la cabeza gacha. Boutique tomó su lugar y continuaron extrayendo ceniza descubriendo por completo el enorme jaulón de mármol. Al pie de cada columna unos gigantescos candelabros de bronce las custodiaban celosos. En el interior, justo en el centro, había una descomunal cacerola, muy parecida a la que utilizaban ellos para cocinar las espléndidas carótidas de jamiroquais, aunque mucho más grande. Boutique se acercó y leyó en su base: 

“AQUÍ REPOSAN LOS RESTOS DEL SOLDADO ARGENTINO MUERTO POR LA LIBERTAD DE LA PATRIA”

Levantó el ojo y miró hacia arriba. El techo estaba alto, mucho más alto de lo que ya había conocido. – ¿Por qué harían los techos tan altos? – se preguntó. Boutique debía ir a ver a Vitraux urgente. Era demasiada información; no podía seguir avanzando.



Capítulo XXV

El viejo estaba durmiendo otra siesta cuando Boutique le sacudió un pie haciendo que se despertara exaltado. Luego de entender que no estaba en aquel sueño en donde un chevalier maduro lo arrastraba por el bosque por las patas para engullírselo y que sólo era su alumno que, insolente, lo despertaba de mala manera; miró feo al coronel y le dijo:
–¿A usted le parece que es manera de despertarme?
–Disculpe, maestro, pero estoy un poco azorado con lo que acabo de descubrir – Boutique tenía el ojo abierto a punto de salírsele de su cuenca.
–¡¿Qué?! – lo increpó Vitraux – ¡¿Qué descubrió?! 
–Debería usted venir conmigo, no me animo a describirlo – lo invitó Boutique – Temo no tener la sabiduría para explicarme.
–Usted sabe que ya no tengo edad para esas exploraciones…– desestimó Vitraux –. ¿Por qué no me muestra las filmaciones? – Vitraux intentó persuadir al coronel.
–Nada de eso, créame, maestro. Me lo va a agradecer – dijo Boutique extendiendo su mano para ayudarlo a incorporarse.
Vitraux lo miró un instante, desganado, pero la mirada de Boutique era tan vendedora que no podía estar equivocado, quizás valiera la pena el esfuerzo; hasta ahora el coronel nunca le había fallado, ¿por qué lo haría ahora? Lo tomó de la mano y se incorporó con su ayuda. Y salieron de la carpa rumbo a la nave. En el camino vieron a Beckenbauer que se preparaba para volver a la base. Boutique lo señaló con prepotencia, se señaló su propio ojo, e inmediatamente volvió a señalarlo, haciéndole ver que iba a estar encima suyo con su problema dental. Beckenbauer lo mandó a cagar con un gesto desde lejos.
Al llegar al nuevo hallazgo vieron a Bôite descubriendo una enorme estatua de una humana completamente desnuda, con un escudo en una mano y una capa. Boutique aterrizó suavemente en un gran playón escalonado, entre la torre y la inmensa galería de atrás, que ya estaba completamente limpio de ceniza. Vitraux miraba por la ventana, pasmado. Había visto imágenes del Monumento a la Bandera pero verlo en persona era chocante, por un instante se sintió un perejil al lado de esa mole de mármol marrón.
Boutique saltó de la nave y la rodeó para abrir la compuerta del gran maestro y ayudarlo a descender. El viejo bajó con cuidado, esforzándose para mirar donde ponía los pies mientras su ojo, obstinado, no dejaba de mirar esa enormidad de mármol.
–Es increíble…– dijo Vitraux impresionado. 
–¿Vio? Le dije que era para verlo en persona…– le recriminó Boutique, guiñándole el ojo. Vitraux parecía drogado. No volvía a su cara normal.
–Es enorme…
–Y usted no entró por arriba – dijo Boutique, canchereándolo.
–¿Usted ingresó? – preguntó el viejo volviendo en sí, señalando la torre.
–Ajá – afirmó el coronel.
–¿Y cómo es?
–Nada de cómo es, usted mañana ingresará por sus propios medios – dijo Boutique ocultándole información – Estos exploradores que vienen a colaborar abrirán ese sector de allá y separarán la mole completa de la ceniza para que podamos recorrerla juntos – sentenció – Estuve todo el tiempo pensando en usted, maestro. No quiero que se lo pierda – le reconoció, y a Vitraux se le piantó un lagrimón.
–Mientras esperamos le puedo explicar de qué se trata esto – ofreció. Boutique asintió con la cabeza y entraron a la nave. Afuera había mucho viento para el viejo.
–El Monumento a la Bandera fue una creación de arquitectos rosarinos en agradecimiento y respeto a Manuel Belgrano, que fue el creador de la bandera hace más de trescientos años cuando la Argentina se liberó de sus cadenas con España – comenzó Vitraux, acomodándose en la butaca del control mientras Boutique servía unos fitipaldis calientes para acompañar la charla.
–¿Pero cómo? – preguntó Boutique sorprendido – ¿Usted no me dijo que hasta el fin de los días estos países habían sido dominados por Europa y Estados Unidos?
–Sí, coronel, en efecto.
–¿Y entonces?
–Es que antes era peor. Antes de Belgrano, la bandera y esos momentos fundamentales de la historia, Argentina era un país directamente gobernado por España. España tenía un virrey en cada país de Latinoamérica y los países debían respetar y acatar cada orden que estos virreyes impartían, para provecho de los intereses españoles, los intereses económicos.
–¿Un virrey?
–Un virrey. En España estaba el rey, ¿se acuerda que le conté? ¿de la sangre azul y todo eso? – preguntó Vitraux y Boutique asintió con la cabeza – Bueno, los virreyes eran empleados del rey que gobernaban países remotos y rendían cuentas al rey – Boutique se quedó perplejo.
–¿Y qué pasó?
–Los pueblos se levantaron y obligaron a estos virreyes a renunciar a sus cargos y tomaron posesión de sus gobiernos – le explicó Vitraux –. Pero duró muy poco la cosa. Inmediatamente España comenzó a ubicar personajes que le rindieran cuentas de la misma manera y que promovieran leyes que beneficiaran a España. Entonces todo quedó exactamente igual, con la diferencia de que los pueblos supusieron que eran soberanos, que los líderes que los gobernaban velaban por sus intereses y no por intereses extranjeros.
–¿Y los humanos creyeron esto por siglos?
–Sí, de esta manera se sentían dueños de sus tierras, con sus banderas, sus escudos, sus límites fronterizos, sus ejércitos, sus jueces, sus presidentes…– enumeró Vitraux –. Y era todo una farsa.
–Pero espere un poco, maestro – lo interrumpió Boutique –. Una cosa es que haya un virrey que ordena, reprime y obliga a los habitantes de una de estas naciones con su infundado derecho de gobernabilidad, y otra muy distinta es que haya un supuesto gobierno nacional que boga por el bienestar de su pueblo – se explayó Boutique –. ¿Me va a decir que los humanos no advertían que no había cambio alguno? ¿Que era todo una farsa?
–Algunos lo advertían pero no se metían, cuidaban su quintita, la mayoría directamente nunca entendió nada y pasó su vida suponiendo que vivía de una manera y lo hacía de otra. Y los humanos verdaderamente perjudicados por esta situación estaban tan apartados del resto, abandonados en las fronteras, bien lejos de las ciudades cosmopolitas, que a nadie le importaba.
–¿Nadie hacía nada por ayudarlos?
–No, antes del advenimiento de la tecnología y la globalización, en la época en que vivió Belgrano, los que sabían cómo era la cosa eran sólo los políticos. Los ciudadanos comunes no entendían nada y no se metían en esas cuestiones y, sobre el final de los días, cuando sí todos estaban enterados de lo que ocurría en las ciudades pobres y alejadas tampoco se involucraron, estaban ocupados pagando cuentas, comprando electrodomésticos en cuotas, yendo al supermercado a comprar cosas innecesarias – negó Vitraux –. Nadie tenía tiempo de plantarse y pedir una solución a esos problemas, y todos creían fervientemente que nunca les tocaría a ellos, que las cosas que les pasaban a los pobres o a los integrantes de los pueblos originarios eran cosas que nunca los rozarían siquiera.
–¿Los pueblos originarios? ¿Qué es eso?
–Cuando Cristóbal Colón descubrió América a fines del siglo quince, este lugar que estamos explorando estaba ocupado por humanos primitivos que habían nacido en esta tierra y que, por tal motivo, les pertenecía más que a nadie en el mundo. Había muchos pueblos bien constituidos y enclavados en distintas zonas de este continente que España e Inglaterra se encargaron, durante siglos, de exterminar para poder acceder a ocupar esos suelos, mucho más vastos que los propios.
–¿España e Inglaterra eran lugares pequeños?
–El continente europeo estaba integrado por más de cuarenta países, teniendo una superficie muy inferior a la de Sudamérica, en donde sólo había doce países.
–¿En serio?
–En serio – repitió Vitraux, buscando en su cuaderno de apuntes –. El continente europeo tenía una superficie de diez millones de kilómetros cuadrados, mientras que Sudamérica contaba con diecisiete millones – dijo leyendo el apunte –. Casi el doble. Imagínese entonces que estos europeos vivían un poco apretados en sus tierras, llenos de enfermedades y contaminados por el dinero. Necesitaban expandirse. Entonces aparece en escena Cristóbal Colón. Por esa época la creencia general era que el planeta era plano, no redondo, y Colón insistía con que era redondo. Nadie le creía y lo tildaron de delirante. Pero la reina de España le financió un viaje y le dio tres naves llenas de presos y esclavos, y lo mandó a investigar. Todos vaticinaban que el tipo caería al vacío allá a lo lejos, donde nada se podía avistar, pero él continuó con su creencia y se animó a cruzar el océano – le contó Vitraux –. Luego de mucho tiempo, finalmente llegó a la orilla de lo que suponía era la India, porque no tenían conocimiento de que existiera este continente, y los indios lo recibieron con afecto. Luego España vio oportuno invadir, aniquilar y robar a estos pueblos originarios todas sus riquezas, quedándose con sus tierras. Y después se generaron los países gobernados por virreyes, y luego estos países decidieron gobernarse sólos echando a los virreyes, y llegamos al final de los días, donde las empresas europeas continuaban gobernando los países por debajo de la ley, en confabulación con los presidentes democráticamente elegidos por los pueblos, que una vez que llegaban al poder, eran coimeados por las empresas y todo continuaba como siempre.
–Pero, maestro, disculpe, hay algo que no entiendo – lo frenó Boutique –. Usted me dice que un tal Manuel Belgrano y compañía decidieron refundar su patria y echar a los españoles.
–Exacto.
–¿Cómo hicieron los españoles para persuadir a los Manuel Belgrano? Porque tal como usted me dijo, la cosa siguió igual, a pesar de esa independencia…– se ofuscó Boutique.
–No los persuadieron. De manera inteligente los fueron separando de los cargos que ocupaban, chantajeándolos con extrañas exploraciones que debían hacer en lugares alejados de la capital, en el norte del país, sin apoyo logístico ni económico, y estos, al encontrar lugares que necesitaban su presencia por haber sido abandonados por años, iban perdiendo poder e iban siendo olvidados.
–¿Olvidados?
–Sí, coronel, imagine que a usted lo mandaron ahora a explorar estas tierras lejanas y que usted no vuelve más, o regresa luego de mucho tiempo, enfermo y débil, o muere en el intento.
–Supongo que mi novia removería cielo y tierra para encontrarme si no aparezco, o en mi regreso enfermo todos me atenderían y tratarían de sanar mis heridas, y si muero en el intento harían una reunión respetuosa como la que hicimos con Kunta y Kinte cuando perecieron en aquel cráter del pacífico. Nadie me olvidaría. Yo no me olvido de mis padres ni de marcianos trascendentales que han hecho cosas importantes por nuestra comunidad.
–Sí, nosotros somos así. Los humanos no – dijo Vitraux, negando con la cabeza.
–Pero, entonces, ¿para qué hicieron semejante Monumento enorme si era todo una farsa?
–Porque el humano vivía inmerso en la hipocresía, en la farsa. Ellos verdaderamente creían que eran dueños de las comarcas que habitaban y sentían orgullo de ser argentinos, bolivianos, paraguayos – le explicó Vitraux –. Mientras tanto, en la realidad cotidiana, las empresas europeas que estaban enclavadas en estos países sudamericanos se llevaban el dinero que recolectaban de la extracción de oro, de petróleo, de gas y de todos los minerales que pudieran acaparar de una tierra que no les pertenecía en absoluto. Y los humanos ingleses, estadounidenses o españoles se sentían orgullosos de dominar el mundo y de someter a países pobres. Todo era un gran disparate.
Boutique se quedó decepcionado, como siempre. Vitraux se levantó y salió de la nave a ver los adelantos de la excavación. El Monumento estaba completamente despejado: una torre de setenta metros de alto completamente forrada en mármol era la proa de una ilógica nave de piedra de trescientos metros de eslora por cien metros de manga, con una escalinata suave pero constante que lo depositaba a uno en la descomunal galería en su lado opuesto a la torre. – ¿Habrá otro Monumento así en alguna parte del mundo? – pensó Vitraux, mientras lo disfrutaba recorriéndolo con la vista. – No creo – asumió.

Capítulo XXIII





Vitraux estaba durmiendo una siesta. Se había comido unos tackles que Boutique había preparado antes de partir y se desplomó en el camastro. El coronel lo sacudió un poco para despertarlo, tomándolo del tobillo. El viejo abrió apenas el ojo y por la cara que traía su alumno se dio cuenta de que no podría seguir durmiendo, así que se levantó y se metió en el baño.
–¿Y? – le preguntó Vitraux mientras se ponía el quevedo.
–Impresionante…– dijo Boutique – Un edificio inmenso de diez niveles, muy bien construido, con un monumento enorme en su techo de dos gigantescas humanas que portaban cada una un terrible choclo en su mano – describió Boutique, resumiendo un poco.
–Ah, sí, vi imágenes de eso, pero no sé qué es…– reconoció Vitraux. Boutique se sorprendió, era la primera vez que el viejo no sabía algo.
–Entramos, en varios lugares leímos “Palacio Minetti” – le informó intentando ayudar la memoria del gran maestro.
–Después lo busco entre mis anotaciones. Debe haber información por algún lado.
–Estuve en la catedral.
–¿Entró? ¿Qué le pareció?
–Increíble, muy ostentosa. Pero tengo algunas dudas.
–Lo escucho – dijo Vitraux mientras abría su baúl de anotaciones para buscar referencias del palacio descubierto.
–El lugar era un inmenso salón lleno de extraños banquitos colectivos, bastante insignificantes respecto de todo lo demás que se constituía en el lugar.
–Ahí se sentaban los devotos. Los hacían sentar ahí para que se sintieran inferiores, rodeados de tanto mármol, tanto oro, tanta ostentación… Y el pobre devoto chiquito e infeliz sentado en esos banquitos de morondanga…– dijo Vitraux con la vista perdida en el baúl, tirando cosas hacia atrás de su espalda.
–Entiendo. Una especie de puesta en escena que demarcaba quién mandaba – dijo Boutique. Vitraux se detuvo y lo miró sorprendido.
–Muy bien, coronel. Es usted un sabio.
–Perfecto. Entre medio de los bancos había un sendero que llevaba a un nivel sobreelevado con un impresionante escritorio de piedra, majestuoso, con un extraño librote con sus hojas pintadas de dorado, pero sólo en el borde, y una copa de oro.
–El altar. Desde ese lugar los sacerdotes impartían su verdad a los feligreses. Verdades que brotaban de ese librote con sus hojas pintadas de dorado. El libro se llamaba “La Biblia”, y había que seguir a rajatabla sus preceptos. La copa era “El Cáliz”, donde el sacerdote se servía vino y tomaba delante de los devotos, sin convidarlos – le explicó Vitraux –. Debía ser un lugar intimidador para promover el respeto: los parroquianos sentados en aquellos bancos de cuarta, y el sacerdote con una ropa distinta, luminosa, desde ahí arriba… tomando vino y leyendo un libro de oro… Claramente era el que mandaba – sentenció.
–¿No les convidaba vino? ¡Qué desconsiderado!
–No, se lo tomaba solo. Delante de todos – aseveró Vitraux –. Y nunca ofrecía…– Boutique se indignó.
–Qué mal educado…– dijo el coronel, y prosiguió –. Detrás de este altar había un altísimo monumento custodiado por varios humanitos alados, todos de mármol, y dentro, en una mínima cúpula, se encontraba la imagen de una extraña mujer con un vestido que le nacía de la cabeza y un aura dorada se la rodeaba.
–La virgen María, la madre de Jesús. Es la mujer que le conté, que quedó embarazada por obra de un espíritu bondadoso, no por mantener relaciones sexuales con su marido – dijo Vitraux mientras repasaba con la vista un viejo cuaderno. Parecía haber encontrado lo que buscaba.
–¿Y por qué tenía esa extraña túnica que le nacía desde la cabeza? ¿No podía tener una vestimenta más acorde a su condición de mujer? – preguntó intrigado. Vitraux cerró el baúl de un portazo y lo miró ofendido.
–¿Cómo se le ocurre que una virgen inmaculada como ella iba a vestir las mismas ropas que cualquier mujerzuela común y ordinaria? – lo retó –. ¡Tenga más respeto! – Vitraux se acercó al coronel, muy enojado. Parecía que le iba a dar un cachetazo. Boutique se alejó un poco, avergonzado, pero el respaldo de su silla no le permitió escapar. Y el gran maestro se le seguía acercando, a tal punto que parecía que lo iba a cabecear o a morder y, luego de un tenso instante, se sonrió compasivo –. ¿Ve lo que acaba de ocurrir? – le preguntó.
–No, maestro, ¿qué ocurrió? – dijo Boutique, aliviado.
–Usted hizo una pregunta totalmente inocente sobre la vestimenta de un miembro de esa creencia religiosa y yo me ofusqué y ofendí como un poseído – explicó Vitraux –. Y usted no preguntó más nada, y ni se le ocurriría volver a mencionar el tema – Boutique se sintió un pelotudo –. Eso es lo que ocurría con estos humanos. Los que manejaban las religiones se ofendían iracundos ante cualquier pregunta incómoda o por el simple hecho de no tener una respuesta fehaciente, y se indignaban como locos – continuó Vitraux –. Eso es la religión – Boutique se quedó un instante en silencio, anonadado por haber padecido la incómoda situación a que lo había expuesto el gran maestro. Por un minuto sintió en carne propia lo que experimentaban los humanos respecto de las religiones. Y los entendió.
–La verdad, tiene razón, maestro. Era muy raro todo lo que vi. Me sorprendió esa vestimenta absurda que no la hacía parecer una mujer. Parecía un avión, una porción de torta, qué sé yo… Nunca una mujer…
–Por eso que le dije, porque la virgen María debía ser vista como algo superior, diferente, debía generar respeto – señaló Vitraux. Boutique ya se sentía asqueado de todo eso y negaba con la cabeza de manera constante. Parecía que tenía un tic.
–Luego retomé por los laterales. Vi el cubículo de madera, el de las confesiones. Pero también vi unas estatuas, siempre elevadas del suelo con gestos amenos, que irradiaban paz con sus manos en extrañas poses – describió Boutique –, como pidiendo mesura.
–Exacto, coronel. La gente que iba a misa tenía montones de reclamos por su infelicidad, por la falta de dinero para poder comer, o por la angustia de algún familiar enfermo – explicó Vitraux –. Esos eran santos que custodiaban con sus poses amenas las iglesias y pedían precisamente eso con sus posturas: calma – sentenció el gran maestro – Que tuviesen calma, que todo se iba a solucionar, que serían felices, que lograrían sus objetivos, que irían al cielo.
–Pero eso no ocurría…– atinó Boutique.
–Por supuesto que no – aseguró Vitraux –, pero mientras tanto los mantenían calmados asistiendo a misa y escuchando las palabras sanadoras de los sacerdotes – dijo el maestro. Boutique ya se sentía apabullado de tanta indignación.
–Sobre el costado, antes de salir, encontré una extraña estatua, pero acostada dentro de una vitrina. Era la estatua de un hombre muy flaco, semidesnudo, muy lastimado, con mucha cara de espanto. 
–Ese es Jesús, el hijo de la virgen María y el espíritu bondadoso – dijo Vitraux sentándose nuevamente con un libraco lleno de apuntes en su regazo –. Jesús fue un hombre que, al ser hijo de la virgen María y el espíritu bondadoso, tenía poderes extraños.
–¿Qué poderes tenía?
–Convertía una piedra en pan, multiplicaba los peces, curaba enfermos.
–¿En serio?
–Por supuesto que no. Desde el comienzo la historia está contaminada. El sólo hecho de inventar que ese hombre nació de esa manera absurda lo convierte en una habladuría y sólo en eso.
–¿Y por qué está tan dolorido en la imagen?
–Porque Jesús sufrió mucho daño por parte de los soldados romanos. Lo reventaron a latigazos en la espalda, lo hicieron cargar una pesada cruz de madera en el estado calamitoso que ya se encontraba su cuerpo y, luego de eso, lo clavaron de pies y manos a aquella cruz para que se muera desangrado al rayo del sol.
–¿Y por qué hicieron eso?
–No hicieron eso. Empiece por entender que este es un cuento. Deje de preocuparse e indignarse por cosas que no pasaron. Es un cuento – insistió Vitraux. 
–Bueno, perdón, ¿por qué inventaron eso? – se corrigió Boutique.
–Para hacerles creer al mundo que Jesús murió por ellos, que lo hizo porque amaba a todo el mundo y porque quería un mundo mejor – relató Vitraux –. Un mundo mejor que no sólo nunca vino, sino que se fue haciendo más perverso e hipócrita día a día, sobre todo de la mano de la iglesia.
–Entiendo.
–Entonces, la humanidad creyó este cuento, y los años hicieron el resto.
–¿Pero no hubo testigos de la veracidad de la historia? ¿Cómo hicieron para hacer creer semejante cuento a toda la humanidad?
–Seguramente Jesús existió, y quizás sí murió ajusticiado por los soldados romanos en una cruz. Es probable que eso sea cierto – comenzó a explicarse Vitraux y Boutique puso cara de desconcierto –. Pero era hijo de alguien, un hijo natural de dos personas de carne y hueso, y posiblemente haya sido un humano bondadoso, que luchaba por el bienestar general, porque todos tengan lo mismo, porque no haya diferencias entre los humanos. Entonces al poder le molestó su presencia y lo mataron, y montaron toda esta historia. Imagínese que en aquella época los humanos eran muy primitivos, no tenían tecnología, las historias se contaban de boca en boca.
–Entiendo – dijo Boutique – ¿Puede haber sido una especie de Che Guevara?
–Exactamente, nunca mejor comparado – dijo Vitraux, sorprendiéndose una vez más de la inteligencia de su alumno –. Es lo que suponemos. Un Che Guevara en una época en que se lo podía matar y convertir en otra cosa, favoreciendo oscuros planes que nada tuvieron que ver con su prédica.
–Es fascinante la historia – dijo Boutique, extasiado.
–No crea, coronel, muchos humanos murieron por esta mentira.
–¿Usted dice por las enfermedades, por el hambre?
–Por eso y por los asesinatos que la iglesia perpetró durante siglos a los humanos que se les pusieron en contra o que quisieron investigar el origen de la vida. Durante muchos años la iglesia aniquiló a todos los humanos que quisieron ver las cosas desde otra perspectiva – Boutique se quedó paralizado.
–Pero maestro, disculpe, ¿usted me está diciendo que la iglesia, ese lugar tan blanco y lleno de paz, aparte de mantener a las masas engañadas, asesinaban a los que no aceptaban sus cánones? – se ofuscó Boutique –. ¿Cómo es posible que nadie se haya levantado en defensa de estos mártires?
–Esto ocurrió hace miles de años, en una época en que la iglesia tenía mucho más peso que el que tuvo sobre el fin de los días. Las medidas que tomaba la iglesia no eran cuestionadas. Para que se dé una idea del poder de la iglesia, a los científicos que impulsaban la investigación del origen de la vida los perseguían e incendiaban vivos, delante de los feligreses. Eran muy salvajes…– se lamentó Vitraux –. Luego con el advenimiento de la tecnología tuvieron que recatarse un poco, ya que el mundo todo sería testigo de esas aberraciones y no les convenía tener a la humanidad en contra. La iglesia perdió mucho terreno a medida que pasaron los años, pero siempre fue muy importante y siempre tuvo mucho poder, incluso al final de los días – dijo Vitraux –. Imagínese usted el poder que habrán tenido en la era de las masacres y de las persecusiones. Fue el poder más absoluto y más dominante que tuvo esta raza.
Boutique se quedó rascándose la pantorrilla con la uña del dedo del pie tratando de imaginar lo que el maestro le contaba pero no lo conseguía, y comenzaba a sentirse mal. Vitraux lo miró un instante, midiendo el grado de perturbación del coronel. Debía cambiar de tema si pretendía pasar una buena noche durmiendo a su lado.
–Encontré información sobre ese edificio descubierto…– le dijo abriendo su libro de anotaciones. Boutique volvió de su viaje mental.
–¿El Palacio Minetti?
–El Palacio Minetti – repitió el gran maestro, hojeando su cuaderno – Fue un edificio construido a principios de la década de 1930. Era de una empresa dedicada a la exportación de granos.
–¿De granos? ¿granos de siembra? – descreyó Boutique –. ¿Y por qué tan imponente?
–Porque la Argentina era fuerte en la producción agrícola. Los humanos más ricos de Argentina eran los dueños de los campos en donde se sembraban todo tipo de granos para exportar al mundo – le explicó Vitraux –. Y en la década de 1930 Estados Unidos venía de una violenta crisis económica, producto de estafas de los banqueros que dominaban la escena de la época, y Europa venía de padecer la primera guerra mundial e iba camino a la segunda – continuó Vitraux –. En ese período, Argentina fue uno de los países más fuertes del mundo. Podría haberse convertido en un gran imperio si hubiera aprovechado seriamente la ocasión, como la aprovecharon, en otros ciclos, otros países, logrando su objetivo.
–¿Y qué pasó? – preguntó Boutique, intrigado –. ¿Por qué no lograron dominar el mundo?
–Porque los gobernantes eran siempre tentados con dinero para que las grandes potencias mundiales sigan manejando el país. Los presidentes argentinos fueron muy codiciosos y vivían sus períodos de gobierno haciendo negociados para enriquecerse asquerosamente – explicó Vitraux –. Los pocos gobernantes que velaron realmente por proteger a su pueblo fueron desbancados y obligados a renunciar.
–Pero, ¿quién los hacía renunciar? ¿El pueblo no estaba conforme?
–El pueblo no dirigía las riendas del país, nunca. Siempre fue manejado por los ricos, que eran un puñado, y por las empresas europeas que tenían grandes ambiciones en el mercado local. Entonces si algún gobernante decidía que no iba a permitir más que tal empresa siga robando al pueblo o continúe sometiéndolo a pagar un excesivo costo por algo que no lo tenía tanto, ese presidente, como por arte de magia, comenzaba a tener muchos problemas de gobernabilidad: le hacían paros, le boicoteaban sus órdenes, se le ponía una gran parte de humanos en contra, humanos desechables, que no servían para nada, sólo para entorpecer el buen funcionamiento de los gobiernos. Juntaban a varios miles de estos deshauciados y los sobornaban con un sánguche, una caja de vino y un paquete de tabaco. Y los tipos por ese combo hacían cualquier cosa.
–¿Y el pueblo trabajador no defendía al gobernante asediado por estos grupos?
–No… Qué iba a defender… Un aspecto repugnante del humano argentino era que cada uno cuidaba su quintita, como leí en varias oportunidades y por mucho tiempo no entendí que significaba eso…
–¿Y qué significa?
–Vea, coronel, una quinta es un terreno pequeño en donde los humanos sembraban hortalizas para consumo personal – describió Vitraux –. Una quintita es un terreno mucho más pequeño…– terminó Vitraux, mirando al coronel, para ver si había entendido. 
–No entiendo – dijo Boutique vencido.
–Quiere decir que cada uno cuidaba lo que ocurría dentro de las cuatro paredes de su casa y no le importaba lo que ocurriese de la puerta para afuera.
–¡Pero ese es un pensamiento absurdo…! ¿Cómo no me voy a preocupar si algún marciano en mi tierra tiene un inconveniente? ¿Con qué cara salgo de mi hogar sin resolverlo? ¡Sería muy injusto pensar sólo en mí! – se indignó Boutique –. ¡La vergüenza me abrumaría!
–Ese es nuestro pensamiento, coronel. No se olvide que estos humanos estaban enfermos por el dinero, concíbalo de ese modo y lo entenderá – Vitraux trató de calmarlo pero Boutique estaba furioso.
–Bien – suspiró el coronel a regañadiente, tratando de neutralizar su ira para poder continuar con la clase.
–Entonces a nadie le importaba nada. Si se sospechaba que un gobernante se estaba enriqueciendo salvajemente nadie lo señalaba. Si una zona completa de Argentina estaba pasando hambre, nadie hacia nada por revertirlo. Si se probaba que tal empresa europea estaba robando dinero de los ciudadanos, no sólo nadie hacía nada sino que, aparte, continuaban consumiendo ese servicio – Boutique lo miró mal, ya se empezaba a enojar otra vez, como si Vitraux tuviera algo que ver en todo ese disparate. Necesitaba enojarse con alguien tangible, y sólo estaba el gran maestro.
–¿Usted me dice que seguían consumiendo el producto a sabiendas que los estaban estafando? – preguntó –. Disculpe, maestro, pero es inconcebible lo que me dice. Llevemos el ejemplo a nuestra tierra. Supongamos que voy a los centros de repartición y elijo un vehículo que, con el transcurrir de los días, no me termina de satisfacer – ejemplificó Boutique –. Al tiempo vuelvo y lo cambio por otro explicando cuál fue el inconveniente. Si en un mes ese vehículo es devuelto por una docena de marcianos, se convoca una reunión con los fabricantes para solucionar el problema – terminó –. Que yo recuerde, nunca jamás tuve que ser testigo de una cosa así, pero sé que ha ocurrido. A mi abuela Franela, por ejemplo, una vez le dieron una cocina que no funcionaba y cuando la fue a cambiar se encontró con un grupo de marcianos que iban con el mismo inconveniente al centro de repartición y se las cambiaron por otras de otra procedencia y el fabricante de las cocinas defectuosas pidió perdón y retiró de los centros miles de esas cocinas para desarmarlas y repararlas – dijo Boutique tomándose el mentón, pensativo –. Creo que es el único caso que yo tenga memoria.
–Exacto, coronel, es el único – coincidió Vitraux –. Bah, en mi época de joven, usted no habían nacido, también hubo un caso, muy menor, con cuatro vehículos de transporte. Pero yo tengo noventa y cuatro años… Sólo conozco dos ocasiones en donde alguna vez hubo que cambiar un producto de consumo por defectos de fabricación, ¿y eso por qué? – le preguntó. Boutique se quedó pensando.
–No lo sé, maestro.
–Porque nosotros no comerciamos los productos, los fabricamos con el único fin de autoabastecernos, de ayudarnos mutuamente, entonces todos los productos que fabricamos son de excelente calidad, porque no tenemos que venderlos. Si no hacemos una buena cocina, todos nos las devolverán, y deberemos rehacerlas, ¿entiende?
–Por supuesto…– dijo Boutique con la vista perdida.
–El único motivo por el que estos humanos sufrían estas estafas, estas opresiones, era por el dinero – terminó Vitraux. Boutique se levantó y salió un instante a recibir el sol, hacía bastante que estaba encerrado dentro de la tienda y necesitaba estirar las patas. Se quedó con el ojo cerrado repasando la clase. Seguía sin entender nada. No lo podía concebir.
Se acercó al borde del piletón, tomó su catalejo y enfocó la zona de las mujeres enchocladas. Los exploradores entraban y salían del edificio como insectos y las vaciadoras continuaban descubriendo la zona, era increíble cómo se notaban los avances entre sesión y sesión con el gran maestro. Ya asomaban nuevos edificios en otros sectores. Rosario estaba comenzando a emerger lentamente. Luego de tanta impaciencia por ver de una vez por todas algo distinto que suelo blanco agrietado, daba miedo afrontar la realidad. No estaban en un desierto. Y ahí abajo, durante miles de años, había existido vida.